En el frente de casa hay pasto. Solemos
tirar orgánicos. Creció una flor de girasol.
Qué deceptivo el caramelo que no se
deja pelar. Te quedan los dedos impregnados de pringoso pegote.
Restos de papel quedan adheridos, como
esquirlas, al caramelo. Tornándolo rechazable.
Y uno, que ya había preparado el ánimo
psicofísico para comer ese dulce de sabor sintético, se tiene que
tragar la saliva. Los dedos sucios de frustración.
Ese caramelo quedará tirado en la
tierra y, con suerte, será alimento de hormigas.
Lo que quiero decir: hay que mejorar el
packaging de los caramelos.
Si no, es como esas personas que,
cuando les querés sacar el envoltorio para ver cómo son por dentro,
te terminan pegoteando. (Otro día elaboro mejor esta analogía).
No quiero pensar en la cantida de
asesinatos que han tenido lugar en calles oscuras cuando un cusifai
ha intentado pelar un caramelo de limón.
Un hombre camina por una calle
adoquinada, solo la Luna ilumina sus pasos. Saca un caramelo del
bolsillo izquierdo de su gabán, se detiene para abrirlo; el
envoltorio, inmutable en su esencia.
El hombre escucha pasos en la
oscuridad. El terror se luce.
A los quince minutos un policía de la
Scotland Yard tropieza con un cuerpo inerte. A pocos centímetros,
como único testigo del macabro suceso, un caramelo a medio abrir.
Bueno, pensemos en un caramelo
victoriano.
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