Bebé
PARTE PRIMERA
De donde conoceremos pinceladas de un surgimiento:
“Porque tu mente es libre y real”.
Las
eventualidades que nos llevaron a mi benemérita esposa y a mí, fiel vasallo del
ocio, a volvernos responsables de una pequeña vida humana son, acaso, de lo más
extraños pero no por eso ridículos. Este no es una de esos farragosos relatos
llenos de esa hortera acumulación de imágenes de golpe bajo. Corre de la
siguiente manera:
Voy
a llamar a esta parte “Un niño indolente pero con cierta imaginación”.
Situemos
la historia en un punto que será crucial para entender algunas escenas que
vendrán luego y ese punto es la infancia de un chiquilín, un purrete, que está
jugando en el patio de su casa. Mientras ustedes imaginan a este niño yo les
voy a recomendar que acompañen lo que sigue con la obra de Claude Debussy, “El
rincón de los niños”. Una vez que hayan puesto esa obra, sigamos con los
pormenores de este párvulo.
Tenemos,
entonces, al niño tan inocente, jugando en el patio de su casa. ¿A qué juega?
Solo él puede saberlo, pero lo vemos adentro de una caja en la que cabe
perfectamente una persona de su tamaño. (Días atrás, lo cuento de pasada, sus
padres han comprado una cocina). Y el pequeño puede hacer de esa caja las veces
de nave intergaláctica, de castillo o de…¿Qué otra cosa podrá estar imaginando
nuestro amigo? Solo él puede saberlo.
Lo
que sabemos nosotros, o lo que podemos deducir al verlo jugar, es que no
necesita nada más. Esa caja es su lujo y su tesoro. Bien podemos inferir
conclusiones del tipo: “Pobre niño, sus padres no tienen dinero para comprarle
juguetes de verdad”. Pero recuerden ustedes que esta parte de la historia se
llama: “Un niño indolente pero con cierta imaginación”.
El
niño juega solo en su patio que es su mundo, su campo de maniobras. Entra en la
caja, grita cosas, sale de la caja, toma algo que encuentra en el patio, un
palo, algo que esté a su alcance y que, según su propio criterio, será decisivo
tener para completar la empresa que está llevando adelante.
Lo
podemos ver, también, tomando agua en un vasito rojo que llena poniendo debajo
de la canilla que está en el patio y esto le permite no abandonar su
territorio.
Él
sabe que, si cruza la puerta que lo separa del interior de la casa, se va a
terminar todo.
Lo
podemos ver jugando y, a lo lejos escuchamos una voz femenina: “¡A comer se ha
dicho!” Y esa interrupción nos causa un poco de encono. ¿Verdad que sí?
Nuestro
niño hace oídos sordos a los llamados maternales y ahora, con unos crayones,
pintarrajea la caja. Le hace una ventana, un rayo y otras cosas que nos cuesta
entender porque no nos da.
“¡A
comer dije!” escucha el niño y ahora sí, prometiendo volver luego, deja las
cosas como están, entra a la casa, y se sienta para comer. Seguramente tiene
lugar un diálogo más o menos así:
-¿No
te vas a lavar las manos?
-Las
tengo limpias.
-No.
¿Qué limpias? Si estuviste revolcándote en el patio. Lavate las manos hasta los
codos.
-Bueno.
Ya voy.
El
niño se levanta y va hasta el baño mientras suenan los momentos finales de la
obra de Debussy.
Ahora
el niño está comiendo milanesa con puré. Su madre le ha trozado la carne porque
las manitos del chico aún no están preparadas para el cuchillo.
¿Qué
podemos decir de este primer cuadro? Bueno, a priori podemos decir que hemos
conocido a un niño con mucha imaginación. Muchos niños tienen mucha imaginación
así que no hay nada de particular en él. Eso es cierto. Pero esta historia no
es sobre un niño particular. Ni siquiera es sobre este niño que, como ustedes
han de saber, soy yo.
La
segunda escena de este relato tiene una relación de simultaneidad con la
primera pero ahora veremos otra escena, en otro patio, similar al primero, en
el que veremos a una niña. Atentos, la niña es más grácil y elegante que el
niño. Escuchemos a Erik Satie, ¿les parece?
Llamemos
a esta parte: “Escena bucólica de una tarde feliz”.
Esta
niña tiene un fondo con árboles para jugar. Este fondo es su bosque encantado.
