miércoles, 4 de diciembre de 2019

Manuscrito 41


Odio diciembre, creo. Vengo metiendo varios textos seguidos, de pronto tengo “el impulso” pero sé que esto no va a durar mucho: camino por un campo minado y en cualquier momento voy a explotar. Pero mientras tanto sigo avanzando y está todo bien. O algo por el estilo.
El otro día me levanté a las seis de la mañana en la casa de un amigo y me puse a picar y peinar; tuve una idea: experimentación neuropsiquiátrica en Alaska. No recuerdo todos los detalles ni cómo llegué a eso pero sí recuerdo que, cuando lo decía, todo sonaba lógico. Había coherencia.
Ideas tengo todo el tiempo porque, como dije una vez: soy el tipo de las ideas. Pero solo soy eso.
También dije alguna vez que un día mis ideas se van a rebelar contra mí y me van a decir: “Desarrollanos”. Mis ideas no entienden que yo soy como un tipo que va caminando con un costal de semillas... Camino por tierra muerta, tiro semillas. Si crece algo, bienvenido sea.
A lo de las semillas también lo he dicho; vivo conmigo las veinticuatro horas, estoy conmigo hasta en los actos más perniciosos. Es inevitable aludir a mí. Y además... Nada.
Honestamente nunca vi “Último tango en París”, ni siquiera la mítica escena. La he imaginado de muchas maneras... Por eso nunca voy a ver la película.
En “Rápidas evaluaciones del talento presente en el cuarto” (1959) Norman Mailer le da con un caño a Kerouac:
“A Kerouac le falta disciplina, inteligencia, honestidad y un sentido de la novela”. Si esto les parece fuerte esperen a ver cómo sigue: “Los ritmos son erráticos, el sentido del carácter es nulo y es tan pretencioso como una puta rica, tan sentimental como un chupetín”. Auch.
Me gustan los dos: Norman y Jack, pero creo que Norman me quería para él solo. Qué celoso.
Sin embargo, después Mailer habla bien del otro: “Sin embargo, creo que cuenta con un talento importante. Su energía literaria es enorme y ha tenido una mirada bastante salvaje para acompañar a sus instintos y convertirse en la primera figura de un nueva generación”. Y sigue, pero se entiende.
Soñé que me tenía que fugar a Hawaii porque me buscaba mucha cana. Internacional. Allá me enamoraba de un robusto que servía tragos espesos en un luau; me contaba que se llamaba Ikaika y que su nombre tenía que ver con la fuerza o algo por ahí.
Pero en una parte del sueño yo lo degollaba después de que hacíamos el amor.

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