El apodo le quedó porque lo
que pasó se hizo conocer en todo el barrio: un tío de ella la quiso violar y la
mina se defendió. Lo tajeó todo con una trincheta. Por eso le quedó: “Trincheta”.
Cuando yo la conocí tenía,
ella, las manos con cayos, pegoteadas. Se le habían formado como unas costras
entre los dedos. “Manos de pato” había pensado yo. Y ella tenía la boca
torcida. Y ella, también, me presentó a un amigo, “Chiquito”, a veces “Chiqui”,
que fumaba en una pipita de caña con los ojos chiquitos.
Entonces éramos tres. Yo les
había enseñado a secar yerba. La piba cocinaba (fue mejorando con el tiempo
porque al principio daba asco) y Chiquito hacía cosas para venderlas. Una noche
se largó a llover fiero y recibimos a un nuevo integrante del grupo.
Pasaba en una bicicleta de
esas chicas. Pedaleaba para el descenso, daba pena. Chiquito le pegó el
chiflido (a mí nunca me salió chiflar así) y el pibe de la bici vino hacia
donde estábamos nosotros. Lo invitamos a quedarse por una noche pero al final
se terminó quedando. Miguel se llamaba. Pero como era chiquito de cuerpo le
decíamos Miguelito. Al otro, a Chiquito, le decíamos así pero no tenía nada que
ver con el tamaño.
Ocupábamos una fábrica abandonada.
A la mina le habíamos dejado un cuarto para ella sola y nosotros tres nos
acomodamos en otro.
Miguelito se había ofrecido
para ser canillita y con eso traía unos pesos. Con eso más lo que juntaba
Chiqui de lo que hacía, comprábamos la comida y algunas cosas.
Los días de mucho viento se
escuchaban chiflar las chapas y a Trincheta le daba un poco de miedo porque le
parecían voces de muertos. Entonces Chiqui iba y se quedaba cuidándola hasta
que se dormía.
La noche en que apareció la
última integrante del grupo estábamos los cuatro comiendo unas mandarinas y
escuchando una radio portátil que había conseguido Chiquito. La mina parecía
desorientada, ida. Miguelito le dio un vaso con agua y la chica se lo tomó
apurada. Estaba desesperada por un cacho de pala y estaba dispuesta a rifarse a
Chiqui, a Miguelito o a mí. Pero la otra le dio un poco de lo que tenía y se
calmó. Como era muy blanca le empezamos a decir Americana. Por la crema
americana. Entre ella y Miguelito fue el único amor que hubo en el grupo.
Chiqui siempre le había tenido ganas a Trincheta pero ella nunca lo
correspondió.
Entonces éramos cinco.
Las chicas dormían en un
cuarto y nosotros tres en otro. A veces con Chiqui nos íbamos a patear por ahí
para que Miguelito pudiera coger con la novia.
Trincheta, Chiqui,
Miguelito, Americana y yo.
Al año había nacido el hijo
de Miguelito y Americana. Los tres se fueron y no supimos más nada.
Volvimos a ser tres como al
principio.
A Chiqui lo agarró la cana y
lo mandaron a guardar por mucho tiempo pero para entonces la otra piba y yo ya
habíamos dejado de vernos. Yo me vine al sur.
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