Aquí, ella puede imaginar castillos, corceles y fosos. También puede mirar a
las abejitas y a los colibríes. Hay uno que le llama la atención porque está
tomando agua del plato de una maceta. Tal vez, para ilustrar mejor este
momento, sean adecuadas estas palabras que voy a citar: “¡Tú, hijo de esa
alegría, grita a mi alrededor, quiero oírte gritar, oh, pastor feliz!”. Estas
palabras pertenecen al poema “Ahora, mientras los pájaros cantan” de William
Wordsworth. ¿Vieron qué bien acompañan la escena? Oh, sí.
Nuestra
niña juega y juega. Ella no tiene problemas. Lejos de estar atribulada por todo
lo que vendrá… “¡A comer!” (Las madres siempre dicen lo mismo).
La
pequeña, sin que medien más palabras, se va a lavar las manos. (De ella podría
aprender el niño de la caja).
Ella
comerá un plato de fideos con salsa y mucho queso rallado.
¿Qué
podemos decir ahora?
Podemos
decir que hemos conocido a dos niños que luego serán adultos. El niño soy yo y
la niña es, como habrán supuesto, mi loable esposa. Todavía no nos conocemos,
debemos tener paciencia.
“Una
incomprensión natural de la vida” podría llamarse esta parte en la que los
niños han crecido un poco y van a su primer día de jardín.
“Don’t
you ever ask them, “Why?” If they told you, you would cry…”.
El
primer día de jardín para aquel niño fue toda una aventura: por primera vez iba
a compartir juegos con otros niños y no le fue nada mal porque, por una especie
de élan vital, se adaptó rápidamente a su nuevo ecosistema y se hizo amigo de
otro niño que, con los años, recibió el diagnóstico de esquizofrenia pero esa
es una historia para otro día…
El
primer día de jardín para la niña fue algo más atropellado porque la señorita
maestra, una joven practicante, había llevado una cinta de audio con canciones
de María Elena Walsh o eso era lo que creía porque, en realidad, había llevado
un casete con fragmentos de Wagner, recopilados vaya uno a saber con qué
criterio, y los niños se asustaron cuando Gurnemanz comenzó a gritar “O
wunden-wundervoller heiliger Speer!”
Estas
dos situaciones tuvieron lugar con una pared de por medio.
“¡Recreo!
La libertad es el hecho más claro cuando uno es niño” se va a llamar esta breve
escena en la que los niños se verán por primera vez pero fugazmente porque cada
cual está en sus juegos.
Ahora
podemos imaginar un patio más grande, el de la escuela. Podemos ver un enjambre
de niños que, el día de mañana, serán grandes doctores, científicos…
(Suspiremos juntos con resignación) O abogados. Ay.
Y
los niños juegan y juegan. Y nuestros dos amigos van a cruzar sus miradas
justo… ¡ahora!
Fue
un destello. Fue casi imperceptible pero ha sucedido. Hubo una fracción de
segundo en que la entropía universal sintió un escalofrío y sonó el timbre que
anunciaba el fin del recreo.
“Mi
risa es tu risa”.
Así
se va a llamar esta parte del relato que es cuando, dos años después, en el
primer grado, nuestros protagonistas principales irán al mismo curso y sucederá
el segundo encuentro de miradas pero esta vez será más fuerte. Miren:
Coro
de niños con voz angelical que, cuando cumplan 18 años, se afiliarán a Franja
Morada, lo componen seis niñas: Martita, Laurita (todas terminan en “ita) y
cuatro niños que terminan todos en “ito”. Los niños elevan sus vocecitas al
cielo o las vigas del salón de Música y entonan:
“Los
niños se van a hablar por vez primera” (Acá viene todo una floritura vocal,
unos melismas que darían orgullo al mismísimo Händel.
El
coro de niños se retira y vemos una escena curricular: la maestra escribe
palabras con la conjunción silábica “ma”.
Los
niños repiten: “mamá”, “mi mamá me mima”, “mi mamá me ama”.
Entonces
se escucha la voz de nuestro niño que grita: “¡Mi mamá me la mamá!” Y sus
compañeritos estallan en una carcajada estruendosa que se ve abruptamente
interrumpida por la serenidad de la dulce maestra.
-No
digas esas cosas.
-Está
bien.
-No.
No está bien, está mal.
La
clase continúa: “María mira macetas”. Todos repiten.
“¡María
me la mama!” Carcajadas. (Incluso la niña se ríe un poco aunque reprime su
risita).
