A veces creo que solo me gustaría
tener un auto para que un pelotudo se siente sobre el capó y
decirle: “Salí de mi auto” y que el tipo me desafíe a pelear y
empezar una pelea en la que, seguramente, terminaré perdiendo una
retina.
Pero no tengo auto, ja. Ni siquiera sé
manejar... En serio.
Como sea, ahora estoy escribiendo esto
mientras me tomo una lata de Budweiser y como maní y el perro está
durmiendo en mi cama... Y no les quiero mentir: no estoy pensando en
nada profundo... Quiero decir... Podría, ahora, escribir que detrás,
intercalados en estos segundos de tedio y silencio, hay un palimpsesto
de reflexiones que yo voy a exhumar para plasmar en este texto. Pero
no... A veces la vida es una puta que no te deja una reflexión.
Simplemente avanza como una locomotora arrollándolo todo. Y uno se
pregunta: “¿Qué carajos aprendí de todo esto?” y la respuesta
es que no aprendiste nada, no sirvió de nada.
Así que... Tomo otro sorbo de cerveza
y el silencio me permite escuchar el reloj. Qué artefacto siniestro,
¿no?
Escucho la sirena policial, escucho mis
dedos golpeando las teclas, escucho mi respiración y... Creo que
empecé a escribir para no escuchar el silencio... A veces el
silencio me recuerda lo patético que soy y eso no me gusta.
Aunque, viéndolo de otra manera, es
preferible que me dé cuenta de lo patético que soy por mi cuenta a
que me lo diga otra persona. No me gustaría que alguien que quiero
me diga: “Sos patético” porque... Bueno, ustedes saben que eso
es una gran mierda.
Sin embargo... Supongo que si alguien
me quiere no piensa que soy patético. (Énfasis en “supongo”).
Dentro de un rato voy a salir a
fumar... Qué triste, ¿no? Quiero decir: estoy escribiendo mientras
tomo cerveza, después voy a fumar... Soy un poco cliché. Si a eso
le sumamos que intento hacerme el escritor miserable... El resultado
es: soy patético.
¡Pero al menos lo reconozco, hijos de
puta! Hijos de puta.
Chau.