jueves, 27 de septiembre de 2018

Colectivo nocturno...


A veces me ha pasado que me tomo un colectivo muy nocturno que llega vacío y me instalo en uno de los asientos y al rato me pregunto por qué elegí ese asiento y no otro, si están todos desocupados...

Pero me quedo en el que elegí y miro la calle o mi celular o me fijo en los asientos que cubre mi vista si hay mensajes que la gente deja, supongo yo, en esos treinta segundos de semaforo en rojo que tan necesarios son para que la escritura no devenga electrocardiograma.

Y el colectivero... Allá adelante...

Y el viaje es largo, hermano.

Es largo porque uno toma real conciencia de que está viajando y en ese espacio reducido que es el colectivo hay dos personas que se desconocen (seguro es lo mejor) y... El silencio es enorme. Es enorme, viejo.

Y uno quizá espera que suba alguien más porque esa comodidad del colectivo vacío ya no es tan linda.

Sin contar con los mambos que tiene un tipo como yo de que el colectivero no sea otro que la reencarnación de Lawrence Bittaker... Y hace un rato me estaba preocupando por eso del silencio.

Bueno, si sube alguien más por ahí no soy la primera víctima y puedo rajar por una ventana... Digo, yo que soy un miserable y cobarde y un crápula.

Pero, fuera de esta fantasía criminal mía, tal vez quiero que suba alguien más para que no sea tan patente que estoy solo.

Por favor, que no me hable.

Que se siente lejos.

Con eso basta.

Resultó ser que el colectivero, pobre, recién lo imaginé asesino, y yo no éramos los únicos seres humanos vivos en el mundo... Sería una cagada porque seguramente el tipo es tan miserable, cobarde y crápula como yo.

Y la tercera persona también, no nos engañemos...

De todas formas, no sube nadie. Nadie.

Y llego a mi destino y aunque tenga toda la comodidad para bajar por adelante, lo hago por atrás.

Para no hablar con el tipo.