Hace un rato pasó por la calle el tipo que vende algodón de azúcar, ese que es rosado. El quía caminaba soplando una corneta y lo escuché estornudar... No anda nadie por la calle, todavía puedo escuchar al de los algodones.
Ahora es sábado a la tarde pero podría ser domingo porque esto está muy comatoso, el día ya perdió toda la fuerza que tenía y se viene a pique. Situación de deadstick landing.
Y acá estoy yo tomando un vaso de Malbec; hace un rato me hice un par de buches con agua oxigenada...
Me da tanta paja todo que mis bostezos se mezclan con suspiros de desdén y no puedo dejar de pensar, cuando escucho a alguien gritar en la calle, que acá todos le rezan a la estampita de San Maturino... “La pandemia de la que nadie habla”.
A veces estoy en la cama y sé que tengo que levantarme para empezar el día, para ser el protagonista de mi propio destino o algo por el estilo y simplemente me quedo en la cama esperando... Es como cuando voy al cine y la película no empieza más y solo hay avances de otras películas. Yo me quedo mirado el techo, mirando avances de otras posibles realidades en las que soy el protagonista pero solo son eso: posibles. Y nunca empieza la posta porque me tengo que hacer cargo de todo. Yo me encargo de la música, del vestuario, del guión, de las locaciones, de todo. Y es un trabajo pesado.
Y en ese momento en el que estoy acostado y mirando el techo me doy cuenta de que nada sirve. Y me doy cuenta no porque no haya paradigmas en los que sostenerme sino porque no quiero sostenerme en ninguno.
De todos modos, se me pasa cuando siento olor a pastas con estofado y me levanto a morfar como el descendiente de italianos que soy: en remera, calzones y medias.
Chau.
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