lunes, 21 de diciembre de 2015

Los chicos IV

El apodo le quedó porque lo que pasó se hizo conocer en todo el barrio: un tío de ella la quiso violar y la mina se defendió. Lo tajeó todo con una trincheta. Por eso le quedó: “Trincheta”.
Cuando yo la conocí tenía, ella, las manos con cayos, pegoteadas. Se le habían formado como unas costras entre los dedos. “Manos de pato” había pensado yo. Y ella tenía la boca torcida. Y ella, también, me presentó a un amigo, “Chiquito”, a veces “Chiqui”, que fumaba en una pipita de caña con los ojos chiquitos.
Entonces éramos tres. Yo les había enseñado a secar yerba. La piba cocinaba (fue mejorando con el tiempo porque al principio daba asco) y Chiquito hacía cosas para venderlas. Una noche se largó a llover fiero y recibimos a un nuevo integrante del grupo.
Pasaba en una bicicleta de esas chicas. Pedaleaba para el descenso, daba pena. Chiquito le pegó el chiflido (a mí nunca me salió chiflar así) y el pibe de la bici vino hacia donde estábamos nosotros. Lo invitamos a quedarse por una noche pero al final se terminó quedando. Miguel se llamaba. Pero como era chiquito de cuerpo le decíamos Miguelito. Al otro, a Chiquito, le decíamos así pero no tenía nada que ver con el tamaño.
Ocupábamos una fábrica abandonada. A la mina le habíamos dejado un cuarto para ella sola y nosotros tres nos acomodamos en otro.
Miguelito se había ofrecido para ser canillita y con eso traía unos pesos. Con eso más lo que juntaba Chiqui de lo que hacía, comprábamos la comida y algunas cosas.
Los días de mucho viento se escuchaban chiflar las chapas y a Trincheta le daba un poco de miedo porque le parecían voces de muertos. Entonces Chiqui iba y se quedaba cuidándola hasta que se dormía.
La noche en que apareció la última integrante del grupo estábamos los cuatro comiendo unas mandarinas y escuchando una radio portátil que había conseguido Chiquito. La mina parecía desorientada, ida. Miguelito le dio un vaso con agua y la chica se lo tomó apurada. Estaba desesperada por un cacho de pala y estaba dispuesta a rifarse a Chiqui, a Miguelito o a mí. Pero la otra le dio un poco de lo que tenía y se calmó. Como era muy blanca le empezamos a decir Americana. Por la crema americana. Entre ella y Miguelito fue el único amor que hubo en el grupo. Chiqui siempre le había tenido ganas a Trincheta pero ella nunca lo correspondió.
Entonces éramos cinco.
Las chicas dormían en un cuarto y nosotros tres en otro. A veces con Chiqui nos íbamos a patear por ahí para que Miguelito pudiera coger con la novia.
Trincheta, Chiqui, Miguelito, Americana y yo.
Al año había nacido el hijo de Miguelito y Americana. Los tres se fueron y no supimos más nada.
Volvimos a ser tres como al principio.
A Chiqui lo agarró la cana y lo mandaron a guardar por mucho tiempo pero para entonces la otra piba y yo ya habíamos dejado de vernos. Yo me vine al sur.



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