Siete y cuarenta y ocho del
veintidós de octubre de dos mil veintiuno de la era de nuestra fe. Más
repercusiones respecto al estado anímico de Mark Laramy:
En la mañana de hoy Laramy ha
omitido su habitual afeitado matutino. (Por cuestiones de respeto hemos
decidido censurar las escenas escatológicas). Fuentes cercanas al octavo “C”,
departamento en el que reside Laramy, han confirmado que luego de salir del
baño se dirigió hacia el living de su casa (quien precisó esta información es
un testigo de identidad reservada que en ocasiones anteriores ha estado en el
departamento de Laramy por lo que puede constatar que el único televisor que
hay en la casa del susodicho es el que está, precisamente, en el living), y
puso el volumen de la televisión al máximo.
Meg, una adolescente de
diecisiete años nos cuenta en detalle el momento en el que Laramy abría la
puerta de su departamento para tomar el ascensor.
-Yo soy vecina de Mark, vivo en
el octavo “A”, nos cruzamos con frecuencia. Siempre es muy gentil. Ayer por la
tarde yo estaba volviendo a mi hogar y lo vi esperando el ascensor. Lo noté
raro, noté en su mirada la agudeza de un lutier. Lo saludé como siempre y él
sólo movió su cabeza. No le di mucha importancia.
Y esto nos cuenta Ferguson,
empleado del almacén “The Fat” que se encuentra en la planta baja del edificio.
-Entró y se dirigió a la heladera
en la que están los yogures, esa que está ahí. Lo noté raro ya que él siempre
me ha saludado ni bien entra. Antes de abrir la heladera miró para todos lados.
Se llevó un yogur bebible… Noté, o creí notar, que se sentía perseguido. Iba
con ropa deportiva. Como nunca. Es decir, por lo menos yo nunca lo vi vistiendo
ropa deportiva.
Otro testimonio, en este caso de
Kenneth Macatich, parece contradecir al de la ya citada Meg.
-Ayer por la tarde me crucé con
Laramy cuando el salía del edificio y yo entraba. Parecía de buen ánimo pero
sus movimientos eran un poco torpes. Tenía la mirada perdida. Noté, eso sí, que
parecía sentirse perseguido. Incluso evitó mirarme a los ojos cuando me saludó.
Aunque lo hizo con cortesía.
¿Qué habrá pasado en el fuero más
interno de Mark Laramy en las últimas veinticuatro horas?
¿Habló con alguien al respecto?
¿Cuál es la historia de este
hombre?
Jennifer Komstock, terapeuta de
Laramy durante tres años nos aporta un dato esclarecedor.
-Desde el primer día noté algo
raro.
Por otra parte, Lilian Gilles, su
compañera de la secundaria, ha accedido a contarnos cómo era Laramy en su
juventud.
-Conocí a Mark en la escuela,
cuando teníamos quince años. Él era el presidente del centro de estudiantes.
Siempre estaba en el centro de la escena. Las chicas se morían por él. Yo no,
porque soy lesbiana. Aunque no voy a negar que me parecía un chico apuesto. Una
vez me dijo que las chicas de la escuela lo aburrían, que eran muy estúpidas.
Esa palabra uso él. Y todavía me acuerdo. Por eso nos hicimos amigos porque
sabíamos que entre él y yo no iba a pasar nada. Cuando terminamos la escuela y
nos graduamos, dejamos de vernos por tres años porque yo me fui a Europa.
Cuando volví lo noté muy cambiado. Ya no era el Mark de antes, ahora ya no
estaba en el centro de la escena. Ahora estaba a un costado casi como haciendo
fuerzas para pasar inadvertido. Hablé con Fanny, una compañera en común, y me
contó que desde hacía un año que nadie sabía nada de él. Había dejado de ir a
las reuniones de curso. Me dijo que yo era la única con la que se había visto
en tanto tiempo. Mark había cambiado su número de teléfono, su dirección de
correo, todo. Y me había mandado mensajes a mí para hacérmelo saber. Yo había
supuesto que esa información era para todos. Un día me citó en un café y me
contó que se sentía mal. Que se sentía cansado. Esto fue hace dos meses. Después
de decirme eso permaneció largamente en silencio hasta que me dio un beso en la
frente y se marchó. Desde ese día no he vuelto a verlo.
Lilian no ha vuelto a verlo.
Nadie, salvo nuestra testigo de identidad reservada, ha vuelto a ver a Laramy
que aún permanece en su obstinado ostracismo en el octavo “C”.
Meredith Mulligan, su
profesora Literatura nos acercó una poesía que escribió Laramy cuando tenía 17
años, el último año de secundaria, para una tarea. Aquí reproducimos un
fragmento.
Lienzo de espuma salobre/ con
sedimento de coral/ aprieta y ciega y siega/ y la sed me sofoca…
Los teléfonos de la producción no
paran de sonar. Escuchemos a nuestra audiencia.
-Hola, mi nombre es June. Tengo
veintiún años. Yo creo que este muchacho, Laramy es un desquiciado. Es
peligroso. Deberían llevarlo a un instituto para que lo ayuden.
-¿Cómo saben que no se afeitó?
-Para opinar sobre este chico
Laramy. Me llamo Mark, como él. Creo que deberían hablar con algún
especialista. Y no sacar conclusiones apresuradas y disparatadas.
En breve escucharemos más
mensajes. Por las redes sociales nos llegan, también, más mensajes como este de
“Centinela del Sueño” que nos dice…
“No vale la pena. Nada vale la
pena. Ni siquiera. El Universo de “lo que no me importa” es tan grande que nos
come y nos vomita a todos juntos. Este chico Mark, me siento identificado. No
sé por qué. Riber sos de la B”.
Es momento de hacer una pausa.
En el próximo bloque: ¿Sabe
Laramy que el veintitrés de octubre vence el plazo para devolver “Fahrenheit
451” de Truffaut al videoclub?
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