miércoles, 25 de febrero de 2015

El perro

El picho no deja de ladrar porque la lluvia le está planchando el pelo que tiene pelotitas de pelo apelotonado. Sentado frente a la puerta, no deja de ladrar y llorar. El perro anciano.
El perro demiurgo. El perro tiene la mirada las pesadillas de Delfos.
El perro llora. La lluvia llueve. La puerta, cerrada.
El canino tiene fuerza en su quijada, y en sus dientes, filosos como dagas de tiempo, persiste el peligro, también la protección.
El perro ya no ladra. Las lluvias se suceden.
El picho está arraigado a ese umbral que es su patria. Que también será, pues el escalón de mármol lo atestigua, su última morada. Esa que algunas voces llaman “cucha”.
La puerta se abre. Y dos piernas esquivas ignoran al perro.
Ya no llueve. El perro ya no ladra.
El perro yace ante la puerta. Es un olvido de pelos, huesos y moscas.

Ha salido el sol. Y parece que será un día como cualquier otro.

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