Nunca me voy a olvidar de esa vez que tenía seis años y estaba con mi
familia en un balneario pasando una tarde hermosa y, cuando yo estaba comiendo
un alfajor, mi padre me dijo que mirase a un hombre que estaba muy cerca de la línea
de boyas hasta la que estaba permitido meterse al río.
Yo lo miré al hombre y le pregunté a mi padre qué pasaba. Él me dijo: «Miralo
bien: ese tipo, en este momento y en este lugar, es feliz. No necesita nada
más». Y yo pesé que era una enseñanza de valorar el presente y las pequeñas cosas
de la vida como estar en ese balneario con mi familia y que tenía que apreciar
eso, pero mi padre, luego de unos segundos de silencio, retomó la palabra: «Se
está echando un cago soberano el hijo de mil putas».
Yo, por supuesto, con la boca manchada de chocolate, me empecé a reír.
Después tomé un poco de jugo Mocoretá y caminé hasta dónde estaban nuestras
cosas instaladas para tirarme sobre una toalla y descansar un rato.
Antes el sol no estaba tan fuerte como ahora, pero mi madre me puso protector
solar de todas maneras. Así, que me acosté sobre mi toalla de Batman y me quedé
un buen rato ahí.
En un parlante de muy mala calidad, estaban pasando música y yo me
acuerdo de que, cuando estaba descansando sobre mi toalla de Batman, pasaron
«El farolito» de Los Piojos, «Flaca» de Andrés Calamaro y «La cosa más bella»
de Eros Ramazzotti. A esta última, mi madre la estuvo cantando. Después, me fui
durmiendo y me parece que pasaron la versión de «Penélope» de Diego Torres y
luego ya no escuché nada más hasta que mi padre me despertó porque nos teníamos
que ir.
Bueno. Me acordé de todo esto porque, hace un rato, yo estaba cagando y
me sentí bien con el mundo y, principalmente, conmigo mismo. D. H. Lawrence
escribe en un ensayo titulado «Amor» publicado por primera vez en el English
Review, 1918: «En la plenitud de una humanidad perfecta me
completo. Soy el microcosmos, el gran macrocosmos personificado».
Creo que estas palabras de
Lawrence describen a la perfección lo que me aconteció hace unos minutos. También
creo que describen a la perfección las sensaciones de aquel hombre que vi
cagando en el río hace tantos años.
El río de Heráclito se encargó
de llevarse las cacas de aquel tipo como también ha de llevarse las mías y así,
la vida seguirá día tras día y me gusta pensar que, aquel hombre (espero que
esté vivo y sano) y yo, en nuestros lechos de muerte vamos a recordar ese
instante de felicidad que justificó para siempre nuestro paso por este mundo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario