domingo, 14 de mayo de 2023

Bebé

PARTE PRIMERA
De donde conoceremos pinceladas de un surgimiento: “Porque tu mente es libre y real”[1].
Las eventualidades que nos llevaron a mi benemérita esposa y a mí, fiel vasallo del ocio, a volvernos responsables de una pequeña vida humana son, acaso, de lo más extraños pero no por eso ridículos. Este no es una de esos farragosos relatos llenos de esa hortera acumulación de imágenes de golpe bajo. Corre de la siguiente manera:
Voy a llamar a esta parte “Un niño indolente pero con cierta imaginación”.
Situemos la historia en un punto que será crucial para entender algunas escenas que vendrán luego y ese punto es la infancia de un chiquilín, un purrete, que está jugando en el patio de su casa. Mientras ustedes imaginan a este niño yo les voy a recomendar que acompañen lo que sigue con la obra de Claude Debussy, “El rincón de los niños”. Una vez que hayan puesto esa obra, sigamos con los pormenores de este párvulo.
Tenemos, entonces, al niño tan inocente, jugando en el patio de su casa. ¿A qué juega? Solo él puede saberlo, pero lo vemos adentro de una caja en la que cabe perfectamente una persona de su tamaño. (Días atrás, lo cuento de pasada, sus padres han comprado una cocina). Y el pequeño puede hacer de esa caja las veces de nave intergaláctica, de castillo o de…¿Qué otra cosa podrá estar imaginando nuestro amigo? Solo él puede saberlo.
Lo que sabemos nosotros, o lo que podemos deducir al verlo jugar, es que no necesita nada más. Esa caja es su lujo y su tesoro. Bien podemos inferir conclusiones del tipo: “Pobre niño, sus padres no tienen dinero para comprarle juguetes de verdad”. Pero recuerden ustedes que esta parte de la historia se llama: “Un niño indolente pero con cierta imaginación”.
El niño juega solo en su patio que es su mundo, su campo de maniobras. Entra en la caja, grita cosas, sale de la caja, toma algo que encuentra en el patio, un palo, algo que esté a su alcance y que, según su propio criterio, será decisivo tener para completar la empresa que está llevando adelante.
Lo podemos ver, también, tomando agua en un vasito rojo que llena poniendo debajo de la canilla que está en el patio y esto le permite no abandonar su territorio.
Él sabe que, si cruza la puerta que lo separa del interior de la casa, se va a terminar todo.
Lo podemos ver jugando y, a lo lejos escuchamos una voz femenina: “¡A comer se ha dicho!” Y esa interrupción nos causa un poco de encono. ¿Verdad que sí?
Nuestro niño hace oídos sordos a los llamados maternales y ahora, con unos crayones, pintarrajea la caja. Le hace una ventana, un rayo y otras cosas que nos cuesta entender porque no nos da.
“¡A comer dije!” escucha el niño y ahora sí, prometiendo volver luego, deja las cosas como están, entra a la casa, y se sienta para comer. Seguramente tiene lugar un diálogo más o menos así:
-¿No te vas a lavar las manos?
-Las tengo limpias.
-No. ¿Qué limpias? Si estuviste revolcándote en el patio. Lavate las manos hasta los codos.
-Bueno. Ya voy.
El niño se levanta y va hasta el baño mientras suenan los momentos finales de la obra de Debussy.
Ahora el niño está comiendo milanesa con puré. Su madre le ha trozado la carne porque las manitos del chico aún no están preparadas para el cuchillo.
¿Qué podemos decir de este primer cuadro? Bueno, a priori podemos decir que hemos conocido a un niño con mucha imaginación. Muchos niños tienen mucha imaginación así que no hay nada de particular en él. Eso es cierto. Pero esta historia no es sobre un niño particular. Ni siquiera es sobre este niño que, como ustedes han de saber, soy yo.
La segunda escena de este relato tiene una relación de simultaneidad con la primera pero ahora veremos otra escena, en otro patio, similar al primero, en el que veremos a una niña. Atentos, la niña es más grácil y elegante que el niño. Escuchemos a Erik Satie, ¿les parece?
