lunes, 9 de marzo de 2020

Selene Bértola


A las 23:53, como estaba previsto, Selene Bértola fue secuestrada en la calle Artigas en la cuadra que corre del 500 al 600. Junto a sus captores partió en una camioneta negra que se perdió en la noche negra, por una calle negra.

A las 9:42 el padre de Selene (la madre había muerto fulminada por el cáncer) recibió una llamada que consistió en información, instrucción y amenaza que son las tres partes de las que se compone una llamada telefónica cuando se trata de un secuestro extorsivo.

A las 14:05, después de que la consternación se hubo disipado apenas, uno de los captores le explicó a Selene qué había pasado y por qué había pasado. Más información era contraproducente.

A las 15:34 Selene comió con los ojos vendados y el mínimo prudencial de movimientos vigilada por uno de sus captores.

A las 17:29 pidió ir al baño, un pequeño cuarto cuya pequeña ventana permitía ver, a lo lejos lo que parecía ser una fábrica y a la derecha un edificio alto que ella conocía.

A las 17:47, después de varios minutos de silencio, Selene Bértola puso en marcha su plan de escape.

Ella necesitaba una ayuda externa, una en particular, la ayuda de la única persona capaz de interpretar sus palabras que iban a ser precisas aunque para el resto fueran neblina y humo. Esa persona era su padre.

“Cuidá la fortaleza, vigilá el camino. Manos a la obra, mamá está con vos”.

Decir que Selene y su padre poseían mentes brillantes sería un detalle superficial.

Al padre de Selene le bastaron dos símbolos, un libro y un mapa para saber la ubicación de su hija. Ya tenía el dónde. El cómo dependía de él.

Tres días después padre e hija se reencontraron. Los detalles sentimentales del momento no vienen al caso.

Al padre de Selene Bértola le bastaron dos símbos que se leen “Na” y “Cr” que corresponden a los elementos Sodio y Cromo; precisó de un libro que tanto él como su hija conocían a la perfección: la Biblia. El mensaje de su hija estaba compuesto de dos partes: El primer versículo del segundo capítulo del libro de Nahúm y el vigésimo versículo del vigésimo octavo libro del primero libro de las Crónicas. No debería hacer falta aclarar que ambos libros se abrevian con las conjunciones “Na” y “Cr” respectivamente. Y, por último, el mapa, último elemento fundamental para dar con la ubicación de Selene; el mapa, o, mejor dicho, el plano de la ciudad, le indicó al hombre en qué lugar había una fábrica textil, un aserradero y una fábrica de acero inoxidable que estuvieran lo suficientemente cerca como para que, por la ventana de un baño alguien pudiese verlos de una sola vez.
Quizá no haya que decir que tanto en una fábrica textil, como en un aserradero y una fábrica de acero inoxidable se usa el cromato de sodio.









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