jueves, 24 de marzo de 2022

Paula

 

Poco después de cumplir catorce años, Paula empezó a salir con un muchacho del barrio. Este joven en cuestión era mayor, habrá tenido unos veinte, tal vez veintidós años y además de ser, si nos ponemos lombrosianos y si nos atenemos a pruebas más empíricas, bastante boludo, andaba en algunos asuntos inadecuados.

El hermano mellizo de Paula, Leandro, y sus amigos del barrio, miraban con desconfianza esta relación ya que poco sabían del novio de Paula y habían terminado por considerar que hubiera sido mejor que la chica se pusiera de novia con uno de ellos pero la realidad es que ella siempre los desdeñó.

“Te hacés la grandecita pero recordá que tenemos la misma edad” le dijo una vez Leandro a su hermana una madrugada en la que la vio volver furtivamente a su casa. Paula, solo ella lo sabía, esa misma noche había puesto fin a su relación con el boludo que, por cierto, se llamaba Jorge Furlán.

Una mañana, seguramente la mañana siguiente a la ruptura con Furlán, Paula salió de su casa para encontrarse con sus amigas en una plaza. Ahora que no estaba entreverada con nadie, su vida era más diurna. Julián, quizás el mejor amigo de Leandro, le salió al cruce y le dijo: “Uno de estos días vamos a jugar al dóctor vos y yo. Como cuando éramos chiquitos”. A lo que Paula retrucó: “Eso es lo que más me preocupa. Que después de tantos años, todo siga siendo chiquito”. El pibe articuló una puteada desesperada mientras la chica seguía caminando rumbo a la plaza donde la esperaban sus amigas.

Tal vez fue a media cuadra de la plaza donde Paula pensó algo que le provocó una sonrisa; prendió un cigarrillo cuando ya podía divisar a sus amigas que estaban sentadas sobre un mantel viejo ubicado prolijamente sobre el pasto.

Tuvieron lugar los saludos y luego Paula le preguntó a Micaela si tenía porro y esta le ofreció uno al que le quedaban unas tres pitadas junto a la advertencia de: “Guarda que tira como la puta”.

Dulcinea, celular en mano, comentó: “Qué mina hermosa que es Lali Espósito, por favor”. A lo que Milagros le respondió: “Pero si vos estás re buena, Dul. Ya quisiera yo tener tu orto”.

En fin. La tarde continuó con diálogos por el estilo. Chicas que se juntan a decir estupideces, fumar porro, hablar mal de otras chicas… Nada del otro mundo. Paula volvió a sonreír porque volvió a pensar en aquello…

Pasó por un kiosco antes de volver a su casa porque necesitaba un nuevo atado de cigarrillos. También se compró un paquete de caramelos de menta a los que, más o menos, se había vuelto adicta. Frente al kiosco había una tienda de insumos escolares, juguetes y esas yerbas. Paula entró y compró un diario íntimo. O, mejor dicho, compró un objeto parecido a un cuaderno o una agenda, con tapas duras de color naranja y dorado, con algunos firuletes aquí y allá, con la intención de usarlo en función de diario íntimo. Un diario es íntimo cuando tiene algo que ocultar, un volumen de páginas en blanco todavía no es nada.

El objeto venía acompañado de un pequeño candado con su correspondiente pequeña llave. A la llave, Paula se la colgó de la cadenita que llevaba siempre así que la llavecita quedó entre sus tetas.

Fumó un cigarrillo antes de volver a su casa y también se mandó un caramelo de menta. A una cuadra de su casa, le volvió a salir al cruce Julián que esta vez estaba con otros dos chicos que Paula no conocía. “¿Te bancás a tres la misma noche?” Paula no pudo contener una carcajada.

-¿De qué me vieron cara, pelotudos?

-De puta. Por algo te dejabas coger por el Furlán que es un chorro.

-Pero Jorge era mi novio y no tengo que darles explicaciones a ustedes.

-Vamos, chicos. Encima de puta es histérica.

Paula siguió su camino y llegó a su casa. Lo primero que vio fue a su padre que miraba la televisión. Con las medias aún puestas, el hombre había puesto sus pies sobre un banquito.

-Pa, ¿hay comida?

-Hola. (Sin mirarla). En el horno hay pizza.

Antes de comer, fue a saludar a su madre que miraba la televisión en su cuarto. La señora, en realidad estaba dormida. Paula no le apagó la tele porque algunas personas se ofenden si son descubiertas en el sueño.

