Ambos se econtraban en una de las oficinas, no precisamente la del director, de un edificio con grandes ventanales espejados. La empresa en cuestión era una compañía especializada en la robótica, la programación y la automatización.
"Usted siempre podrá venir cada vez que tenga algún problema con el producto. Reconocemos que muchas veces debemos hacer mejoras y, de hecho, nos seguimos perfeccionando. Pero le puedo asegurar que no se arrepentirá de adquirir su autómata personalizado".
Ahora Etiennette estaba sola en aquella oficina, recordando las palabras del director cuando, sin que ella la hubiera advertido, entró una mujer, más joven que ella, con el pelo recogido en un ajustado rodete, y ocupó una silla al lado de ella.
-Hola, soy Tempest y te voy a hacer algunas preguntas que nos van a ayudar a programar al autómata. ¿Estás de acuerdo?
-¿Qué tipo de preguntas?
-Te voy a preguntar acerca de lo que te gusta, lo que te desagrada, tus opiniones respecto a varios temas. ¿Te parece?
-Bueno... Empecemos.
Luego del intercambio de preguntas y respuestas, Tempest le dijo a Etiennette que esperara sentada y ella así lo hizo.
Al cabo de cinco minutos, Tempest volvió con otra joven y dos hombres con batas de doctor.
-¿Quiénes son ellos?
-Ellos son doctores. Forman parte del equipo de programación. Necesitamos que nos sigas, vamos al quirófano.
-¿Quirófano? No entiendo...
-Te vamos a explicar en unos minutos.
Etiennette los siguió, cruzaron por un pasillo largo y frío. Uno de los doctores digitó un código y se abrió una puerta.
En el interior de aquel recinto había mesas, aparatos que Etiennette desconocía para qué podían servir y un sillón de esos que usan los dentistas.
-Etiennette, necesitamos que te sientes aquí.
-¿Para qué es este sillón?
-Te explicaré. Las preguntas que te hice anteriormente solo aportan una fracción de toda la información que hay en tu mente. Son preguntas superficiales que generan respuestas superficiales. Hay otras cosas, más importantes, ubicadas en lo profundo de la mente. Cosas que nosotros mismos desconocemos. Por eso necesitan estímulos para salir a la luz.
-Sigo sin entender qué función cumple el sillón.
-Por medio de una pantalla vamos a proyectar algunas imágenes que tendrás que mirar. Nosotros, por otro lado, vamos a mirar tus reacciones en otra pantalla. Para eso vamos a colocarte algunos parches en la cabeza y en el corazón para medir todo.
-Supongo que no me van a atar. ¿No es como el tratamiento Ludovico?
Tempest se rió unos segundos.
-Para nada. Nada de esposas ni correas... Ni ganchos en los ojos.
-Está bien. Comencemos.
Una sucesión de imágenes, aparentemente sin relación alguna entre ellas, fueron proyectadas en una pantalla. Mientras tanto, en otra pantalla, los doctores observaban líneas, números, colores...
Al cabo de veinte minutos, Tempest le dijo a Etiennette que ya había terminado todo.
-Con toda la información que tenemos vamos a programar el producto. No será fácil, te advierto, hemos recogido datos contradictorios. Aunque, después de todo, ¿quién no tiene contradicciones?
-¿Cuándo va a estar listo?
-Nos lleva una semana el proceso de programación. Luego, nosotros mismos lo llevamos hasta tu casa.
-¿Entonces, es todo por hoy?
-Todo por hoy.
Etiennette abandonó el edificio. Tenía que comprar zapatos para una fiesta. Sonó su celular.
-¿Habla la fiscal Banks? ¿Etiennette Banks?
-Sí, ella habla. ¿Cuál es el motivo?
-Se trata del caso de Quigley Smith. El cuerpo fue hallado.
-Llegaré en una hora. No digas una sola palabra.
Al día siguiente, la fiscal Etiennette Banks se encontraba en su casa tomando un licuado. Impaciente.
Vivía sola, no tenía una relación fija, tampoco tenía hijos. Su vida estaba dedicada al trabajo y no tenía tiempo para relacionarse con alguien.
Su última interacción afectiva terminó de forma catastrófica y ella todavía estaba herida.
Seis días después, alguien tocó el timbre. La fiscal vio por la cámara puesta en la entrada de su casa que se trataba de dos hombres y una caja de madera.
Se abrochó la camisa y fue a atender.
-¿Este es el...?
-Sí señora. Necesitamos que firme aquí.
Etiennette firmó. Los señores ingresaron el producto y se fueron.
Ella comenzó a leer el manual de activación y control del autómata. Eran varias páginas. Por lo que resolvió leer solo la parte de activación y control y luego iría leyendo las otras partes.
Quince minutos después, abrió la caja. Presionó un botón rojo en la cabeza del autómata y lo mantuvo apretado durante cinco segundos. Lo soltó. Luego hizo lo mismo con un botón verde en el pecho del autómata.
El producto estaba recubierto con una piel sintética muy similar a la humana. Además, tenía injertado cabello humano. Era casi tan igual que una persona.
Tres luces rojas se encendieron y el autómata se incorporó.
Ettiennete lo vio por completo. Era tal cual lo había imaginado.
"Activar función caminar".
El autómata tenía que conocer la casa para poder desempeñar sus tareas.
Una vez que hubo recogido la información, la fiscal dijo: "Activar función limpiar pisos".
El robot no tenía incorporados elementos de limpieza. Tomó los utensilios necesarios, que Etiennette amontonaba en el lavadero, y comenzó a limpiar.
Mientras tanto, ella, hablaba con el abogado de Jarrick Stevens, el asesino de Quigley Smith.
Dos horas después, el robot había dejado la casa limpia, reluciente.
"Modo descanso".
"Activar función diálogo".
-Estoy atareada con este caso... el abogado de Stevens dice que las pruebas fueron contaminadas. Necesito algo fuerte para poder encarcelar a ese hijo de puta.
-O probar que, si hubo algún tipo de adulteración, quizá venga del lado de Jarrick.
-¿O sea?
-La gente que, se supone, lo está ayudando.
-¿Para qué harían eso?
-Eso es lo que habría que desentrañar.
"Desactivar función diálogo".
La fiscal salió de su casa y citó al abogado de Stevens en un café.
-No vas a salirte con la tuya. Lo de las pruebas contaminadas... voy a probar que fue cosa tuya.
-No seas ridícula.
El diálogo fue más extenso pero esa es la parte medular de toda la conversación.
"Activar función masaje".
-Tengo el cuello contracturado.
El autómata comenzó a masajear el cuello de Etiennette.
Ella puso música con su celular. Las tres luces rojas del robot, parpadearon una fracción de segundo. Transcurridos cinco minutos, volvió a pasar lo mismo y el producto ejerció una leve presión en el cuello de la fiscal.
Dos semanas después, cuando el cuerpo en descomposición emanaba un olor imposible de ignorar, los vecinos de la fiscal rompieron la puerta de su casa y vieron a un robot masajeando el cuello de la fiscal Etiennette Banks.
El robot fue desarmado para acceder al disco de datos recibidos.
La última información que había recibido fue: "Me quiero morir".
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