Llamemos a esta parte: “Escena bucólica de una tarde feliz”.
Esta niña tiene un fondo con árboles para jugar. Este fondo es su bosque encantado. Aquí, ella puede imaginar castillos, corceles y fosos. También puede mirar a las abejitas y a los colibríes. Hay uno que le llama la atención porque está tomando agua del plato de una maceta. Tal vez, para ilustrar mejor este momento, sean adecuadas estas palabras que voy a citar: “¡Tú, hijo de esa alegría, grita a mi alrededor, quiero oírte gritar, oh, pastor feliz!”. Estas palabras pertenecen al poema “Ahora, mientras los pájaros cantan” de William Wordsworth. ¿Vieron qué bien acompañan la escena? Oh, sí.
Nuestra niña juega y juega. Ella no tiene problemas. Lejos de estar atribulada por todo lo que vendrá… “¡A comer!” (Las madres siempre dicen lo mismo).
La pequeña, sin que medien más palabras, se va a lavar las manos. (De ella podría aprender el niño de la caja).
Ella comerá un plato de fideos con salsa y mucho queso rallado.
¿Qué podemos decir ahora?
Podemos decir que hemos conocido a dos niños que luego serán adultos. El niño soy yo y la niña es, como habrán supuesto, mi loable esposa. Todavía no nos conocemos, debemos tener paciencia.
“Una incomprensión natural de la vida” podría llamarse esta parte en la que los niños han crecido un poco y van a su primer día de jardín.
“Don’t you ever ask them, “Why?” If they told you, you would cry…”.
El primer día de jardín para aquel niño fue toda una aventura: por primera vez iba a compartir juegos con otros niños y no le fue nada mal porque, por una especie de élan vital, se adaptó rápidamente a su nuevo ecosistema y se hizo amigo de otro niño que, con los años, recibió el diagnóstico de esquizofrenia pero esa es una historia para otro día…
El primer día de jardín para la niña fue algo más atropellado porque la señorita maestra, una joven practicante, había llevado una cinta de audio con canciones de María Elena Walsh o eso era lo que creía porque, en realidad, había llevado un casete con fragmentos de Wagner, recopilados vaya uno a saber con qué criterio, y los niños se asustaron cuando Gurnemanz comenzó a gritar “O wunden-wundervoller heiliger Speer!”
Estas dos situaciones tuvieron lugar con una pared de por medio.
“¡Recreo! La libertad es el hecho más claro cuando uno es niño” se va a llamar esta breve escena en la que los niños se verán por primera vez pero fugazmente porque cada cual está en sus juegos.
Ahora podemos imaginar un patio más grande, el de la escuela. Podemos ver un enjambre de niños que, el día de mañana, serán grandes doctores, científicos… (Suspiremos juntos con resignación) O abogados. Ay.
Y los niños juegan y juegan. Y nuestros dos amigos van a cruzar sus miradas justo… ¡ahora!
Fue un destello. Fue casi imperceptible pero ha sucedido. Hubo una fracción de segundo en que la entropía universal sintió un escalofrío y sonó el timbre que anunciaba el fin del recreo.
“Mi risa es tu risa”.
Así se va a llamar esta parte del relato que es cuando, dos años después, en el primer grado, nuestros protagonistas principales irán al mismo curso y sucederá el segundo encuentro de miradas pero esta vez será más fuerte. Miren:
Coro de niños con voz angelical que, cuando cumplan 18 años, se afiliarán a Franja Morada, lo componen seis niñas: Martita, Laurita (todas terminan en “ita) y cuatro niños que terminan todos en “ito”. Los niños elevan sus vocecitas al cielo o las vigas del salón de Música y entonan:
“Los niños se van a hablar por vez primera” (Acá viene todo una floritura vocal, unos melismas que darían orgullo al mismísimo Händel.
El coro de niños se retira y vemos una escena curricular: la maestra escribe palabras con la conjunción silábica “ma”.
Los niños repiten: “mamá”, “mi mamá me mima”, “mi mamá me ama”.
Entonces se escucha la voz de nuestro niño que grita: “¡Mi mamá me la mamá!” Y sus compañeritos estallan en una carcajada estruendosa que se ve abruptamente interrumpida por la serenidad de la dulce maestra.
