Yo tenía una radio al lado
de la cama, en la mesa de luz, y empezaba a girarle el dial hasta encontrar
alguna voz. Quería escuchar gente hablando, de lo que sea, a las cuatro de la
madrugada, con insomnio, con tristeza, con dolor de espalda, con pastosidad de
boca seca, con la mirada clavada en una mancha de humedad en el cielorraso que
tenía, ¿o tiene?, forma de Kazajistán. Y al otro lado de la cama tenía una
ventana que daba a un árbol de moras. Pero no me interesaba ese árbol así que
no sé para qué lo nombro. Me interesaba la radio y encontrar una voz humana. “…
la pesca del pejerrey se realiza cada año…” (cambio) “… fue hallada sin vida en
un Fiat 128…” (cambio) “… Puloy…” (cambio) y así.
Entonces en mi cabeza se fue
configurando todo un mundo de circuitos aleatorios. Un rándom gigantesco de
frases entrecortadas y ruido de interferencia. Las noches de insomnio y radio
se fueron acumulando pero yo todavía no encontraba “la voz humana”. No la
encontraba. Pero sabía que estaba ahí. Tenía que buscarla.
Cierta noche en que ya me
disponía a dormir, a eso de las nueve de la mañana, di un último paseo por los
andurriales del dial. Y encontré la voz humana.
Al principio no distinguía
bien lo que estaba diciendo pero poco a poco se fue tornando más clara, hasta
que pude oír perfectamente lo que decía. Me estaba hablando a mí y sólo a mí.
“Matalos. Matalos a todos”.
Subí un poco el volumen.
“MATALOS. MATALOS A TODOS”.
Era la voz humana que me
estaba hablando a mí. Con un mensaje claro. Contundente.
¿A quién tenía que matar?
Ese “todos” era muy amplio. ¿A toda mi familia? ¿A todos mis conocidos? ¿A
todos… TODOS? Es muy difícil matarlos a todos. No se puede. Ni siquiera… nadie
puede. Además, ¿qué me había hecho mi familia para que yo la mate? Nada.
Ninguno de mis conocidos merecía morir. Pero, ¿por qué tenía que haber una
razón? Tenía que matarlos a todos pero no sabía quiénes eran ese TODOS.
Tal vez era una consigna
capciosa. Tal vez yo me tenía que pegar un tiro y al morir yo todos iban a
morir conmigo. Pero en seguida me pareció una idea de lo más estúpida y me reí
de mí mismo por pensar tamaña idiotez.
El mensaje volvió a
reproducirse, esta vez, después de los números de la lotería, “Matalos. Matalos
a todos”. Recuerdo que había salido el 718 a la cabeza. 18, la sangre. Sangre.
Esa relación de ideas me dio escalofríos. Pero con rapidez intuí que relacionamos
ideas todo el tiempo sin que por eso estas tengan necesariamente que ver las
unas con las otras. Recuerdo que también me había empezado a picar la planta
del pie. Es muy molesto cuando a uno le pica la planta del pie. Yo seguía
acostado.
Unos minutos después: “Matalos.
Matalos a todos”. Y de nuevo media hora después: “Matalos. Matalos a todos”.
Entre una emisión de mensaje
y la otra había intervalos, nichos de silencios muertos que yo intentaba
rellenar con distracciones que tenía a mano. Una tabla de logaritmos, una
revista Selecciones, el prospecto de un remedio. Pero cuando el mensaje volvía
yo estaba atento. Como si fuese la primera vez que lo escuchaba aunque las
palabras fuesen las mismas.
STOP
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