martes, 8 de mayo de 2018

Quemar


Escucho Led Zeppelin...
Una noche habíamos salido con un par de monos y nos metimos en una escuela que estaba en construcción; en una de las aulas había quedado escrito el pizarrón: clase de Geografía: Tigris y Éufrates. MAGGIE.
Yo me metí en uno de los baños y me alivié.
Después salimos de la escuela y prendimos fuego un contenedor de basura porque en esa época se estilaba eso.
Como sea.
Hay algo bello en el fuego. Me gusta ver arder casas, autos, personas... recuerdos.
Me gustaría ir a un Starbucks y decir que me llamo Adolfo Puto.
Me gustaría hacer un número de títeres en un cumpleaños infantil y que uno de los títeres sea “Arturo el gruñón” y que diga: “La vida es solo la muerte aplazada.” Ojalá todos los niños se larguen a llorar en esa parte.
Yo creo que está bien hacerles entender a los niños desde su más tierna infancia que se van a morir. Si yo tuviera un sobrino le diría: “Mirá, Mati (suponiendo que se llame Matías porque, de lo contrario, lo llamaría de otra forma) vos ahora te estás divirtiendo con los jueguitos y todo eso. Muy lindo. Pero la muerte acecha a cada paso, ¿sabés? Podés salir a la calle y te pueden meter un tiro, te podés morir de cáncer... la muerte nunca te abandona. Jaja, sí, como Rexona. Andá a comprarme puchos.”
El otro día fui a pedir el acta de defunción de mi abuela que entregó el cuerpo en 2010... El acta no estaba cargada en el sistema entonces pensé que mi abuela había fingido su muerte para escapar de algo... ¿Y qué podía ser?
Por supuesto: mi abuela ejercía la práctica ilegal de la cura de empacho, mal de ojo, y nervios recalcados. Seguro tuvo problemas y tuvo que fingir su muerte para fugarse a Panamá donde tiene una clínica clandestina en Costa del Este detrás de una rotisería.
Hasta los ocho años creí en esas curaciones de mi abuela. Después seguí dejando que lo hiciera pero para darle el gusto.
Pero qué lindo que es quemar cosas. Me dieron ganas de salir a la calle...
Me molesta mucho ir a mear y que se me ponga a hablar un tipo al lado.
No soy bueno para mear y hablar. O para fingir interés en una conversación tan perecedera como el meo que estoy emitiendo.
No me gusta dejar propina en los baños de las terminales.
Me comí dos tortas fritas porque soy mejor que ustedes.
No me interesa ser el déjà vu de lo que ya fui. Pero nunca dejé de ser nada. Soy la suma constante. El resultado: falta.


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