-No digas esas cosas.
-Está bien.
-No. No está bien, está mal.
La clase continúa: “María mira macetas”. Todos repiten.
“¡María me la mama!” Carcajadas. (Incluso la niña se ríe un poco aunque reprime su risita).
Nuevamente la serenidad docente.
-Te voy a pedir que te cambies de lugar y te sientes al lado de ella. (Señala a la niña).
El niño toma sus útiles escolares y camina.
Vuelve el coro de niños. Martita…Esos.
“Los niños se van a hablar por vez primera”.
Acá siguen los ornamentos vocales porque el coro está compuesto por unos niños muy, pero muy narcisistas que son todos rubios y malcriados y, con el coro de fondo:
-Hola. Me tengo que sentar con vos.
-Sí, lo sé. Escuchamos todos.
Y así se produjo el primer intercambio verbal entre nuestros protagonistas.
Ahora vamos a ver otra escena que tiene mucho que ver con lo que sucederá en el futuro. Estamos en la escuela pero digamos que cuatro años después y estamos en la clase de Plástica. A esta escena la vamos a llamar “Ella tiene talento pero él…”.
La maestra de Educación Plástica había pedido, la clase de la semana anterior, que los aprendices trajeran los siguientes elementos de una lista que acá transcribimos:
1 (una) bola de telgopor de 78 mm o aprox.
30 cm de lana color azul
30 cm de lana color rojo
30 cm de lana color verde
2 (dos) botones
(¿Qué carajos…)
1 (un palillo) de brochetas
Lentejuelas
(¿Qué…)
Y a que no adivinan qué niño se olvidó de llevar los materiales porque ni siquiera se acordó de decirle a la madre: “Necesito esto”. Y la madre hubiera ido a comprarle, ¿eh?
De más está decir que la maestra mandó un comunicado a los padres del niño. La transcripción, a renglón seguido:
Señores Padres:
      Me comunico con ustedes para hacerles saber que su hijo no ha cumplido con la tarea pautada para la clase de hoy ya que no trajo los materiales pedidos en la clase anterior.
Tengan a bien hablar con él para que no incurra en estas faltas de responsabilidades.
Atentamente…
Al niño lo retaron y estuvo toda la tarde sin poder salir a la calle pero, por otro lado, la niña…
Ella hizo una figura muy linda con los materiales porque, además de responsable, es muy talentosa. Estamos conociendo a una verdadera artista. Realizó una especie de ser antropomórfico que podría ser de otro planeta. Si cobrase vida nos diría: “Hola. Van a morir todos” pero no lo diría en ningún idioma humano sino que emplearía una secuencia de sonidos indescifrables, tal vez parecidos a los cantos de una ballena jorobada o al de ciertas personas cuando están bajo los efectos del cucumelo.
Aprobado con felicitaciones, por cierto.
La siguiente escena en este recorrido se podría llamar… “Che, ya sos un pelotudo grande” y acá solamente voy a decir que imaginen a un pelotudo de 13 a 17 años. No hay mucho que agregar. Bah, algo de gracia le da a la chica pero no lo quiere admitir.
Y no, imaginen ustedes admitir que una persona que cuenta chistes y hace ruidos de flatulencias con la boca les causa gracia y después tienen que ir a ser partes honorables de una sociedad que les demanda aplomo. O que les demanda plomo, también. Las dos cosas.
Pero es innegable que la chica se ríe un poco. Ustedes y yo lo sabemos Sobre todo yo porque ese pelotudo era yo.
 
PARTE SEGUNDA
De donde nos venimos a los días presentes.
-¿A dónde salimos? Los lugares lindos ya no existen.
-Se fue todo a la verga. Vayamos donde siempre.
Repitan ese diálogo unas veinte veces si quieren porque no está muy lejos de la realidad cuando uno vive en un pueblito pete como este. En fin.
