jueves, 1 de febrero de 2018

REC

Hay que asegurarse de que a tres, cuatro personas, les importe lo que uno tiene para decir. Que les importe en serio.
Seducir a miles... no. Eso no sirve.
Creo que hay tres, cuatro personas, a las que les importa lo que tengo para decir.
Que les importa en serio.
Como sea.
A veces me gusta imaginar mi vida como si fuera un mocumental en el que me voy filmando con la cámara del celular (mi vida es de bajo presupuesto por consiguiente...) y voy reflexionado sobre cosas... Y registro todo. Mis momentos de clarividencia, mis aseveraciones fatales, mis comentarios banales. 
Hay un problma. Es que a veces se mezcla todo. Lo clarividente con lo banal. Entonces uno llega a decir "Lo importante es llegar al punto justo de sal". Y se supone que eso es una metáfora de algo; equilibrio aristotélico entre exceso y defecto. Pero en realidad uno está hablando de un plato de ravioles con tuco. 
Pero, ah, claro, el tipo dice que "Lo importante es llegar al punto justo de sal" y, chau, atentos ahí.
Sí, todo eso fue una autocrítica.
¿Debería escribir un guión? Podría escribir el guión de mi vida y, cuando esté listo, empezar a grabar. 
Pero... cierto. Escribir el guión de mi vida me llevaría... toda la vida.
O puedo escribir algunas partes e improvisar en las otras.
Pero, mierda, es en las partes improvisadas donde se va todo al carajo.
De pronto, me excuso, de verdad yo no quería, me asaltó la nostalgia de las mañanas en las que fumaba con mi abuela.
Todo se desarrollaba siempre de la misma manera. Ahí debía ser. Así queríamos que fuera.
Yo, frente a la computadora, esperaba a que se fueran todos y descalzo, cruzaba el patio, un patio mínimo,un patio en el que el sol fustigaba rayos recalcitrantes. Entraba a la casa de mi abuela y ella estaba calentando agua; creo que solamente con ella he sentido ese extraño orgullo por tomar mate, esa mitología casera; yo la miraba a ella, con la bombilla en la boca y miraba su cara curtida de arrugas, la mirada de mi abuela tenía cinco mil años.
Entonces prendíamos un cigarrillo cada uno.
Ella tiraba el humo por la nariz, yo, por la boca.
Con mi abuela teníamos un contrato secreto. Un pacto en el que no participaba nadie más que nosotros dos.
Mi abuela siempre va a ser un as bajo la manga. Siempre la voy a poder traer cuando me sienta mal por algo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario