Te subís al taxi y el tipo
te pregunta “¿A dónde te llevo, viejo?”. Listo. Estás en sus manos. Él te va a
llevar. Vos ya le diste algo de vos, un dato. ¿Viste la frase “dejate llevar”?
Bueno, es una trampa de la naturaleza. ¿Taxista o tachero? Es simpático el
tipo. Parece. ¿No?
Tratás de ir viendo el
taxímetro. Taximetrero. Porque no querés que te garquen. Pero igual: ¿te vas a
bajar si el tipo te empieza a pasear? No. No te vas a bajar. Te vas a adapatar:
“capaz que conoce un camino más corto por acá”. No habla mucho. No habla nada.
Y eso te asusta. Se supone que los taxistas hablan de todo, todo el tiempo.
Tuitean oralmente: dicen giladas con pretensión científica. “Entre hoy y mañana
va a llover”. Y recuestan el codo contra la ventanilla.
Pero este no habla y el
viaje es largo. Se te hace largo. Te ponés nervioso. Mirás la hora en el
celular: ¿hace cuánto subiste al taxi? ¿Diez, quince, cuarenta minutos? Ni
siquiera cinco. Imágenes: el taxista frena, baja y te estrangula con el
cinturón; el taxista se pega un tiro adelante tuyo; empañás el vidrio para
escribir un lamentable S.O.S.
Te hacés imágenes y el tipo
no dice ni una palabra. Hasta que, esperando a que cambie el semáforo, se gira
un poco y te dice: “¿Te pusiste a pensar que vos y yo estamos acá porque
creemos que ninguno de los dos va a matar al otro? Pensalo”.
Y vuelve a manejar en
silencio. Afuera pasan autos, motos, gente. ¡Tan felices, con proyectos! Y vos…
Y en otro semáforo: “Igual, ¿miedo
a la muerte? Dura un segundo. El tema es todo lo anterior. ¿De qué cuadro sos?”.
Tirás un nervioso “Boca”. Pero
te ponés a pensar: “Esperá, ¿yo era de Boca?”.
“Y en un segundo lo podés
perder todo. Para siempre. Pensalo”.
Afuera: gente tan feliz. La
puta madre qué feliz está esa gente. Y a vos que no te sale decir: “Me bajo
acá. Tome, quédese con el cambio”.
Pensás en que si te salvás
de esta dejás de fumar, empezás yoga, tomás un curso de alfarería, aprendés a
tocar los bongós, lo que puta sea. Pensás tantas cosas.
Pensás que no, que no te vas
a salvar. Que te van a encontrar cogido y muerto. “Me van a ver con el orto
desflorado y los pantalones por los tobillos pensás”.
Un viaje que se te hace de
un año entero.
Y finalmente llegás a dónde
dijiste que ibas.
Billetes arrugados.
Pagás con premura. Bajás.
Nadie escucha nada pero a
vos te parece que el taxista se va riendo a carcajada limpia y es de noche en
la ciudad.

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