Ahora podemos hacer esto: vamos a suponer que es de noche y escuchamos un perro que ladra a lo lejos, alguna sirena de una lancha de la Provincial que anda por algún barrio cercano porque, seguro, volvieron a espiantar el bingo que pusieron hace poco (en el lugar menos conveniente posible, por lo que se ve) y ahora la yuta anda buscando a una banda de ladris que, hace dos meses, hicieron un laburo grande en la casa de una vieja concheta, platuda, de doble apellido, que le sacaron mucha, pero mucha guita (no se sabe cuánto con exactitud) y algunas joyas y lo hicieron todo en dos horas porque parece que la tenían trabajada a la señora y, dicen, que un nieto o sobrino la entregó para quedarse con una astilla del botín porque el loco estaba medio complicado con el dealer pero esto no se sabe a ciencia cierta y parece que es una macana que anduvo boqueando una de las viejas chusmas que nunca faltan pero lo que es cierto es que a la pobre vieja nadie le va a quitar el julepe, qué digo julepe, el trauma que le quedó y encima es una vieja de lo más buena que estará forrada en guita pero eso no significa que haya perdido el don de gente si hasta les pone agua a los perritos que andan en la calle y ustedes vieran que los perritos, más buenos imposible esos animales, van y toman el agua y se quedan un rato ahí, en la vereda de la señora y toman el solcito y la señora los saluda con todo el amor así que no había derecho de hacerle eso a la señora ni a ninguna señora, claro está, y estos son los mismos, cree la cana, que asaltaron el bingo esta noche.
Bueno. Es de noche, ladran perros. Sirena de la cana.
-¿Salimos a caminar un rato?
-Dale. ¿Vos no vas a tener frío?
-No. Yo estoy bien así.
-Bien. Dale. Vamos.
¿Notaron que tranquilamente lo anterior podría ser una película de Pablo Trapero? Sigamos.
-Che. Aguantame un cacho que me compro un pucho suelto acá.
-¿No trajiste uno armado?
-No. Tengo que comprar tabaco en otro momento.
-Ah. Bueno. Dale.
Ahora ya voy a hablar en primeras y tercera personas porque es obvio que hablo de mi laudable esposa y yo y porque me voy a volver loco si sigo con estas disociaciones de la personalidad y voy a terminar como esos delirantes que alquilan depósitos por mes para instalarse a resolver un enigma y ponen fotos y recortes de diario en una plancha de telgopor (segunda vez que aparece la palabra en este relato) y unen puntos con chinches e hilo de lana roja (otra vez) y dejan de hablar con sus familiares y amigos y los familiares y amigos empiezan a preocuparse y un día, la mejor amiga del delirante le dice: “Extraño al Ignacio de antes”, porque el tipo se llama Ignacio. Y la chica se larga a llorar, cubre su rostro con las manos, pero Ignacio está totalmente desconectado de todo. Ahora es una cáscara vacía porque está totalmente absorbido por su obsesión y sus familiares y amigos, incluida la chica, deciden que lo mejor es internarlo y lo llevan a una clínica de salud mental.
Bueno, por eso ahora voy a seguir hablando de “nosotros”, “yo” y “ella”.
Mi esposa me esperó mientras yo compraba el pucho en el kiosco. Yo salí y me lo prendí. Retomamos la caminata.
-¿Todavía tenés el coso que hiciste en Plástica cuando íbamos a la escuela?
-¿Qué? No. Eso voló a la mierda hace rato. ¿Por qué te acordaste?
-Me acordé. Yo me acuerdo de esas cosas. Es lo que tengo.
-A veces me dan ganas de buscar cosas en la calle y hacer algo artístico.
-Arte con la basura.
-Sí. Algo así. Pero es una idea nomás.
-¿Y si buscamos algo por ahí? La gente tira cualquier cosa. Al lado de los contenedoras dejan televisores, sillas…
-Sí. La gente tira todo.
-Todo está programado para ser tirado. Nada dura. No como antes que te hacían las cosas bien resistentes.
-Todo es producir en masa y hacer guita.
-Sí. La cadena de montaje.
-La cadena de montaje.
-Ver tantas cosas desechadas me hace creer en algo.
-¿En qué?-Dijo mi esposa y agregó- ¿El milagro del Universo?
-No. En que esas cosas merecen que alguien les dé una utilidad. Y sos vos.
-Perfecto.
