El
picho no deja de ladrar porque la lluvia le está planchando el pelo que tiene
pelotitas de pelo apelotonado. Sentado frente a la puerta, no deja de ladrar y
llorar. El perro anciano.
El
perro demiurgo. El perro tiene la mirada las pesadillas de Delfos.
El perro
llora. La lluvia llueve. La puerta, cerrada.
El
canino tiene fuerza en su quijada, y en sus dientes, filosos como dagas de
tiempo, persiste el peligro, también la protección.
El
perro ya no ladra. Las lluvias se suceden.
El
picho está arraigado a ese umbral que es su patria. Que también será, pues el
escalón de mármol lo atestigua, su última morada. Esa que algunas voces llaman “cucha”.
La
puerta se abre. Y dos piernas esquivas ignoran al perro.
Ya
no llueve. El perro ya no ladra.
El
perro yace ante la puerta. Es un olvido de pelos, huesos y moscas.
Ha
salido el sol. Y parece que será un día como cualquier otro.
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