viernes, 23 de agosto de 2019

La última noche


Alejandro se dio cuenta de que Laura le estaba perdonando todo y eso no estaba nada bien. No se veía bien en absoluto. “Si me está perdonando todo es porque ya no le importo mucho y en cualquier momento me deja”, pensó Alejandro mientras la miraba masticar una aceituna en aquel bar... “Ya no causo ningún efecto en ella”.
Y así era, ya fuera positiva o negativamente, él ya no causaba efecto alguno en Laura quien, a la mañana siguiente, lo iba a dejar.
Alejandro, esa noche, en aquel bar, no se imaginaba que en unas pocas horas iba a tener relaciones sexuales por última vez con ella. La despedida.
Mientras tanto, en silencio (los silencios eran cada vez más incómodos) miraba el aro de lúpulo que dibujaba la cerveza en el fondo de su vaso. La miró de reojo para buscar en ella algún detalle, algo distintivo para poder comentar... “¿Te cortaste el pelo?” o “¿Te pusiste maquillaje en los ojos?” Algo... Pero nada nuevo había en ella esa noche... Tampoco había algo nuevo en él. Hacía tiempo que habían desistido de eso y lo habían naturalizado.
Pinchó una aceituna con un escarbadientes y le pidió otra cerveza al mozo.
La charla insustancial se hacía menester, cuando no imperiosa; la banalidad flotaba como un salvavidas al cual tenían que nadar para no ahogarse.
Hablaron de cualquier gilada y ella hasta se río un poco de cierto comentario que hizo él y él hasta pensó un poco que todo podía ir mejor (nada más lejos de la realidad) y se sentó más derecho.
En cierto punto se imaginó que sonaría una canción perfecta para que se pudiera acercar a ella y decirle algo que la conmovería hasta las lágrimas, entonces el podría abrazarla y ella lo abrazaría a él y se besarían y... Tenía que dejar de ver películas con Meg Ryan.
Ya estaba en el corredor de la muerte.

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