Espátula de plástico
A veces me
pican parte de la espalda a las que me cuesta llegar y creo que en esos casos
el amor es importante porque una persona que te ama te va a decir: “Decime
dónde te pica y te rasco” entonces el amor es encontrar de a dos el punto que
pica. Y si no hay amor, entonces, mejor es encontrar algo de plástico como una
espátula pero tiene que estar limpia porque, supongamos, si está pegoteada con
mermelada de moras (muy ricas las moras, eso no está en discusión) después te
queda la espalda engrudada. Una cuchara de madera no cumple el propósito.
Lo que no
conviene es, por ejemplo, salir a la vereda rascándose la espalda con una
espátula porque los vecinos, que nunca son escasos, van a comentar: “Creo que
se le zafó un tornillo a mi vecino” o cosas peores porque ser un vecino es tener
la técnica de la fabulación. Sospecho que gran parte de la literatura universal
ha tenido su semilla en las retinas de un vecino que fisgoneó detrás de una
celosía.
Eso, claro,
si uno vive en una casa y sale a la vereda. Vivir en un departamento creo que
es más peligroso porque los pasillos son más condensados y, si en la calle las
miradas pasan a vuelo de pájaro, en un pasillo de departamentos las miradas
están más delimitadas por el perímetro y todo fluye más lento como la leche
condensada y la mirada que se toma su tiempo es la peor por eso de que nuestro
infierno es la mirada del otro. También en un edificio de departamentos hay
otras cuestiones como, por ejemplo, el portero podría resultar ser un
despreciable que se robase la correspondencia.
Y esto es
algo que pasa en todos lados, en todo el mundo. No es que uno viaja a Taiwán o
Hong Kong y ahí las costumbres son diferentes. Allá la gente también come
mermelada de moras. Y la gente también ama. Y la gente también tiene vecinos
atentos. No sé cuántos habitantes tiene Taiwán porque la tasa de natalidad en
ese continente es muy baja lo que me lleva a pensar en esto: si la gente no
está procreando seguro está viendo qué vecino se rasca la espalda con una
espátula de plástico.
También me
podrían decir: “En Taiwán no necesitan vecinos porque tienen todos tus datos en
una computadora” y es cierto pero…
Y no me deja
tranquilo eso porque, supongamos, yo vivo en Taiwán y me rasco la espalda con
una espátula de plástico y me ficha alguna microcámara instalada en un abejorro
(porque son capaces de estas cosas) y después quedo marcado. Los informáticos
genios (ser un genio también es ser un poco malvado) dirán: “Esa es una
consecuencia inevitable de sus acciones; debió pensarlo antes”.
Por ahí,
creo, si yo viviera en el campo y me rascara la espalda con una espátula de
plástico, en una de esas no pasaría nada porque la llanura es extensa…
Por ahí me
estoy rascando y pasan un tipo y su hijito en una cosechadora y supongamos que
lo conozco al tipo. Supongamos que se da este diálogo:
-¿Cómo le va
don Mario? (Mientras me rasco la espalda con una espátula de plástico)
-Acá nos ve…
(Secándose la frente con un trapito). La cosechadora anda pa’ tras así que
vamos a seguir la semana que viene.
-Eso sí que
es un problema don Mario.
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