Lanzallamas
El otro día me estaba dando cuenta de que pensar en cosas
que me podrían dar placer me da placer. No sé si quedó claro… Pensar en algo
placentero ya me genera goce.
Me di cuenta de esto porque yo estaba caminando por la
peatonal, iba comiendo unas malteadas con semillas de lino o alguna de esas
cosas y me puse a pensar que sacaba un lanzallamas y los quemaba a todos. Todos
chicharrones humanos; y eso me dibujó una sonrisa y hasta le dejé el paso a un
nenito (al que también hubiera calcinado) que iba por la peatonal,
atiborrada de gente, con una especie de autito a pedales mientras su padre, a
diez metros de distancia, le decía: “Gael, despacio”.
Yo me sentía bien con la idea de que todos podían morir
consumidos por el fuego entonces no me calentó que el padre de Gael fuera un
estúpido de mierda. Simplemente me hice a un lado y el niño pasó.
Entonces me di cuenta de otra cosa: imaginar que la gente
muere calcinada con mi lanzallamas me predispone de un mejor humor para lidiar
con la gente entonces, cuando veo que alguien está siendo un pelotudo, lo que
hago es imaginar que esa persona se derrite como cuando ponés un soldadito de
esos verdes, de plástico, y arriba ponés una lupa para que le dé el sol.
En fin. Yo seguía caminando (Gael, por suerte, no se hizo
pomada contra un banco ni nada) y me pregunté cuánto podría salir un
lanzallamas así que entré a la página esa del bobito que les gusta a ustedes y
había varios productos bajo la búsqueda “lanzallamas precios” y también estaba “Los
lanzallamas” de Arlt pero yo quería prender fuego gente y a ese libro ya lo
leí.
De pronto me di cuenta de que se me habían terminado mis
malteadas con semilla de lino y eso me puso mal porque me las fui comiendo sin
darme cuenta. No sé, calculo que el lino hace bien a algo… A mí se me terminan
unas malteadas de lino, una pelotudez así, y ya te digo que la vida es una
mugre. Que la vida es aceptar en silencio la muerte que viene silbando bajito
una canción de cuna para mandarte a dormir.
Igual, tenía la boca muy seca así que me compré una
botella de agua saborizada, siempre con la idea fija en adquirir un
lanzallamas. Y no solo eso; aprender a manipularlo, saber cómo mantenerlo.
Supuse que me iba a resultar provechoso tener un par de maniquíes para
practicar. Irme a algún lugar amplio… Aunque yo sabía, mientras tomaba la
bebida sabor ananá, que, llegado el caso, no me iba a importar mucho si tenía
que pelar mi lanzallamas en una cancha de básquet. La verdad…
Y mientras pensaba esto, y con el agregado del alto
contenido en azúcares de esta bebida con sabor a ananá, me sentía un poco como
el loco del video ese de Bitter Sweet Symphony que el chabón va caminando y le
chupa un huevo todo…
Así.
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