Odio diciembre, creo. Vengo metiendo
varios textos seguidos, de pronto tengo “el impulso” pero sé que
esto no va a durar mucho: camino por un campo minado y en cualquier
momento voy a explotar. Pero mientras tanto sigo avanzando y está
todo bien. O algo por el estilo.
El otro día me levanté a las seis de
la mañana en la casa de un amigo y me puse a picar y peinar; tuve
una idea: experimentación neuropsiquiátrica en Alaska. No recuerdo
todos los detalles ni cómo llegué a eso pero sí recuerdo que,
cuando lo decía, todo sonaba lógico. Había coherencia.
Ideas tengo todo el tiempo porque, como
dije una vez: soy el tipo de las ideas. Pero solo soy eso.
También dije alguna vez que un día
mis ideas se van a rebelar contra mí y me van a decir:
“Desarrollanos”. Mis ideas no entienden que yo soy como un tipo
que va caminando con un costal de semillas... Camino por tierra
muerta, tiro semillas. Si crece algo, bienvenido sea.
A lo de las semillas también lo he
dicho; vivo conmigo las veinticuatro horas, estoy conmigo hasta en
los actos más perniciosos. Es inevitable aludir a mí. Y además...
Nada.
Honestamente nunca vi “Último tango
en París”, ni siquiera la mítica escena. La he imaginado de muchas
maneras... Por eso nunca voy a ver la película.
En “Rápidas evaluaciones del talento
presente en el cuarto” (1959) Norman Mailer le da con un caño a
Kerouac:
“A Kerouac le falta disciplina,
inteligencia, honestidad y un sentido de la novela”. Si esto les
parece fuerte esperen a ver cómo sigue: “Los ritmos son erráticos,
el sentido del carácter es nulo y es tan pretencioso como una puta
rica, tan sentimental como un chupetín”. Auch.
Me gustan los dos: Norman y Jack, pero
creo que Norman me quería para él solo. Qué celoso.
Sin embargo, después Mailer habla bien
del otro: “Sin embargo, creo que cuenta con un talento importante.
Su energía literaria es enorme y ha tenido una mirada bastante
salvaje para acompañar a sus instintos y convertirse en la primera
figura de un nueva generación”. Y sigue, pero se entiende.
Soñé que me tenía que fugar a Hawaii
porque me buscaba mucha cana. Internacional. Allá me enamoraba de un
robusto que servía tragos espesos en un luau; me contaba que se
llamaba Ikaika y que su nombre tenía que ver con la fuerza o algo
por ahí.
Pero en una parte del sueño yo lo
degollaba después de que hacíamos el amor.
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