A las 23:53, como estaba previsto,
Selene Bértola fue secuestrada en la calle Artigas en la cuadra que
corre del 500 al 600. Junto a sus captores partió en una camioneta
negra que se perdió en la noche negra, por una calle negra.
A las 9:42 el padre de Selene (la madre
había muerto fulminada por el cáncer) recibió una llamada que
consistió en información, instrucción y amenaza que son las tres
partes de las que se compone una llamada telefónica cuando se trata
de un secuestro extorsivo.
A las 14:05, después de que la
consternación se hubo disipado apenas, uno de los captores le
explicó a Selene qué había pasado y por qué había pasado. Más
información era contraproducente.
A las 15:34 Selene comió con los ojos
vendados y el mínimo prudencial de movimientos vigilada por uno de
sus captores.
A las 17:29 pidió ir al baño, un
pequeño cuarto cuya pequeña ventana permitía ver, a lo lejos lo
que parecía ser una fábrica y a la derecha un edificio alto que
ella conocía.
A las 17:47, después de varios minutos
de silencio, Selene Bértola puso en marcha su plan de escape.
Ella necesitaba una ayuda externa, una
en particular, la ayuda de la única persona capaz de interpretar sus
palabras que iban a ser precisas aunque para el resto fueran neblina
y humo. Esa persona era su padre.
“Cuidá la fortaleza, vigilá el
camino. Manos a la obra, mamá está con vos”.
Decir que Selene y su padre poseían
mentes brillantes sería un detalle superficial.
Al padre de Selene le bastaron dos
símbolos, un libro y un mapa para saber la ubicación de su hija. Ya
tenía el dónde. El cómo dependía de él.
Tres días después padre e hija se
reencontraron. Los detalles sentimentales del momento no vienen al
caso.
Al padre de Selene Bértola le bastaron
dos símbos que se leen “Na” y “Cr” que corresponden a los
elementos Sodio y Cromo; precisó de un libro que tanto él como su
hija conocían a la perfección: la Biblia. El mensaje de su hija
estaba compuesto de dos partes: El primer versículo del segundo
capítulo del libro de Nahúm y el vigésimo versículo del vigésimo
octavo libro del primero libro de las Crónicas. No debería hacer
falta aclarar que ambos libros se abrevian con las conjunciones “Na” y
“Cr” respectivamente. Y, por último, el mapa, último elemento
fundamental para dar con la ubicación de Selene; el mapa, o, mejor
dicho, el plano de la ciudad, le indicó al hombre en qué lugar
había una fábrica textil, un aserradero y una fábrica de acero
inoxidable que estuvieran lo suficientemente cerca como para que, por
la ventana de un baño alguien pudiese verlos de una sola vez.
Quizá no haya que decir que tanto en
una fábrica textil, como en un aserradero y una fábrica de acero
inoxidable se usa el cromato de sodio.
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