Uno de los propósitos de mi vida es ir
a una sesión de psicólogo y decirle: “Soñé que mi madre cogía
con un dogo”.
Nunca podré estar de acuerdo con el
elogio a las cosas simples. Sobre todo cuando tal elogio proviene de
personas que en su fuero interno desdeñan de esas cosas simples.
Te pica el talón cuando tenés medias
y zapatillas y pensás que podés escribir un ensayo sobre el
existencialismo del cuerpo. El escosor es la enfermedad mortal que,
sin embargo, no mata.
Cuando tomás consciencia (el momento
es imperceptible) de que te pica el talón ya no podés pensar en
otra cosa. Tu vida pasa a estar supeditada a ese prurito.
Ese malestar ya no es parte de tu vida,
es tu vida.
Todo queda teñido por eso que te
recuerda que sos vulnerable, que tenés defectos.
La puta que lo parió, cómo me pica el
talón.
Acabo de ver un folleto con la
publicidad de “Fiesta del Chofer Gaucho”. Existe una... Mutual
del Jinete. ¿Venderán indulgencias en ese evento?
Se está yendo la picazón. No me había
olvidado. Solo traté de pensar en otras cosas por un momento. Pero,
aunque nos evadamos por un momento, siempre recordamos que somos
mortales. Cuando comprendemos que somos finitos comienza la cuenta
regresiva y tenemos que aprender a morir. Empieza la agonía.
Ya lo dijo San Agustín: somos seres
murientes.
El talón me va a dejar de picar pero
yo sé que, cuando menos lo espere, me va a volver a picar. Puedo
estar durmiendo, comiendo, leyendo a Lawrence Durrell, garchando...
no importa. Me va a sorprender. Como la muerte.
Sí, estoy exagerando.
Acabo de leer en “Justine”, de
Durrell, la expresión “aspecto espectral”. Me sonó cacofónica.
Acabo de ver a una mina manejando con
un pebete en la boca. Queremos hacer todo. Manejar y hablar por
teléfono. Manejar y comer. Cagar y ver si el Merval metió una
corrección.
Dentro de esas cosas simples de las que
hablaba hoy está la pizza fría en el desayuno. Prefiero fumar paco.
(Me voy a ganar enemigos por esto, lo sé. Nunca callé la verdad).
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