-Sos una pelotuda, Patricia.
Y el tipo se fue de la casa
dando un portazo.
Era de noche y su cuerpo lo
sabía. ¿Qué hacer una noche como esa?
Al tipo le dolía la
mandíbula y tenía los ojos inaccesibles. Pensamiento: “Patricia nunca me va a
entregar el culo”.
El bar de siempre, cerca de
su casa, estaba abierto. Ahí se juntaban “putitos” de Filosofía y Letras y los “tediosos”
de Psicología. Al tipo le repugnaban. Los miraba con asco. Se tocó el bolsillo
para ver si tenía blanca y siguió caminando. Había un par de yiros desparramados.
Siguió caminando.
No se había ido de la casa
porque Patricia no le entregara el orto pero de pronto pensó en eso. ¿Cómo hizo
para llegar a ese pensamiento? Ni puta idea. ¿Habrá visto el culo de una mina
cuando iba caminando? No recordaba.
A Patricia la quería. Es
decir: estaban saliendo hacía dos meses. Todavía no convivían pero a veces él
se quedaba en la casa de ella. No existía eso de agregar un cepillo de dientes,
aún. Pero había algo más que un polvo y el taxi. Una película, comer algo...
pero todavía no se amaban. Al menos él sentía que todavía no la amaba. Y creía
que ella tampoco “si no, me lo diría” pensaba.
Pero esa noche discutieron.
Y esa noche el tipo se encontraba caminando por la vereda.
Sacó el encendedor y lo
mismo hizo con un cigarrillo. Lo encendió cubriendo la llama, inclinando la
cabeza. Imprimiendo una sensualidad de film noire estúpida ya que nadie lo
estaba mirando.
De pronto se le ocurrió que
tenía que ponerla “qué ganas de ponerla”. Patricia no le iba a abrir la puerta.
Igual, no quería coger con ella. No porque no le gustase hacerlo con Patricia.
El tipo quería culear. Recordó a los yiros de la otra cuadra. Se volvió.
Las miró más de cerca, al
paso. No eran de lo mejor. “El mercurio no me va a alcanzar si me meto en esto”,
pensó. Y tomó por otra calle.
De pronto vio unas luces y
cierta música que salía de una casa. De esas casas que, de día, pasan inadvertidas
hasta que salen en la sección POLICIALES de los diarios.
En la entrada, apoyando una
mano contra el filo de la puerta, se encontraba una mujer que lo invitó a
pasar. El tipo lo hizo.
Caminó detrás de ella hasta
unos sillones, aprovechó para mirarle el culo.
La tipa le hablaba como en
secreto. El tipo le sonreía. La tipa respiraba con cierto arramble estratégico.
El tipo le sonreía mucho más.
“Menos mal que cobré”.
Siguieron hablando un poco más. Hasta que ella lo tomó de la mano y caminaron
por un pasillo. Todo se hizo oscuro.
Entraron a un cuarto. En
realidad entró solo. Adentro se encontraba un hombre. Fue lo último que vio
antes de que el disparo lo fulminara.
Este no fue el único caso.
Se cuentan, aproximadamente, 23 hombres que murieron entrando a esta casa. Pero
todo queda en un rumor (no voy a usar el término leyenda urbana porque lo
detesto). Dicen que un punto sobrevivió. Tuvo suerte.
Seguramente le pasó como a
los demás: buscaba pasar “un buen rato”. Una chica lo invitó a pasar a la casa,
lo sedujo con ronroneos y sonrisas profesionales y el tipo pensó: “A esta la
hago mierda”.
No sabía que el “hecho
mierda” iba a ser él. Lo iban a boletear.
Ahí estaba el tipo, todavía
hablando con la chica. Luz tenue, humo, música, timbas, nariguetazos en el
baño.
Entonces ella lo tomó de la
mano. Pasillo oscuro.
-Esperá- gritó un hombre-
todavía no llegó.
-¿Quién no llegó?- preguntó
la víctima.
-Nadie- le dijo ella.
Tenemos que esperar unos minutos.
-No tengo tiempo. Mejor
vengo otra noche.
-No. Esperame acá, ya vengo.
La chica caminó por el
pasillo y dobló a la derecha, el hombre la perdió de vista.
Pasaron diez, quince
minutos, juntó algo de dignidad y se fue.
El asesino no había llegado.
En esa casa eran muy burocráticos. Eso fue lo que salvó al tipo.
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