sábado, 1 de agosto de 2026

Uno con el universo

 

Nunca me voy a olvidar de esa vez que tenía seis años y estaba con mi familia en un balneario pasando una tarde hermosa y, cuando yo estaba comiendo un alfajor, mi padre me dijo que mirase a un hombre que estaba muy cerca de la línea de boyas hasta la que estaba permitido meterse al río.

Yo lo miré al hombre y le pregunté a mi padre qué pasaba. Él me dijo: «Miralo bien: ese tipo, en este momento y en este lugar, es feliz. No necesita nada más». Y yo pesé que era una enseñanza de valorar el presente y las pequeñas cosas de la vida como estar en ese balneario con mi familia y que tenía que apreciar eso, pero mi padre, luego de unos segundos de silencio, retomó la palabra: «Se está echando un cago soberano el hijo de mil putas».

Yo, por supuesto, con la boca manchada de chocolate, me empecé a reír. Después tomé un poco de jugo Mocoretá y caminé hasta dónde estaban nuestras cosas instaladas para tirarme sobre una toalla y descansar un rato.

Antes el sol no estaba tan fuerte como ahora, pero mi madre me puso protector solar de todas maneras. Así, que me acosté sobre mi toalla de Batman y me quedé un buen rato ahí.

En un parlante de muy mala calidad, estaban pasando música y yo me acuerdo de que, cuando estaba descansando sobre mi toalla de Batman, pasaron «El farolito» de Los Piojos, «Flaca» de Andrés Calamaro y «La cosa más bella» de Eros Ramazzotti. A esta última, mi madre la estuvo cantando. Después, me fui durmiendo y me parece que pasaron la versión de «Penélope» de Diego Torres y luego ya no escuché nada más hasta que mi padre me despertó porque nos teníamos que ir.

Bueno. Me acordé de todo esto porque, hace un rato, yo estaba cagando y me sentí bien con el mundo y, principalmente, conmigo mismo. D. H. Lawrence escribe en un ensayo titulado «Amor» publicado por primera vez en el English Review, 1918: «En la plenitud de una humanidad perfecta me completo. Soy el microcosmos, el gran macrocosmos personificado».

Creo que estas palabras de Lawrence describen a la perfección lo que me aconteció hace unos minutos. También creo que describen a la perfección las sensaciones de aquel hombre que vi cagando en el río hace tantos años.

El río de Heráclito se encargó de llevarse las cacas de aquel tipo como también ha de llevarse las mías y así, la vida seguirá día tras día y me gusta pensar que, aquel hombre (espero que esté vivo y sano) y yo, en nuestros lechos de muerte vamos a recordar ese instante de felicidad que justificó para siempre nuestro paso por este mundo.

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