¿Qué tal?
Resulta que sale a comprar
queso rallado para los ñoquis.
Ve a la vecinita lavando el
auto.
Agua.
Jabón.
Remera.
Blanca.
Va a comprar queso rallado y
tiene el cuello rojo.
Lo compra rallado para no
rallarlo.
Otario.
Se cruza con el del Ford.
Gordo.
Bigotes.
Camisa.
Abierta.
Ombligo.
Expulsado.
Se cruza con la vieja del
pekinés.
Ruleros.
Rouge.
Arrugas.
Espectro.
Al queso rallado lo prefiere
bien finito. Pulverizado. No de la otra forma que parecen hebras de queso.
¿Por qué no los mata a
todos? Mejor dicho: ¿Por qué no los mata a todos menos a su vecinita y se la
coge arriba del auto? Quizás la mate también. Después. Pero ahora tiene que
comprar el queso rallado.
Se cruza con un tipo que
come una mandarina.
Gajos.
Cáscara.
Semillas.
Olor.
A.
Mandarina.
La mandarina tira olor a
mandarina y todo así. Uno lo siente.
Hacer puntería con las
semillas. Tenés que poner la semilla sobre la punta de la lengua. Soplar con
fuerza. Tirar con rapidez la lengua para atrás. Sale la semilla.
El tipo sigue caminando. Se
ve que la despensa queda lejos.
¿Es lo mismo despensa que
almacén?
Se cruza con la piba que
toca la guitarra en el coro de la iglesia.
Católica.
¿Católica?
La conoció una vez que fue
al bautismo de un sobrino. No es que sea de ir a misa. Es decir.
¿Y si quiere ir? ¿Qué?
Nadie dice nada.
El sol pega fuerte. Calor
furioso.
Se cruza con el perro marrón
que tiene un ojo rojo.
Pobre.
Picho.
Tuerto.
¿Lo juntará alguna vez?
El tipo es una flecha de
Zenón. No va a llegar nunca más.
La pasta se enfría.
Que lo parió.
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