Charlo en Facebook con un
amigo. Es domingo a las cuatro de la tarde y me cuenta que recién está
desayunando. “Paja dominguera”, me dice. “Domingo y lluvia; el glamour del
suicidio está servido en bandeja”, le digo yo. Mi amigo me dice que podría ser
peor quedarse sin café y sin puchos (usa
la palabra “puchos”). Yo, obviamente, me acuerdo de la película de Jarmusch.
Hace poco leía un comentario
de Tom Waits sobre esa película que todos sabemos cuál es. Waits decía que para
Jarmusch los silencios en las películas son tan importantes como lo que se
dice. Tal como en la música.
Escuchar a Tom Waits un
domingo es un buen plan.
Volviendo al domingo y al
suicidio. Me gusta eso del suicidio con glamour. Cioran se preguntaba: “¿Hay
mayor riqueza que el suicidio que cada cual lleva en sí?”. Y así inauguraba la
categoría de capital suicida.
En otro libro, creo que de
Pierre Naveau, leí que tal vez el suicidio sea el único acto determinante del
ser humano.
El 2013, en Nueva York, se
dio un taller para escribir cartas de suicidio. Es decir: roban mejor que
ustedes, talleristas literarios.
Suena interesante que haya
un estilo para escribir una carta de suicidio. ¿Cómo la empezás? ¿Excusando a
tus allegados de todo tipo de culpas? ¿En qué tipo de suicida te convierte eso?
¿Valen, acá, las categorías de Durkheim? He llegado a pensar en un suicida que,
ya asqueado de todo, decide hacer una última broma y se mata; el suicida irónico.
Sería muy interesante que
alguien lea esto y piense: “Oh. Voy a filmar una película sobre un punto de 26
años que se suicida. Blanco y negro. Tom Waits”. Por favor, no se les ocurra
tamaña crasitud. “Tamaña crasitud”, me gusta cómo suena.
Hay una estética del
suicidio a la que no todos pueden acceder.
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