domingo, 3 de mayo de 2015

Geoffrey Calmest

La historia de Geoffrey Calmest me fue referida hace algunos años en un bar. Quien me la contó, el ya muerto Natanael Zuviría, me dijo: “Sé que vas a desgraciar la veracidad de los hechos con tus alardes de literato de poca monta”. De todos modos, tal vez más por el alcohol que por el orgullo de contar la historia, comenzó el relato que ahora trato de reproducir.
Nacido en una casa del barrio de Maplewood en Rochester, Nueva York, Geoffrey Calmest llegó a ser conocido (quizás el término sea superlativo) como “el asesino mesmerista”.
Calmest nació en 1908, precisamente el 17 de septiembre, un día después de que fuera fundada la General Motors (el dato sólo cumple la función de contextualizar).
Durante sus años de escuela fue un estudiante aplicado en el campo de las matemáticas y llegó a redactar un ensayo en el que aseguraba que se podía sacar generala con una efectividad del cien por ciento dependiendo de cómo se colocasen los dados en el cubilete y de ciertos movimientos con la mano. El ensayo, junto al resto de sus cosas, se ha perdido.
Cuando cumplió los 19 años. Dos caminos esperaban a Calmest: la universidad o trabajar en la Cunningham Car Company junto a su padre. No eligió ninguna de esas rutas sino, más bien, se embarcó en una empresa más temeraria (hay quienes dicen que la temeridad es una forma de la estupidez): las apuestas. Sus armas: su intelecto y los dados. (Cuando Zuviría me contaba esto me pidió que omita cualquier tipo de alusión a los dados y la divinidad).
Los veintiún puntos negros de un dado son distintos si se los mira con atención.
Geoffrey Calmest llegó a amasar una considerable fortuna jugando a los dados. Después de todo los juegos de azar se tratan de ganar sin dar nada a cambio. Y Calmest no dio nada. Salvo la vez que, para salvar su vida (Zuviría dijo su culo) tuvo que besar un anillo.
Pero la suerte no es amiga de la repetición y, para Calmest, de un día para el otro comenzó a volverse turbia. Los cubos punteados ya no caían a su favor y el dinero se le escapaba de las manos como pelos de panadero.
Tuvo que abandonar Nueva York. Su destino: Argentina. (Zuviría me dijo que evitase a toda costa relacionar este hecho con cierta costumbre narrativa de establecer que los personajes en problemas huyen a Sudamérica).
Era el año 1937, segundo mandato de Roosevelt.
Calmest se radicó en Buenos Aires y a los 6 meses ya vivía en concubinato con una chica doce años más joven, Ofelia. Al poco tiempo llegó el unigénito Lincoln N. Calmest.
La situación empujaba a nuestro protagonista a conseguir trabajo, o alguna otra entrada de dinero. Tanteó los dados en su bolsillo, pero descartó la idea. ¿Qué podía hacer un hombre sin experiencia alguna en el ámbito laboral?
Un libro que llegó a sus manos le planteó la idea que lo llevaría a convertirse en lo que luego fue. Se trata de “La guarida del Gusano Blanco”, de Bram Stoker. Una novela de terror en cuyas páginas Stoker hablaba del mesmerismo usado para hacer el mal.
El pensamiento de Calmest bien pudo leerse de esta manera: ”Puedo usar esto para manipular a las personas y robarles el dinero”.
Pues bien, así sucedió, al principio, una vez que hubo aprendido los rudimentos del mesmerismo. Pero cierta noche, en que jugaba con la voluntad de un farmacéutico se preguntó hasta dónde podía llevar lo que estaba haciendo. Así que, sin pensarlo dos veces, le dijo al pobre boticario: “mátese”.
“Mátese”. Quince personas fueron las que escucharon esa última palabra.
Geoffrey Calmest doblegaba las voluntades de sus víctimas que quedaban a su merced. Los desafortunados entraban en un estado de enajenación autómata. El asesino los magnetizaba hacia su propio arbitrio. Luego, daba la orden fatal. Insoslayable.
-¿Cómo lograron apresarlo? Si es que lo hicieron.-Le pregunté a Zuviría.
-Para vencer a una mente se necesita una más poderosa. Esa mente fue su hijo, Lincoln Nathaniel Calmest Zuviría.



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