Habíamos estado, antes de salir a caminar, tomando un tinto delicioso al que acompañamos con unas aceitunas que nos habían transportado a un promontorio en el Mediterráneo y a mí me pareció escuchar unos lejanos aires choqueros, castañuelas, una guitarra… y quién sabe qué cosas más hubiéramos percibido de haber tomado más vino. A lo mejor, hubiésemos visto la realidad deformada en pequeños rombos verdes y violáceos como si el mundo fuese un gran alcaucil y cada rombo fuese un aspecto significativo e indisoluble de la vida que se va imbricando con otro y aquel con otro más hasta formar un toroide pero, si bien estábamos algo bebidos, tampoco para tanto. Quiero decir que por algo habíamos salido a caminar y ahí estábamos los dos con la intención de juntar algo de la calle para convertirlo en arte porque, en ese momento, habremos cometido el error (el acierto) de creernos necesarios y no juzgamos con ninguna prudencia lo que estábamos por hacer porque estábamos alegres y la divinidad favorece a la alegría y no teníamos miedo y estábamos embebidos en una soberbia que nos empezaba a enviciar al punto de que nos sentíamos capaces de embellecer lo que fuera que tomásemos entre nuestras manos y, como dije, habíamos tomado vino. De lo contrario, creo que no nos hubiésemos puesto a hablar de estas cosas y no hubiésemos caminado hasta un contenedor que decía PLÁSTICOS y no hubiera pasado lo que voy a contar ahora.
-¿Vas a hacer una escultura de plástico?
-Quiero hacer algo al estilo Anna Uddenberg.
-Sos ambiciosa.
-Ya que estoy…
-Che. ¿Escuchaste eso?
-Sí. ¿Un gato? ¿De dónde viene?
-Es por acá, cerca del contenedor…
-¡Che! ¡Acá hay un bebé!
-¿UN BEBÉ?
Y así fue el encuentro con Bebé porque no le pusimos nombre.
PARTE TERCERA
No es moco de pavo esto…
El pequeño, frágil, famélico, estaba en una caja. Ni siquiera estaba en un cesto de mimbre y eso hubiese sido algo… bíblico. Estaba en una caja pero esa caja no era una nave intergaláctica, era cuna y era tumba de las tristezas sin lirismo de un ser abandonado a su suerte que estaba llorando lastimosamente porque ya no tenía fuerzas y en su llanto estaba agonizando el alma de un zorzal que no iba a morir de amor porque nunca lo iba a conocer.
-Tenemos que llevarlo a casa, limpiarlo y llamar a la Sexta que es la comisaría más cercana para que nos asesoren.
-Bueno. ¿Lo podés llevar vos? Vos tenés manos más delicadas. Después de todo, vos sos la artista.
-Pero yo sé moldear plástico, esto tiene huesitos, tejido… Caca.
-Uh…Encima está cagado. Che… De última no nos ve nadie, nos podemos hacer los giles.
-¿Qué? No. ¿Qué estás diciendo? ¿Era en joda?
-No te puedo creer que tenga que aclarar eso.
-Con vos nunca se sabe.
-Mirá, vamos a llevarlo a casa. Lo limpiamos, la ropita esa que tiene la ponemos a lavar. Mientras vos lo limpiás y le ponés alguna otra cosa para abrigarlo, yo voy a ir a la farmacia a comprar pañales, talco…
-¿Qué le puedo poner si no tenemos ropa de bebé en casa?
-No sé… Agarrá alguna funda y lo embolsás.
-No sé. Ya veré. Bueno. Yo lo alzo.
-Sí.
Mi esposa llevó al bebé a nuestra casa y lo aseó. Yo no pude ser testigo de aquello pero estoy seguro de que lo hizo con mucha ternura; lo envolvió con una funda que tenía lirios bordados. El niño lloraba de hambre pero yo ya estaba por llegar con pañales, leche, una mamadera. Ese niño no se iba a morir. Ese niño era promesa y abundancia como un campo de lirios pero también era llanto y gritos y no le podíamos decir nada porque los bebés tienen eso: no te dan bola. Son como los muertos que vos los vas a visitar al cementerio para decirles: “Me recibí de podóloga” y no te dicen: “¡Te felicito, Luli” pero los muertos, por lo menos, no reclaman tu atención. En ese sentido son más ubicados y este pendejo no es que nos estaba agradeciendo nada pero bueno.
