Hacía quince minutos que había
llegado al hotel (una especie de posada, más bien) y estaba tirado
en la cama, vestido, mirando el techo y jugando con sus pulgares
sobre su estómago.
Libre de toda urgencia, durmió así:
con los pies todavía colgando y los lentes puestos.
Cuando despertó habían pasado
cuarenta minutos y sintió las piernas fatigadas; fue al baño.
El bidet estaba roto, el agua fría
salía con un chorro lastimero. Pensó en llamar al encargado pero
eso significaba salir del baño en condiciones deplorables así que
trató de templar las aguas... Sintió ardor pero salió limpio.
Sobrevivió.
Abajo había un bar modesto (a veces se
usa la palabra “modesto” para decir que algo es una porquería)
en el que había un televisor amurado a la pared; pasaban algún
partido de fútbol.
Como tenía un bolsillo roto aprovechó
para rascarse el escroto mientras comía pizza. Nunca limpian bien
las servilletas de los bares, usó el mantel que ya estaba bastante
sucio.
No le iba a tomar más de dos días
estar en ese pueblo de mierda; tenía que visitar la tumba de su
amigo, visitar a su hija, a su nieto y... No recordaba el nombre del
nieto.
Volvió a la habitación para bañarse
y en el pasillo de su piso vio a una de las empleadas del hotel. En
realidad le miró el orto y se mojó los labios secos con la lengua.
Después de bañarse la llamó a la
hija y la hija lo mandó a la mierda. Así que fue al cementerio a
visitar la tumba de su amigo.
Al amigo no le habló porque los
muertos son cualquiera: nunca escuchan.
Volvió a llamar a la hija y le dijo
que quería ver a su nieto. La hija lo volvió a mandar a la mierda.
Fue caminando al hotel y vio de nuevo a
la empleada... En realidad le vio las tetas.
Fue a su habitación y se hizo una
paja. Como pudo.
Fumó y tomo cervezas.
Volvió a llamar a la hija y la hija lo
volvió a mandar a la mierda.
Tomó más cervezas. Tomó licores.
Tomó de todo.
Se ahogó con el vómito.
Lo encontraron desnudo y parecía un
papiro.
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