domingo, 12 de febrero de 2017

Estética del suicidio

Charlo en Facebook con un amigo. Es domingo a las cuatro de la tarde y me cuenta que recién está desayunando. “Paja dominguera”, me dice. “Domingo y lluvia; el glamour del suicidio está servido en bandeja”, le digo yo. Mi amigo me dice que podría ser peor  quedarse sin café y sin puchos (usa la palabra “puchos”). Yo, obviamente, me acuerdo de la película de Jarmusch.
Hace poco leía un comentario de Tom Waits sobre esa película que todos sabemos cuál es. Waits decía que para Jarmusch los silencios en las películas son tan importantes como lo que se dice. Tal como en la música.
Escuchar a Tom Waits un domingo es un buen plan.
Volviendo al domingo y al suicidio. Me gusta eso del suicidio con glamour. Cioran se preguntaba: “¿Hay mayor riqueza que el suicidio que cada cual lleva en sí?”. Y así inauguraba la categoría de capital suicida.
En otro libro, creo que de Pierre Naveau, leí que tal vez el suicidio sea el único acto determinante del ser humano.
El 2013, en Nueva York, se dio un taller para escribir cartas de suicidio. Es decir: roban mejor que ustedes, talleristas literarios.
Suena interesante que haya un estilo para escribir una carta de suicidio. ¿Cómo la empezás? ¿Excusando a tus allegados de todo tipo de culpas? ¿En qué tipo de suicida te convierte eso? ¿Valen, acá, las categorías de Durkheim? He llegado a pensar en un suicida que, ya asqueado de todo, decide hacer una última broma y se mata; el suicida irónico.
Sería muy interesante que alguien lea esto y piense: “Oh. Voy a filmar una película sobre un punto de 26 años que se suicida. Blanco y negro. Tom Waits”. Por favor, no se les ocurra tamaña crasitud. “Tamaña crasitud”, me gusta cómo suena.

Hay una estética del suicidio a la que no todos pueden acceder.

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