Fui a la sucursal del correo
de calle General Galán a retirar un giro postal que me fue enviado por Western
Union desde Estados Unidos ya que había sacado el segundo premio en un concurso
literario por un cuento (cuyo argumento jamás fue mío) que titulé “La brevedad
de las manos”. Como mi conocimiento del inglés siempre fue, y sospecho que
será, paupérrimo pedí ayuda con la traducción a un primo mío, Tomás Carlez.
“Tipo confianzudo y estirado” dijo de él, cierta vez, mi abuela materna.
La relación con mi primo se había limitado, con el paso de los años, a esas exigencias protocolares de los aniversarios. La última vez que lo vi fue durante el velorio de la tía Chola.
Caminaba por Avenida Ejército, que por más que uno no quiera, lleva a General Galán, y estaba por cruzar Balcarce (a mí izquierda podía ver la capilla de San Juan Bautista, de estilo colonial) cuando, de pronto (casi no hay cosas que no sucedan de pronto) vi un destello en la tierra.
La relación con mi primo se había limitado, con el paso de los años, a esas exigencias protocolares de los aniversarios. La última vez que lo vi fue durante el velorio de la tía Chola.
Caminaba por Avenida Ejército, que por más que uno no quiera, lleva a General Galán, y estaba por cruzar Balcarce (a mí izquierda podía ver la capilla de San Juan Bautista, de estilo colonial) cuando, de pronto (casi no hay cosas que no sucedan de pronto) vi un destello en la tierra.
Me fijé bien. No me quería
agachar en vano, ¿quién quiere agacharse en vano? Era una moneda de veinticinco
centavos, plateada. De poco me iba a servir per se, pero la junté, la depuré de
barros y la guardé en un bolsillo.
Seguí caminando hacia donde mis pasos me conducían. Pensé en el número de personas que pudieron haber
perdido esa moneda: uno. En el número de personas que no la vieron. En el número
de personas que la vieron pero no la levantaron. Finalmente pensé en mí y que,
de alguna forma, estaba conectado con aquella que la perdió. ¿Podría esa moneda
relacionarnos de alguna forma que yo desconocía?
La curiosidad hizo que el
metal ardiera en mi bolsillo. Lo saqué y lo miré. No parecía tener nada
peculiar. Una moneda plateada, tan argentina (demasiado argentina) como otras.
¿De qué forma estábamos
conectados?
Llegué al correo y
retiré mi dinero. Lo invertí al día siguiente en esa cosa mundana que se llama
vivir. Aún conservaba la moneda, la miraba todas las noches antes de dormir. Un
rito. Como rezar. Moneda-Dios.
De día permanecía en mi
bolsillo. De noche la contemplaba con numismática devoción. Buscando develar su
secreto lunar. Buscando la huella que me antecedía. Habían pasado seis meses
desde que la había encontrado.
Un día decidí invertir el orden: dejé caer la moneda
exactamente donde y como la había encontrado: Cabildo al sol. Me alejé lo
suficiente como para no avergonzar a ningún transeúnte. Llegó la noche, la
moneda eternamente quieta. Yo caminé a mi casa.
Volví al día siguiente.
Nada. Volví al otro día. Nada. (La secuencia se repite tediosa y
angustiosamente) ¿Acaso nadie, excepto yo, iba a juntar esa moneda?
Pasaron seis meses desde que
había dejado la moneda. Inmutable ella. En ese tiempo escribí otros cuentos. En
ese tiempo nos despreciamos para siempre con mi primo Tomás Carlez.
Cierto día no vi más la
moneda. ¿A quién estaba secretamente ligado ahora? Sentí una extraña felicidad. De alguna forma íntima
y cósmica otra persona y yo estábamos conectados.
Encontré, después,
otras monedas que fueron gastadas sin más.
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