miércoles, 29 de octubre de 2025

¡Vas a lograrlo!

 

Para 1971 yo tenía 42 años tenía un empleo modesto en una agencia de bienes raíces en Norwalk, Connecticut. Iba todos los días en mi Plymouth Belvedere del ’56 que había heredado de un tío, Arthur, quien había muerto poco después de comprar el auto. Era confiable mi viejo Plymouth, solamente lo usaba para ir a trabajar de Ridgefield a Norwalk por la 33.
Aquel día, 10 de abril de 1971 yo volvía de trabajar y pensaba en que, al otro día, le iba  pedir a George Bakes, mi jefe, un aumento. También estaba pensando en que después de seis años de viudez ya era hora de que me animara a relacionarme con una mujer y quién mejor que Gloria la camarera del Perp’s Tavern con la que había tenido algunas conversaciones, pero no muy productivas debido a mi timidez.
Para no pensar en Gloria lo que me quedaba de trayecto a Ridgefield, vamos, que tampoco era una eternidad, eran unos treinta minutos, puse la WNLK y estaban hablando del fiscal Vincent Bugliosi y de su elección de palabras, ‘zombis’ y ‘robots’, para referirse a los seguidores de Charles Manson. Me entretuve con eso hasta que llegué al Perp’s Tavern para tomar una o dos pintas de cerveza antes de ir a mi casa.
Nada más entrar, como de costumbre, saludé a Bill y a Helen, los dueños del bar. Tenía una pinta de cerveza asegurada porque eran buena gente con los veteranos de guerra y yo había estado en Corea. Alguien gritó algo que no supe si era júbilo o bronca, pero no me importó mucho porque justo había posado mis ojos en Gloria. Unos minutos después me enteré de que en el maltratado RCA montado arriba de la barra, estaban pasando el juego de los Reds contra los Mets y el jonrón de Bernie Carbo en la séptima entrada le había dado el empate a los de Cincinnati.
Después de tomar mi primera pinta de cerveza, como nunca antes, me sentí animado y confiado para hablar con Gloria. Estaba dispuesto a pedirle que se tomara un descanso. Tal vez podríamos ir a una mesa apartada o, incluso, salir un momento del bar. Yo le podía convidar un cigarrillo… Sin embargo, alguien mencionó mi apellido: Santos. Alguien, a mis espaldas, me estaba llamando y aquella voz me sonaba lejanamente familiar.
Me di vuelta y ahí estaba: parecía que tenía setenta años, pero tenía mi edad. Parecía como si hubiera visto algo horrible y el susto quedó impreso en su rostro. Pero es que, yo lo sabía y él también lo sabía, ese hombre, que caminaba apoyado en una muleta, había visto muchas cosas horribles.
-¿Reyes? -¿Vilfredo Reyes?
-Todavía me recuerdas, viejo amigo.
A mi cerebro le tomó cinco segundos volver a ese lugar… Durante esos cinco segundos fue como si una bomba hubiese explotado en el bar y quedé aturdido, pero escuchaba unas voces lejanas. Sin embargo, estas voces no eran las voces del bar…
22 de abril de 1951, Yultong.
-¡Me estoy quedando sin municiones! ¡Me estoy quedando sin municiones!
-¡Maldición! ¿Dónde demonios está Conrado?
-¡Ahí va el capitán!
-¡Capitán! ¡No! ¡No, lo haga!
-¡Santos y Reyes! ¡Ustedes vayan al flanco izquierdo y colaboren con Baccay! ¡Davino, Urrutia y Torres vienen conmigo!
-¡Ya escuchamos al teniente Ojeda! ¡Santos, ven conmigo!
Mi cerebro volvió al Perp’s Tavern cuando el cuerpo de Urrutia salpicó en M5 Stuart. Otro joven, Nicolás Mahusay, en ese momento gritó de dolor. Después de su muerte iba a ser condecorado.
-Sí. Por supuesto que te recuerdo…
-¿Extrañado de verme?
-Te perdí el rastro después de Yultong. Creí que habías…
-¿Que había muerto?
-Sí…
-Lo intenté un par de veces. No voy a mentirte.
-¿Qué haces aquí? ¿Viniste a buscarme?
-Así es, viejo compañero. Vine a buscarte. Te estuve buscando durante un buen par de años para darte algo.
-¿Qué es lo que tienes para mí? ¿De qué se trata?
Del bolsillo de su camisa de leñador sacó la foto de una mujer. La foto estaba gastada, tenía veinte años por lo menos.
-¿No la reconoces?
-¿Debería?
-Recuerda, compañero.
Mi cerebro volvió a Yultong. Una ráfaga de tiros de ametralladora Degtyaryov y un grito de dolor. Era Reyes. Una bala le había dado en la pierna.
-¡No voy a lograrlo, Santos!
-¡Vas a lograrlo, Reyes! ¡Vas a lograrlo¡ ¿Me oíste?
-¡No puedo! ¡No aguanto!
-¡Vas a lograrlo, maldito! ¡Piensa en Jaslene! ¡Ella te está esperando!
Una vez más, mi cerebro volvió al bar.
-De no ser por tus palabras, viejo amigo, no lo hubiera logrado.
-Ahora recuerdo todo. ¿Qué es de la vida de Jaslene?
-Es la madre de mis dos hijos y la mujer de mi vida.
-Me alegro mucho por ti.
-Solo quería darte esta foto de ella para que recuerdes que tú salvaste mi vida. Tú me obligaste a no rendirme y eso me salvó.
-No sé qué decirte. Yo… Gracias…
-Déjame que te invite una cerveza. Quedan dos entradas.
Era el turno de Tommie Agee en la octava entrada. Gloria nos acercó las cervezas y me sonrió.
Me había encontrado con un viejo amigo y, tal vez, las cosas podían funcionar con Gloria.  Bill y Helen pusieron un tema romántico en la rocola.

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