La
historia de Geoffrey Calmest me fue referida hace algunos años en un bar. Quien
me la contó, el ya muerto Natanael Zuviría, me dijo: “Sé que vas a desgraciar la
veracidad de los hechos con tus alardes de literato de poca monta”. De todos modos,
tal vez más por el alcohol que por el orgullo de contar la historia, comenzó el
relato que ahora trato de reproducir.
Nacido
en una casa del barrio de Maplewood en Rochester, Nueva York, Geoffrey Calmest
llegó a ser conocido (quizás el término sea superlativo) como “el asesino
mesmerista”.
Calmest
nació en 1908, precisamente el 17 de septiembre, un día después de que fuera
fundada la General Motors (el dato sólo cumple la función de contextualizar).
Durante
sus años de escuela fue un estudiante aplicado en el campo de las matemáticas y
llegó a redactar un ensayo en el que aseguraba que se podía sacar generala con
una efectividad del cien por ciento dependiendo de cómo se colocasen los dados
en el cubilete y de ciertos movimientos con la mano. El ensayo, junto al resto
de sus cosas, se ha perdido.
Cuando
cumplió los 19 años. Dos caminos esperaban a Calmest: la universidad o trabajar
en la Cunningham Car Company
junto a su padre. No eligió ninguna de esas rutas sino, más bien, se embarcó en
una empresa más temeraria (hay quienes dicen que la temeridad es una forma de
la estupidez): las apuestas. Sus armas: su intelecto y los dados. (Cuando
Zuviría me contaba esto me pidió que omita cualquier tipo de alusión a los
dados y la divinidad).
Los veintiún puntos negros de un dado son
distintos si se los mira con atención.
Geoffrey Calmest llegó a amasar una
considerable fortuna jugando a los dados. Después de todo los juegos de azar se
tratan de ganar sin dar nada a cambio. Y Calmest no dio nada. Salvo la vez que,
para salvar su vida (Zuviría dijo su culo) tuvo que besar un anillo.
Pero la suerte no es amiga de la repetición y,
para Calmest, de un día para el otro comenzó a volverse turbia. Los cubos
punteados ya no caían a su favor y el dinero se le escapaba de las manos como
pelos de panadero.
Tuvo que abandonar Nueva York. Su destino:
Argentina. (Zuviría me dijo que evitase a toda costa relacionar este hecho con
cierta costumbre narrativa de establecer que los personajes en problemas huyen
a Sudamérica).
Era el año 1937, segundo mandato de Roosevelt.
Calmest se radicó en Buenos Aires y a los 6
meses ya vivía en concubinato con una chica doce años más joven, Ofelia. Al
poco tiempo llegó el unigénito Lincoln N. Calmest.
La situación empujaba a nuestro protagonista a
conseguir trabajo, o alguna otra entrada de dinero. Tanteó los dados en su
bolsillo, pero descartó la idea. ¿Qué podía hacer un hombre sin experiencia
alguna en el ámbito laboral?
Un libro que llegó a sus manos le planteó la
idea que lo llevaría a convertirse en lo que luego fue. Se trata de “La guarida
del Gusano Blanco”, de Bram Stoker. Una novela de terror en cuyas páginas Stoker hablaba del mesmerismo usado para hacer el mal.
El pensamiento de Calmest bien pudo leerse de
esta manera: ”Puedo usar esto para manipular a las personas y robarles el
dinero”.
Pues bien, así sucedió, al principio, una vez
que hubo aprendido los rudimentos del mesmerismo. Pero cierta noche, en que
jugaba con la voluntad de un farmacéutico se preguntó hasta dónde podía llevar
lo que estaba haciendo. Así que, sin pensarlo dos veces, le dijo al pobre
boticario: “mátese”.
“Mátese”. Quince personas fueron las que
escucharon esa última palabra.
Geoffrey Calmest doblegaba las voluntades de
sus víctimas que quedaban a su merced. Los desafortunados entraban en un estado
de enajenación autómata. El asesino los magnetizaba hacia su propio arbitrio.
Luego, daba la orden fatal. Insoslayable.
-¿Cómo lograron apresarlo? Si es que lo
hicieron.-Le pregunté a Zuviría.
-Para vencer a una mente se necesita una más
poderosa. Esa mente fue su hijo, Lincoln Nathaniel Calmest Zuviría.
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