Nos atendió una oficial que ahora no recuerdo el apellido, muy amable, muy educada, porque hay que reconocer las buenas cosas también, y nos dijo que llamásemos al 102 (cómo no se nos ocurrió antes) y entonces llamamos al 102.
Llamé yo mientras mi esposa trataba de calmar al bebé; la leche tenía que bajar a los treinta y dos grados porque leímos en Google que es la temperatura ideal para la leche que un bebé puede tomar.
Me atendieron del 102, una chica que debía ser nueva porque resultó ser bastante incompetente. Una pelotuda, vamos a decir las cosas como son: una pelotuda. Porque uno puede estar un poco atareado y cansado (era de noche, habíamos estado caminando, recuerden, después de tomar vino) pero esta mina no tenía dos dedos de frente. Y no es que estábamos llamando a una heladería porque nos pintó clavar un cuarto de limón cada uno, mi esposa y yo, no. Estamos hablando de la Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia y vos, si manejás una institución así, que tiene que velar por los niños, nada menos, no podés poner a atender a una mocosita, porque eso es lo que era la chica esta, a atender los llamados y que trate a la gente con la desfachatez y el desparpajo con que me atendió y mi esposa escuchó todo porque yo había puesto el teléfono en altavoz para que ella también escuchara cómo la percantina esta que, encima, se notaba que estaba masticando un chicle y no tuvo el mínimo decoro de sacárselo de la boca, nos decía: “En este momento estamos abarrotados” ¡Abarrotados! “¿Abarrotados de qué, pelotuda?” le gritó mi esposa, con justa razón. Claro: ¿abarrotados de qué? Y nos agregó la chica: “La línea 102 no es de emergencia”. Y mi esposa le gritó: “¿Cómo que no es de emergencia? ¿Vos me estás tomando por idiota?” Y la chica cortó. Así nomás. Nos cortó el teléfono. Yo la miraba a mi esposa, no lo podía creer.
Llamamos de nuevo a la cana y nos dijeron que no podían hacer nada hasta el martes porque el lunes era feriado. Y recién estábamos a viernes.
Así que nos tuvimos que hacer cargo nosotros. Bebé, por suerte, se había dormido. Dormido era lindo y todo, ¿eh? Uno por ahí es medio arisco con eso de los sentimientos pero era agradable verlo el pibe.
Esa noche yo me quedé despierto para cuidarlo; mi esposa estaba agotada, pobre. Le dije que fuera a dormir y me relevara a la mañana siguiente.
Así que, Bebé estuvo todo el fin de semana largo con nosotros.
El sábado, es decir, al otro día que lo encontramos, yo me lo pasé durmiendo hasta las cuatro de la tarde que me sonó el celular (yo nunca dejo las notificaciones con sonido, raro…) y era un amigo que necesitaba una mano porque se estaba mudando. Ayudarlo a cargar cosas en la chata del padre, una F100 de esas robustas. Así que fui a la casa del quía y me vino bien porque necesitaba despejarme un poco y le conté lo de Bebé.
Mi esposa, cuando yo había estado durmiendo, llevó a Bebé al hospital para que lo revisaran y dijeron que tenía un poco de fiebre pero que iba a estar bien. Además, se ve que le habían puesto las vacunas antes de abandonarlo. Tenía cincuenta días.
Ahora reconozco que estuve mal y le tendría que haber que dicho que no podía ir a mi amigo; la dejé en banda a mi esposa y ella me lo hizo saber y yo no quería dar el brazo a torcer pero ella tenía razón.
No es que yo la dejé a cargo de controlar una coliflor hirviendo. Se trataba de un bebé, podía pasar cualquier cosa y yo me había tomado el palo. ¿Y para qué? Si mi amigo no contaba solamente conmigo. Estuve mal ahí.
Por suerte, no pasó nada. Yo me ausenté unas cuatro horas, cuando volví, mi esposa tenía a Bebé en brazos y le daba la mamadera. La escena me conmovió, para qué negarlo.
