Alejandro se dio cuenta de que Laura le
estaba perdonando todo y eso no estaba nada bien. No se veía bien en
absoluto. “Si me está perdonando todo es porque ya no le importo
mucho y en cualquier momento me deja”, pensó Alejandro mientras la
miraba masticar una aceituna en aquel bar... “Ya no causo ningún
efecto en ella”.
Y así era, ya fuera positiva o
negativamente, él ya no causaba efecto alguno en Laura quien, a la
mañana siguiente, lo iba a dejar.
Alejandro, esa noche, en aquel bar, no
se imaginaba que en unas pocas horas iba a tener relaciones sexuales
por última vez con ella. La despedida.
Mientras tanto, en silencio (los
silencios eran cada vez más incómodos) miraba el aro de lúpulo que
dibujaba la cerveza en el fondo de su vaso. La miró de reojo para
buscar en ella algún detalle, algo distintivo para poder comentar...
“¿Te cortaste el pelo?” o “¿Te pusiste maquillaje en los
ojos?” Algo... Pero nada nuevo había en ella esa noche... Tampoco
había algo nuevo en él. Hacía tiempo que habían desistido de eso
y lo habían naturalizado.
Pinchó una aceituna con un
escarbadientes y le pidió otra cerveza al mozo.
La charla insustancial se hacía
menester, cuando no imperiosa; la banalidad flotaba como un
salvavidas al cual tenían que nadar para no ahogarse.
Hablaron de cualquier gilada y ella
hasta se río un poco de cierto comentario que hizo él y él hasta
pensó un poco que todo podía ir mejor (nada más lejos de la
realidad) y se sentó más derecho.
En cierto punto se imaginó que sonaría
una canción perfecta para que se pudiera acercar a ella y decirle
algo que la conmovería hasta las lágrimas, entonces el podría
abrazarla y ella lo abrazaría a él y se besarían y... Tenía que
dejar de ver películas con Meg Ryan.
Ya estaba en el corredor de la muerte.
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