Tommy Ingarella
Nunca me voy a olvidar de
Tommy Ingarella, pobrecito… Era un pibe que siempre aparecía en skate por la
vereda del colegio porque a esa hora en que salía yo del turno tarde, Tommy
pasaba para lo de una novia que tenía. Yo tenía nueve años y lo miraba
fascinado porque quería tener mi propio skate y hacer las cosas que él hacía.
Con mis compañeros de la
escuela siempre le festejábamos las cosas que hacía, pero él nunca se detuvo a
saludarnos ni nada. Solamente sabíamos que se llamaba Tommy porque un día le
preguntamos a los gritos su nombre y nos respondió: “¡Tommy Ingarella!” y ese
era el nombre de quien fue uno de los héroes de mi infancia.
En ese entonces, Tommy tenía
alrededor de 20 años y, además de su skate, siempre tenía una mochila de
Rancid. Además, tenía el pelo largo y muchos aros. Esa era mi idea de la
libertad cuando tenía nueve años.
Un día no lo vimos pasar por
la calle de la escuela y al otro día tampoco lo vimos… Nos vinimos a enterar de
que el patovica de un bar le había dado una paliza espantosa porque Tommy
quería entrar con su skate y no estaba permitido.
Esa paliza no lo mató, pero
no quedó bien. Tommy no fue el mismo después de esos golpes. Algo hizo
cortocircuito ahí adentro… Después lo veíamos pasar por la escuela y ya no iba
en skate sino que caminaba arrastrando los pies y haciendo contacto entre sus
índices. Algunos hasta se burlaban, pero yo veía que ya nada iba a ser como
antes.
Por supuesto: Tommy empezó a
tener algunos delirios y los padres empezaron a tener algunos recaudos con él
porque se estaba volviendo peligroso para él mismo y para el resto de las
personas. Y ahí fue que empezó el torbellino de psiquiatras y pastillas que
terminó por destrozar lo poco que quedaba de esa bella alma.
Lo único constante en Tommy
era la música. NoFX, Bad Religion, The Distillers, No Use for a Name, Los
Baraja, Fun People, Loquero, pero, sobre todo, Rancid. En su pieza, con un
aerosol rojo había escrito: “They watch you break the nose out of respect… You
broke the nose that is correct” Que pertenece a la canción “Cash, Culture and
Violence” del disco “Life Won’t Wait” de Rancid que sonaba a todo volumen.
Aquella tarde de 2002, la
música estuvo al máximo. Terminaba un disco y Tommy ponía otro. Y cantaba a los
gritos en un inglés rústico que había aprendido más por fonética que otra cosa.
En un momento dejó de sonar la música…
Tommy jugaba en su cuarto a
que era el cantante de una banda de punk. Agarraba un desodorante y lo usaba de
micrófono, incluso había estado escribiendo algunas canciones, casi todas
incoherentes, pero entre todo ese hormiguero de ideas había cosas interesantes.
“Ningún aparato me va a decir que el amor es una mentira” había escrito en un
pedazo de papel.
Tommy murió después de
saltar desde su cama, como si fuera un escenario y chocar con su pecho contra
la punta de la mesa que estaba en su cuarto. Se le hundió el esternón y eso lo
mató. Tenía, ahora sí sé cuántos tenía, 21 años.
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