viernes, 23 de octubre de 2015

La voz humana

Yo tenía una radio al lado de la cama, en la mesa de luz, y empezaba a girarle el dial hasta encontrar alguna voz. Quería escuchar gente hablando, de lo que sea, a las cuatro de la madrugada, con insomnio, con tristeza, con dolor de espalda, con pastosidad de boca seca, con la mirada clavada en una mancha de humedad en el cielorraso que tenía, ¿o tiene?, forma de Kazajistán. Y al otro lado de la cama tenía una ventana que daba a un árbol de moras. Pero no me interesaba ese árbol así que no sé para qué lo nombro. Me interesaba la radio y encontrar una voz humana. “… la pesca del pejerrey se realiza cada año…” (cambio) “… fue hallada sin vida en un Fiat 128…” (cambio) “… Puloy…” (cambio) y así.
Entonces en mi cabeza se fue configurando todo un mundo de circuitos aleatorios. Un rándom gigantesco de frases entrecortadas y ruido de interferencia. Las noches de insomnio y radio se fueron acumulando pero yo todavía no encontraba “la voz humana”. No la encontraba. Pero sabía que estaba ahí. Tenía que buscarla.
Cierta noche en que ya me disponía a dormir, a eso de las nueve de la mañana, di un último paseo por los andurriales del dial. Y encontré la voz humana.
Al principio no distinguía bien lo que estaba diciendo pero poco a poco se fue tornando más clara, hasta que pude oír perfectamente lo que decía. Me estaba hablando a mí y sólo a mí.
“Matalos. Matalos a todos”.
Subí un poco el volumen.
“MATALOS. MATALOS A TODOS”.
Era la voz humana que me estaba hablando a mí. Con un mensaje claro. Contundente.
¿A quién tenía que matar? Ese “todos” era muy amplio. ¿A toda mi familia? ¿A todos mis conocidos? ¿A todos… TODOS? Es muy difícil matarlos a todos. No se puede. Ni siquiera… nadie puede. Además, ¿qué me había hecho mi familia para que yo la mate? Nada. Ninguno de mis conocidos merecía morir. Pero, ¿por qué tenía que haber una razón? Tenía que matarlos a todos pero no sabía quiénes eran ese TODOS.
Tal vez era una consigna capciosa. Tal vez yo me tenía que pegar un tiro y al morir yo todos iban a morir conmigo. Pero en seguida me pareció una idea de lo más estúpida y me reí de mí mismo por pensar tamaña idiotez.
El mensaje volvió a reproducirse, esta vez, después de los números de la lotería, “Matalos. Matalos a todos”. Recuerdo que había salido el 718 a la cabeza. 18, la sangre. Sangre. Esa relación de ideas me dio escalofríos. Pero con rapidez intuí que relacionamos ideas todo el tiempo sin que por eso estas tengan necesariamente que ver las unas con las otras. Recuerdo que también me había empezado a picar la planta del pie. Es muy molesto cuando a uno le pica la planta del pie. Yo seguía acostado.
Unos minutos después: “Matalos. Matalos a todos”. Y de nuevo media hora después: “Matalos. Matalos a todos”.
Entre una emisión de mensaje y la otra había intervalos, nichos de silencios muertos que yo intentaba rellenar con distracciones que tenía a mano. Una tabla de logaritmos, una revista Selecciones, el prospecto de un remedio. Pero cuando el mensaje volvía yo estaba atento. Como si fuese la primera vez que lo escuchaba aunque las palabras fuesen las mismas.

STOP

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