El viejo Sellanes se levantó esa mañana atónito por el último sueño que tuvo antes de que el sol comenzara a rayar el cielo.
Por lo general, los sueños turbulentos lo sacudían a la luz de la luna pero este lo sorprendió justo cuando Julián, el canillita, pasaba gritando "¡Diarioooooah!" por la cuadra.
Caminó, arrastró los pies en realidad, hasta la cocina e infirió la taza de leche que había dejado en la heladera la noche anterior. La sacó y a ella adjuntó una buena tajada de pan.
El viejo desayunó en silencio. En ese silencio al que están confinados los ancianos que desayunan solos.
Vilma había muerto hacía diez años...
Julián volvía a pasar con los diarios y Sellanes comenzó su procesión hasta la puerta de su casa para recibir las noticias (a la parte de espectáculos la usaba para envolver huevos); además, el canillita le caía bien.
-Hola, don Sellanes.
-Decime una cosa, pibe, ¿ya te conseguiste una novia?
-Cuando tenga le aviso.
Sus charlas no solían franquear las riberas del pensamiento académico, ni las artes... Pero siempre eran amenas y nadie podía decir que había suspicacia entre ellos.
Sellanes le pagó, le dio el sándwich de costumbre, cerró la puerta y volvió a la cocina; llevaba los lentes colgados, descansaban sobre su pecho, y no se los había puesto desde que se hubo levantado.
Le llevó mucho tiempo acostumbrarse a llevar los lentes así. Pero luego de perder tres pares... La que le dijo que los llevara colgando fue Vilma... Vilma tenía razón.
Vilma tenía muchas cosas. Por ejemplo, tenía un cofrecito en el que guardaba aros y tenía una manera de reír que sonaba a la indolencia británica pero que el viejo Sellanes sabía que era sincera.
La extrañaba mucho y por eso le rendía pequeños tributos en cada pequeño acto de su vida. En cada detalle había algo de ella. Algo que Vilma le había enseñado.
Había soñado con su hermano de La Rioja, soñó que su hermano viajaba en tren y el tren se perdía en en túnel... El tren salía por el otro lado pero su hermano ya no estaba.
Llamó a su hermano que estaba más vivo que él y le contó su sueño. El Sellanes riojano se rió de buena gana y le prometió que pronto lo visitaría.
Esa noche, el viejo escuchó tangos. Porque a la noche escuchaba tangos.
Una congoja con sabor a nada le apelmazaba la lengua que, reseca, el chasqueaba en un latigazo de fastidio para luego engullir ginebra. Dos medidas todas las noches.
A la semana, su hermano murió cuando viajaba para verlo.
Por lo general, los sueños turbulentos lo sacudían a la luz de la luna pero este lo sorprendió justo cuando Julián, el canillita, pasaba gritando "¡Diarioooooah!" por la cuadra.
Caminó, arrastró los pies en realidad, hasta la cocina e infirió la taza de leche que había dejado en la heladera la noche anterior. La sacó y a ella adjuntó una buena tajada de pan.
El viejo desayunó en silencio. En ese silencio al que están confinados los ancianos que desayunan solos.
Vilma había muerto hacía diez años...
Julián volvía a pasar con los diarios y Sellanes comenzó su procesión hasta la puerta de su casa para recibir las noticias (a la parte de espectáculos la usaba para envolver huevos); además, el canillita le caía bien.
-Hola, don Sellanes.
-Decime una cosa, pibe, ¿ya te conseguiste una novia?
-Cuando tenga le aviso.
Sus charlas no solían franquear las riberas del pensamiento académico, ni las artes... Pero siempre eran amenas y nadie podía decir que había suspicacia entre ellos.
Sellanes le pagó, le dio el sándwich de costumbre, cerró la puerta y volvió a la cocina; llevaba los lentes colgados, descansaban sobre su pecho, y no se los había puesto desde que se hubo levantado.
Le llevó mucho tiempo acostumbrarse a llevar los lentes así. Pero luego de perder tres pares... La que le dijo que los llevara colgando fue Vilma... Vilma tenía razón.
Vilma tenía muchas cosas. Por ejemplo, tenía un cofrecito en el que guardaba aros y tenía una manera de reír que sonaba a la indolencia británica pero que el viejo Sellanes sabía que era sincera.
La extrañaba mucho y por eso le rendía pequeños tributos en cada pequeño acto de su vida. En cada detalle había algo de ella. Algo que Vilma le había enseñado.
Había soñado con su hermano de La Rioja, soñó que su hermano viajaba en tren y el tren se perdía en en túnel... El tren salía por el otro lado pero su hermano ya no estaba.
Llamó a su hermano que estaba más vivo que él y le contó su sueño. El Sellanes riojano se rió de buena gana y le prometió que pronto lo visitaría.
Esa noche, el viejo escuchó tangos. Porque a la noche escuchaba tangos.
Una congoja con sabor a nada le apelmazaba la lengua que, reseca, el chasqueaba en un latigazo de fastidio para luego engullir ginebra. Dos medidas todas las noches.
A la semana, su hermano murió cuando viajaba para verlo.
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