Colgué la linterna con un nudo en el agarre de tela de la carpa y esperé a que las elipses que dibujaba la luz se atenuaran para poder escribir el registro de lo acontecido en el día.
El único momento que tenía para hacerlo era durante la noche, mientras Villalobos hacía guardia, hasta que me tocaba reemplazarlo.
Yo había empezado a escribir aquel diario de tapas de cuero desde el primer día en que llegamos a esa selva.
La aldea, a poco más de un kilómetro de distancia, era la razón por la que debíamos cuidar nuestras posesiones.
Para justificarme he de decir que fue Villalobos el que me insufló ese prejuicio.
La linterna incierta dejó de moverse y yo, presto a escribir con mi lapicera negra, abrí el diario en una página en blanco.
Me fijé en la fecha anterior para recordar la de ese momento; cuando uno olvida lo mundanal y los hechos que puntualizan el presente, los días se tornan iguales. Ayer es mañana.
"26 de octubre de 1984.
La clasificación y taxonomía de las distintas especies arbóreas llevará más tiempo de lo estipulado. Por otra parte, ¿por qué lloró Villalobos hoy por la tarde? No somos amigos íntimos pero si vamos a convivir en esta jungla remota al menos podríamos conocernos un poco más. Todo lo que sé de él es que se llama Villalobos, (él prefiere que nos llamemos por nuestros apellidos) que es de Panamá y que puede trepar el árbol más caótico como si nada. Pero no sé nada más de él."
Transcribo solo esa parte para no aburrir.
La selva entraña sonidos caprichosos en su peculiaridad; para el oyente "civilizado" cualquier ruido es motivo de alerta, motivo para columbrar en silencio... En la noche.
Lo extraño es que esos ruidos lo acompañan a uno: yo me traje, sin saberlo, varios a mi casa.
Bien. Yo estaba en la carpa terminando de escribir el registro de ese día cuando escuché un ruido extraño.
Le pregunté a Villalobos qué había ocurrido pero no obtuve respuesta. No la que yo quería.
El silencio de tumba, henchido de oscuridad; la duda. Salí de la carpa y Villalobos no estaba.
Supuse que había ido a la privacidad de la selva para emancipar sus desechos y que no tardaría en volver así que me quedé ahí afuera y encendí un cigarrillo.
Un cigarrillo es una medida de tiempo.
Razoné, si es que uno puede razonar cuando se encuentra oscuro en una selva solitaria, que algo le había pasado a mi compañero y lo tenía que buscar. Sin saber por dónde empezar.
Aventuré un grito en el que su apellido se perdió en la anfractuosa tiniebla. Y la respuesta, siempre, fue el silencio.
Saqué la linterna de la carpa y empecé a caminar.
Es ridículo, pero le tenía miedo a cosas intangibles como la impotencia de saberme ceñido de oscuridad y no temía, por ejemplo, que una manada de lobos me despedazara.
Volví a llamar a Villalobos. Y otra vez.
La ausencia de aquel hombre se condensaba en el aire y me sofocaba. ¿Dónde estaba?
Seguí caminando,tal vez quince minutos, y vi a Villalobos.
Estaba desnudo, arrodillado frente a un árbol. No advirtió mi presencia, ni mi voz.
Lo sacudí por el hombro para que volviera en sí. Me miró con naturalidad.
-¿Qué hacías?- Me preguntó como si nada.
-No. ¿Qué hacías vos? Te estaba buscando.
-Vine a aliviarme y me dieron curiosidad estás hojas... Tienen un olor dulce. Las probé. Tomá. Masticá una.
-No hay tiempo para eso.
-Una sola.
No sé cómo lo hizo pero me convenció.
Y no comí una sino varias.
Y de pronto, la locura. El frenesí.
Me desnudé. Sentí la necesidad.
Hay algo erótico en el revelado de fotos.
La oscuridad.
Con Villalobos descubrimos el erotismo de nuestros cuerpos. Fuimos lobos hambrientos de sexo.
Y ahí supe su nombre: Julio.
Julio me había dado acceso a su intimidad.
Que me haya dejado saber su nombre significaba que exponía ante mí su identidad, de desnudaba ante mí.
Eros destructor, Eros creador nos ligaba.
Que me haya dejado saber su nombre significaba que exponía ante mí su identidad, de desnudaba ante mí.
Eros destructor, Eros creador nos ligaba.
La oscuridad de la selva fue cuna y sepulcro de aquella ¿locura?
El día siguiente nos encontró trabajando en silencio.
El siguiente me encontró a mí, de regreso a casa.
Con mi esposa, mis hijos.
Pasaron los años...
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