miércoles, 9 de mayo de 2018

El mar, el mar...


Esa noche se quedó un poco más mirando el mar. Atrás, a sesenta metros, Diana terminaba de preparar la cena.
Contemplaba el mar que tantas veces había visto desde que se mudaron a esa casa hacía ya seis años.
El persistente avanzar de las olas que se iban debilitando hasta llegar como un fantasma de lo que fueron y acariciar la punta de sus pies y la vehemencia silenciosa pero arrebatada con que el agua golpeaba las rocas, lo mantenían allí, presa de un embelesamiento impávido.
Respiró el fragor salobre de ese mar que era una batalla silenciosa.
Cerró los ojos y dejó que la noche lo envolviese a su antojo, para que el azar lo llevase a cualquier recuerdo; se abandonó a sus sentidos...
Abrió los ojos y ahí estaba el mar pero él tenía ahora siete años y miraba, y miraba.
Había algo en el agua, era la inmensidad que lo aturdía, le infundía un miedo terrible que lo inmovilizaba.
"¡Carl!" Escuchó su nombre, lejos... "¡Carl!" Y el sonido de su nombre ahora le daba una puntada en la nuca.
De pronto, todo fue oscuridad y confusión. En su cabeza, todos los sonidos se saturaban y el resultado era un torbellino en un tanque de cemento.
Cuando volvió la claridad se vio con siete años ante un recuerdo que había estado oculto tanto tiempo...
"¡Carl!" Su hermana lo llamaba. Pedía su ayuda mientras el mar se la llevaba para siempre y él permanecía inmóvil, sin entender absolutamente nada.
"¡Carl!" Lo llamaba Diana para decirle que la cena estaba lista.
Ahora tenía 63 años otra vez y frente a él estaba el mar.
Frente a ese mar que, por más que hubo arrollado y arremetido contra el tiempo, seguía siendo el mismo que se llevó a Clarice.
La cena estaba lista.
“¡Ya voy!”
Carl quería quedarse un rato más contemplando el oleaje y pesquisar, quizá en el horizonte, si había algún recuerdo con Clarice que no fuera el de ella yéndose para siempre. El de ella gritando su nombre.
A su alrededor nada más existía. Ni Diana, ni los pájaros, ni el Mustang que acababa de estacionar en la punta del peñasco.
El horizonte comenzaba a cerrar sus párpados formando una línea anaranjada entre el cielo y el mar, y ya las primeras estrellas comenzaban a brillar; Clarice siempre se estaba yendo.
La voz de Diana lo extrajo de su abstracción y ahora percibía todo. Diana, los pájaros finales, el Mustang.
¿Cuándo había llegado ese auto ahí?
Carl caminó hasta su casa y lo vio, a la izquierda, negro. Dos jóvenes...
Truman quería que Linda mirara el cielo y eligiera una estrella y Linda sabía la estupidez que venía a continuación y no tenía ganas de seguirle el juego así que dosificó la negativa en un ceño fruncido seguido de una risa.
Entonces Truman desistió. Y a él también le parecía una estupidez pero quería ser tierno con ella y a veces la ternura es algo tonto como elegir una estrella de mierda.
Allí abajo, las olas encrespadas. Allí abajo, un viejo mirando al mar.
Pero Linda quería ir al pueblo porque había un baile en los bolos.
Pero Truman quería quedarse con ella, los dos solos en ese peñasco.
Ella empezó a no pasarla bien.
Llegó la discusión.
Llegó la pelea.
Nunca llegó el acuerdo.
Ella se fue caminando.
Él no la siguió.
Ella llegó al baile.
Él se fue a su casa.
No se vieron nunca más.
Él no supo que tuvo una oportunidad de ser tierno con Linda.
Ponerle nombres a las estrellas es estúpido.
Porque se están muriendo y son sordas.

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