viernes, 8 de septiembre de 2017

Manuscrito 27

En el frente de casa hay pasto. Solemos tirar orgánicos. Creció una flor de girasol.
Qué deceptivo el caramelo que no se deja pelar. Te quedan los dedos impregnados de pringoso pegote.
Restos de papel quedan adheridos, como esquirlas, al caramelo. Tornándolo rechazable.
Y uno, que ya había preparado el ánimo psicofísico para comer ese dulce de sabor sintético, se tiene que tragar la saliva. Los dedos sucios de frustración.
Ese caramelo quedará tirado en la tierra y, con suerte, será alimento de hormigas.
Lo que quiero decir: hay que mejorar el packaging de los caramelos.
Si no, es como esas personas que, cuando les querés sacar el envoltorio para ver cómo son por dentro, te terminan pegoteando. (Otro día elaboro mejor esta analogía).
No quiero pensar en la cantida de asesinatos que han tenido lugar en calles oscuras cuando un cusifai ha intentado pelar un caramelo de limón.
Un hombre camina por una calle adoquinada, solo la Luna ilumina sus pasos. Saca un caramelo del bolsillo izquierdo de su gabán, se detiene para abrirlo; el envoltorio, inmutable en su esencia.
El hombre escucha pasos en la oscuridad. El terror se luce.
A los quince minutos un policía de la Scotland Yard tropieza con un cuerpo inerte. A pocos centímetros, como único testigo del macabro suceso, un caramelo a medio abrir.

Bueno, pensemos en un caramelo victoriano.

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