A ella se le ocurrió decirle a mi hermana que nos diera una mano pero a mí no me pareció buena idea porque Amalia no es de tener paciencia con los niños. Igualmente la llamé y le conté todo lo que pasó y pensó que le estábamos haciendo una joda o que estábamos drogados porque ese es otro detalle: con mi esposa éramos de drogarnos mucho. Ahora no es que no nos droguemos pero no tanto como en esa época. Amalia me pidió una foto del bebé porque no lo podía creer. Yo le mandé una.
Vino a casa y nos dio una mano. Se portó. Se puso la 10. Nos preguntó si habíamos averiguado algo de la madre del chiquito y le dijimos que no teníamos idea y le contamos la secuencia (“secuencia” es una palabra que usan mucho los drogadictos) con la mina del 102 y mi hermana, Amalia, se calentó de una manera… Mi esposa es de tener pocas pulgas pero lo que es Amalia, lo que es esa mujer cuando se encabrona… Agarrate.
Ahí nomás llamó un amigo abogado que tiene, o un filo, creo, no importa, y le contó lo que había pasado. “Vamos a elevar una denuncia. Esto no puede ser”, me dijo Amalia. Nos dijo a los dos, porque mi esposa estaba con nosotros.
El tema es que mi esposa y yo estábamos más preocupados por el bienestar de Bebé que por pelear así que le dejamos el tema del litigio a Amalia.
El domingo al mediodía, Amalia volvió a casa con un cochecito que le había prestado una amiga. Almorzó con nosotros y se ofreció a pasear a Bebé para que mi esposa y yo pudiésemos descansar un rato.
El cochecito tenía un toldito para hacerle sombra.
Así que, Amalia y Bebé salieron a pasear y nosotros dos nos quedamos en casa y mi esposa aprovechó a lavar unas cosas que el bebé había vomitado. Yo lavé las cosas que habíamos usado en el almuerzo.
Como dije antes, mi esposa había llevado a Bebé al hospital y le dijeron que estaba bien, con un poco de fiebre pero se le iba a pasar. Pero le dijeron que ellos no podían aceptarle a la criatura y, por teléfono, nos dijeron lo que ya les conté.
El lunes, feriado, más tranquilos porque Bebé estaba rozagante, pusimos una película para ver. Creo que miramos “Jules y Jim” de Truffaut porque, con mi esposa, en aquel entonces mirábamos mucho cine francés y todo eso.
Pero lo importante es que nos estábamos adaptando, con inteligencia, a la situación. Y nos sorprendimos de lo bien que nos estábamos desenvolviendo.
El problema fue (más que problema fue una pesadilla) que el vecino, un pibe de unos veinte años, se había puesto a tocar la batería. Tenía una banda de metalcore… Lo que era eso. Encima tenía una batería que no sé si la había armado con cacerolas y sartenes o qué pero sonaba horrible. Era como si un lavarropas en mal funcionamiento estuviera rebotando por toda la casa mientras los espíritus de Ted Bundy, Jeffrey Dahmer y John Wayne Gacy arrastraran cadenas; fue un suplicio para nosotros tres. Ahora éramos tres.
Con mi esposa estábamos lo más bien antes de la llegada de Bebé, quiero decir: habíamos aislado de nuestra fórmula a la hipocresía, a la resignación, siempre estábamos venciendo porque éramos heroicos, bellos y graciosos y no necesitábamos a nada ni a nadie más. Ninguno de los dos tuvo que aceptar esa forma horrible del suicidio cotidiano que es adaptarse. Nada de adaptarse, nada de vivir sobreviviendo en un secuestro. Cuando llegó Bebé aprendimos a vivir de una manera distinta: nos dimos cuenta de que teníamos fortalezas que desconocíamos, que teníamos batallas que nos faltaban ganar.
El martes recibimos un llamado del COPNAF: había un matrimonio interesado en adoptar a Bebé.
Vivimos tres días inolvidables.
 
 
 
 
 
 
 

[1][1]Ultimate Spinach:  Suite: Genesis of Beauty (In Four Parts) “Because your mind is free and real”.

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