Hace seis meses interrumpí “Noches
de cocaína” de Ballard.
¿Qué piensa la gente al
comprarse un pescado de mascota? Es algo ridículo. El pez es un animal carente
de toda emotividad; una cobra tiene más afecto al clavarte los colmillos en la
mano. Pero un pez… nadando en un bowl de cristal… Lo que está bueno es ver a
través de la pecera, ver cómo se deforma todo. Hay que ponerle tintas a la
pecera.
¿Cómo te das cuenta cuando
el pescado está dormido? Me gusta la expresión “cara de pescado sorprendido”.
¿Qué pasa por la mente del
punto que dice “estoy bien conmigo mismo”? ¿Quién se cree que es? Sólo un
empleado de Garbarino puede decir “estoy bien conmigo mismo”. Y al rato le
explica a una señora cómo funciona la licuadora.
Bueno, ese empleado de
Garbarino, que vive solo desde hace año y medio, se compró un pescado. Cuando
lleva alguna chica a su departamento le dice: “Mirá, se llama Naranjín”. Porque
el pescado se llama Naranjín. De todas formas sabe que después de esa noche a
la mina no la ve nunca más.
El empleado de Garbarino
está un poco podrido de que en el laburo lo relajen porque se está quedando
pelado, sin embargo insiste con el “estoy bien conmigo mismo”. Aunque ya
empieza a desconfiar de eso. Y el
pescado, cree él, lo mira con piedad. El pescado, en realidad, ni pelota.
El viernes a la noche el
empleado de Garbarino va hasta el videoclub (sí) y alquila una de Rambo. Pone
la película y destapa una lata de Bud. Prende un cigarrillo. Tira las cenizas
en la pecera. Agarra el revólver y se vuela el balero.
El pescado queda nadando en
el agua turbia. La lente filma a través de la pecera.
Créditos.
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