¡Vas a lograrlo!
Para 1971 yo
tenía 42 años tenía un empleo modesto en una agencia de bienes raíces en
Norwalk, Connecticut. Iba todos los días en mi Plymouth Belvedere del ’56 que había
heredado de un tío, Arthur, quien había muerto poco después de comprar el auto.
Era confiable mi viejo Plymouth, solamente lo usaba para ir a trabajar de
Ridgefield a Norwalk por la 33.
Aquel día, 10
de abril de 1971 yo volvía de trabajar y pensaba en que, al otro día, le iba pedir a George Bakes, mi jefe, un aumento.
También estaba pensando en que después de seis años de viudez ya era hora de
que me animara a relacionarme con una mujer y quién mejor que Gloria la
camarera del Perp’s Tavern con la que había tenido algunas conversaciones, pero
no muy productivas debido a mi timidez.
Para no
pensar en Gloria lo que me quedaba de trayecto a Ridgefield, vamos, que tampoco
era una eternidad, eran unos treinta minutos, puse la WNLK y estaban hablando
del fiscal Vincent Bugliosi y de su elección de palabras, ‘zombis’ y ‘robots’, para
referirse a los seguidores de Charles Manson. Me entretuve con eso hasta que
llegué al Perp’s Tavern para tomar una o dos pintas de cerveza antes de ir a mi
casa.
Nada más
entrar, como de costumbre, saludé a Bill y a Helen, los dueños del bar. Tenía
una pinta de cerveza asegurada porque eran buena gente con los veteranos de
guerra y yo había estado en Corea. Alguien gritó algo que no supe si era júbilo
o bronca, pero no me importó mucho porque justo había posado mis ojos en
Gloria. Unos minutos después me enteré de que en el maltratado RCA montado
arriba de la barra, estaban pasando el juego de los Reds contra los Mets y el
jonrón de Bernie Carbo en la séptima entrada le había dado el empate a los de
Cincinnati.
Después de
tomar mi primera pinta de cerveza, como nunca antes, me sentí animado y
confiado para hablar con Gloria. Estaba dispuesto a pedirle que se tomara un
descanso. Tal vez podríamos ir a una mesa apartada o, incluso, salir un momento
del bar. Yo le podía convidar un cigarrillo… Sin embargo, alguien mencionó mi
apellido: Santos. Alguien, a mis espaldas, me estaba llamando y aquella voz me
sonaba lejanamente familiar.
Me di vuelta
y ahí estaba: parecía que tenía setenta años, pero tenía mi edad. Parecía como
si hubiera visto algo horrible y el susto quedó impreso en su rostro. Pero es
que, yo lo sabía y él también lo sabía, ese hombre, que caminaba apoyado en una
muleta, había visto muchas cosas horribles.
-¿Reyes?
-¿Vilfredo Reyes?
-Todavía me
recuerdas, viejo amigo.
A mi cerebro
le tomó cinco segundos volver a ese lugar… Durante esos cinco segundos fue como
si una bomba hubiese explotado en el bar y quedé aturdido, pero escuchaba unas
voces lejanas. Sin embargo, estas voces no eran las voces del bar…
22 de abril
de 1951, Yultong.
-¡Me estoy
quedando sin municiones! ¡Me estoy quedando sin municiones!
-¡Maldición!
¿Dónde demonios está Conrado?
-¡Ahí va el capitán!
-¡Capitán!
¡No! ¡No, lo haga!
-¡Santos y
Reyes! ¡Ustedes vayan al flanco izquierdo y colaboren con Baccay! ¡Davino, Urrutia
y Torres vienen conmigo!
-¡Ya escuchamos
al teniente Ojeda! ¡Santos, ven conmigo!
Mi cerebro
volvió al Perp’s Tavern cuando el cuerpo de Urrutia salpicó en M5 Stuart. Otro
joven, Nicolás Mahusay, en ese momento gritó de dolor. Después de su muerte iba
a ser condecorado.
-Sí. Por
supuesto que te recuerdo…
-¿Extrañado
de verme?
-Te perdí el rastro
después de Yultong. Creí que habías…
-¿Que había
muerto?
-Sí…
-Lo intenté
un par de veces. No voy a mentirte.
-¿Qué haces
aquí? ¿Viniste a buscarme?
-Así es,
viejo compañero. Vine a buscarte. Te estuve buscando durante un buen par de
años para darte algo.
-¿Qué es lo
que tienes para mí? ¿De qué se trata?
Del bolsillo
de su camisa de leñador sacó la foto de una mujer. La foto estaba gastada,
tenía veinte años por lo menos.
-¿No la
reconoces?
-¿Debería?
-Recuerda,
compañero.
Mi cerebro
volvió a Yultong. Una ráfaga de tiros de ametralladora Degtyaryov y un grito de
dolor. Era Reyes. Una bala le había dado en la pierna.
-¡No voy a
lograrlo, Santos!
-¡Vas a lograrlo,
Reyes! ¡Vas a lograrlo¡ ¿Me oíste?
-¡No puedo!
¡No aguanto!
-¡Vas a
lograrlo, maldito! ¡Piensa en Jaslene! ¡Ella te está esperando!
Una vez más,
mi cerebro volvió al bar.
-De no ser
por tus palabras, viejo amigo, no lo hubiera logrado.
-Ahora
recuerdo todo. ¿Qué es de la vida de Jaslene?
-Es la madre
de mis dos hijos y la mujer de mi vida.
-Me alegro
mucho por ti.
-Solo quería
darte esta foto de ella para que recuerdes que tú salvaste mi vida. Tú me
obligaste a no rendirme y eso me salvó.
-No sé qué
decirte. Yo… Gracias…
-Déjame que
te invite una cerveza. Quedan dos entradas.
Era el turno
de Tommie Agee en la octava entrada. Gloria nos acercó las cervezas y me
sonrió.
Me había
encontrado con un viejo amigo y, tal vez, las cosas podían funcionar con
Gloria. Bill y Helen pusieron un tema
romántico en la rocola.
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