La puerta del baño estaba cerrada y, por debajo, se filtraba la luz. Leandro estaba cagando o tal vez se hacía una paja. Pensar en estas dos posibilidades le quitó el apetito a Paula así que se fue a su cuarto y escondió su diario y vio boludeces en su celular.

Cuando escuchó la puerta del baño, con agilidad, salió de su habitación.

-¿Tiraste desodoranrte?

-Pasá que está todo bien… ¿Y esa llave?

-¿Qué me mirás las tetas, pajero?

-Dale, boluda…

-No te voy a decir. Son cosas mías.

-Parece la llave de un diario íntimo.

-Sí. Es la llave de un diario. ¿Contento?

-No sabía que tenías uno.

-Ahora lo sabés. Dejame pasar.

Leandro le dio lugar. Consideró entrar al cuarto de su hermana y buscar el mencionado diario pero le iba a tomar tiempo y su hermana nunca se demoraba mucho en el baño.

Sentada en el bidet, Paula sonrió y hasta se le escapó un espasmo de risa. Al final terminó comiendo tres porciones de pizza. El queso ya estaba gomoso.

Dos semanas después, Paula empezó a salir con Iñaki, el hijo del vasco de la rotisería. Iñaki tenía dieciocho años y tampoco, como Furlán, pertenecía a la troupe de Leandro y los otros. Este era un requisito exclusivo para granjearse los mimos de Paula.

Nuevamente, su hermano y los amigos de este comenzaron a especular. Manoseos, chupadas de verga en pasillos, uno hasta expuso la idea de que Paula tomaba pastillas para coger sin forro… Varios se hicieron la paja pensando en esta idea.

Una tarde, cuando Leandro volvió a su casa después de jugar a la pelota. Transpirado y todo vio a su hermana sentada en el sillón del living. La deseó un poco. Paula estaba con su diario en la mano, una birome en la otra.

-Espero que no escribas cosas malas sobre mí.

Paula se sobresaltó porque estaba distraída.

-Nunca vas a saber eso.

Se levantó y se fue a su cuarto.

Esa noche, Leandro soñó que tenía sexo con su hermana. Leandro era virgen.

Al otro día, en la esquina de siempre, le contó a sus amigos que Paula tenía un diario.

-Seguro que escribe cómo se la cogía Furlán.

-O el de ahora, el hijo del vasco.

-O quién sabe qué otros.

-Por ahí son boludeces de pendeja nomás.

-¿Y si escribe cosas de nosotros?

-Tenemos que conseguir ese diario.

No importa quiénes dijeron los parlamentos anteriores. Podía ser cualquiera.

Los días pasaron. Leandro necesitaba el momento propicio para encontrar el diario de Paula y leerlo. Pero Paula nunca se desprendía de su llave y forzar la cerradura, aunque hubiera sido fácil, también hubiese sido evidente. La llave era menester pero la chica dormía con su llave, se bañaba con su llave…

Tres meses habían pasado desde que Paula se compró el diario cuando, una noche, le dijo a su hermano: “Me voy a bañar”. El chico vio que  no tenía colgada la llave.

Esperó a escuchar el ruido del agua y, silenciosamente, entró al cuarto de su hermana. La llave estaba sobre una mesita de luz. El diario precisaba de una búsqueda más exhaustiva.

Leandro abrió y cerró cajones, también se fijó debajo de la almohada, también debajo del colchón. Dejó de escuchar el ruido del agua y se alarmó. Pero a los pocos segundos volvió el ruido hídrico.

Finalmente, encontró el diario de su hermana. Desactivó la cerradura.

En la primera página no había nada, en la segunda tampoco, en la tercera tampoco… Pensó que a lo mejor su hermana tenía dos diarios pero siguió revisando el que tenía en la mano hasta que llegó hasta la última página donde, por fin, había algo escrito. Algo que lo llenó de una bronca íntima. El chico leyó:

“Hola, hermanito. ¿Te pensás que voy a ser tan estúpida de escribir mis cosas en un diario? Qué gil. Andá saliendo de mi cuarto porque voy a ir desnuda y no da que me veas así”.

Leandro quiso dejar todo como estaba para que su hermana no sspechara la intrusión pero cuando estaba por salir, su hermana, envuelta en una toalla, lo miraba desde el umbral. Sonreía.

-Lea, salí que me quiero cambiar.

-Estaba buscando un cargador para el celular.

-Salí que me cambio y después te lo llevo.

Al otro día, en la esquina de siempre, uno de los amigos le preguntó sobre el diario de su hermana.

-Ah, sí… me lo mostró ella misma. Son frases de canciones, boludeces que habla con las amigas. Nada del otro mundo.

 

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