Terminaba de chatear con un bróker
amigo que me dijo: “Poné las fichas en la industria farmacéutica”. Después me
contó que se estaba tratando las várices y alguna que otra gilada. Le dije que
tenía que ir a comprar puchos. Cerré cesión.
Fui a comprar puchos al
kiosco que está a la vuelta de casa: Marlboro 10. “No tengo. Me queda Philip y
Lucky”. Me fui. Encontré en otro kiosco. Había dejado el encendedor en casa.
Pensé en la cantidad de encendedores perdidos que hay en el mundo. En la
cantidad de encendedores en situación de calle.
La noche anterior hubo una
tormenta de esas que son hermosas para algunos y una pija para otros. Árboles
caídos. Problemas con la luz. Un semáforo se descompuso y las tres luces
quedaron encendidas: avanzar, frenar, detenerse. Todo al mismo tiempo. Pensé
que la vida en modo peatón no estaba tan mal.
Llegué a casa. Dejé los
puchos y me volví a sentar ante la notebook. Mi amigo bróker ya no estaba. Leí
artículos por la mitad.
Traté de encontrar un relato
que había escrito seis años atrás. Relataba una noche de carnaval en la que un
hombre debía tener sexo con una mujer antes del amanecer. De no lograrlo,
moría.
Era un relato breve: trece
renglones.
No lo encontré en ningún
puto lado. Así que me dispuse a
reescribirlo y me encontré con que la historia ya no me interesaba como cuando
la había escrito seis años antes.
Abrí Word. Me soné los
huesos de los dedos y del cuello. Me levanté. Fumé. Tomé dos vasos de agua.
Todo para no decir que no me salía un fucking comienzo. Me senté.
Pensé que la historia tenía
que tener erotismo y muerte. Y la empecé así: “Era la última noche de carnaval
en el pueblo”. Me gustó lo de noche y carnaval. Pero la palabra “pueblo” me
arruinaba todo. La palabra pueblo secaba todo. Borré y escribí: “Era la última
noche de carnaval, después ninguna muerte tendría sentido”.
Iba a justificar ese
comienzo con el desarrollo de la historia. Pero a diferencia de cuando tenía 19
años, seis años atrás, no me iba a concentrar demasiado en lo pormenores
venéreos. Viéndolo a distancia era un relato bastante pajero con pretensiones
poéticas. Ahora quería escribir algo trágico. Casi absurdo.
Puse música: Thelonious. Entrelacé
los dedos detrás de la cabeza. ¿Por qué era necesario que el hombre cogiera
antes de morir? ¿Tenía que ser con cualquier mina o con una en especial? ¿Tenía
que ser con una mina?
No me salía nada. Así que me
iba a hacer una paja pero justo me llamó mi madre y me sacó toda gana
masturbatoria. Las llamadas de mi madre son eternas.
Me volví a sentar. Miraba
Twitter cada tanto. Tenía que escribir la historia de una vez.
De todos modos, ¿quién me
mandaba a mí a escribir la historia de un carnaval si yo odio los carnavales?
Pensé en vampiros y hombres lobo. En la luna llena. Pero eso ya me parecía una palangana
de Maizena.
Mi madre me volvió a llamar.
Siempre hace lo mismo. No sé si prefiero una llamada de tres días o cuatro mil
de diez minutos.
Y todo eso me había sacado
las ganas de escribir. Fumé otro cigarrillo. Lo saqué a Theloniuos y puse los
Stones.
Vi pasar gitanas por la
ventana.
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