Nuevamente
la serenidad docente.
-Te
voy a pedir que te cambies de lugar y te sientes al lado de ella. (Señala a la
niña).
El
niño toma sus útiles escolares y camina.
Vuelve
el coro de niños. Martita…Esos.
“Los
niños se van a hablar por vez primera”.
Acá
siguen los ornamentos vocales porque el coro está compuesto por unos niños muy,
pero muy narcisistas que son todos rubios y malcriados y, con el coro de fondo:
-Hola.
Me tengo que sentar con vos.
-Sí,
lo sé. Escuchamos todos.
Y
así se produjo el primer intercambio verbal entre nuestros protagonistas.
Ahora
vamos a ver otra escena que tiene mucho que ver con lo que sucederá en el
futuro. Estamos en la escuela pero digamos que cuatro años después y estamos en
la clase de Plástica. A esta escena la vamos a llamar “Ella tiene talento pero
él…”.
La
maestra de Educación Plástica había pedido, la clase de la semana anterior, que
los aprendices trajeran los siguientes elementos de una lista que acá
transcribimos:
1
(una) bola de telgopor de 78 mm o aprox.
30
cm de lana color azul
30
cm de lana color rojo
30
cm de lana color verde
2
(dos) botones
(¿Qué
carajos…)
1
(un palillo) de brochetas
Lentejuelas
(¿Qué…)
Y a
que no adivinan qué niño se olvidó de llevar los materiales porque ni siquiera
se acordó de decirle a la madre: “Necesito esto”. Y la madre hubiera ido a
comprarle, ¿eh?
De
más está decir que la maestra mandó un comunicado a los padres del niño. La
transcripción, a renglón seguido:
Señores
Padres:
Me comunico con ustedes para hacerles
saber que su hijo no ha cumplido con la tarea pautada para la clase de hoy ya
que no trajo los materiales pedidos en la clase anterior.
Tengan
a bien hablar con él para que no incurra en estas faltas de responsabilidades.
Atentamente…
Al
niño lo retaron y estuvo toda la tarde sin poder salir a la calle pero, por
otro lado, la niña…
Ella
hizo una figura muy linda con los materiales porque, además de responsable, es
muy talentosa. Estamos conociendo a una verdadera artista. Realizó una especie
de ser antropomórfico que podría ser de otro planeta. Si cobrase vida nos
diría: “Hola. Van a morir todos” pero no lo diría en ningún idioma humano sino
que emplearía una secuencia de sonidos indescifrables, tal vez parecidos a los
cantos de una ballena jorobada o al de ciertas personas cuando están bajo los
efectos del cucumelo.
Aprobado
con felicitaciones, por cierto.
La
siguiente escena en este recorrido se podría llamar… “Che, ya sos un pelotudo
grande” y acá solamente voy a decir que imaginen a un pelotudo de 13 a 17 años.
No hay mucho que agregar. Bah, algo de gracia le da a la chica pero no lo
quiere admitir.
Y
no, imaginen ustedes admitir que una persona que cuenta chistes y hace ruidos
de flatulencias con la boca les causa gracia y después tienen que ir a ser
partes honorables de una sociedad que les demanda aplomo. O que les demanda
plomo, también. Las dos cosas.
Pero
es innegable que la chica se ríe un poco. Ustedes y yo lo sabemos Sobre todo yo
porque ese pelotudo era yo.
PARTE SEGUNDA
De donde nos venimos a los días presentes.
-¿A
dónde salimos? Los lugares lindos ya no existen.
-Se
fue todo a la verga. Vayamos donde siempre.
Repitan
ese diálogo unas veinte veces si quieren porque no está muy lejos de la
realidad cuando uno vive en un pueblito pete como este. En fin.
Ahora
podemos hacer esto: vamos a suponer que es de noche y escuchamos un perro que
ladra a lo lejos, alguna sirena de una lancha de la Provincial que anda por
algún barrio cercano porque, seguro, volvieron a espiantar el bingo que
pusieron hace poco (en el lugar menos conveniente posible, por lo que se ve) y
ahora la yuta anda buscando a una banda de ladris que, hace dos meses, hicieron
un laburo grande en la casa de una vieja concheta, platuda, de doble apellido, que
le sacaron mucha, pero mucha guita (no se sabe cuánto con exactitud) y algunas
joyas y lo hicieron todo en dos horas porque parece que la tenían trabajada a
la señora y, dicen, que un nieto o sobrino la entregó para quedarse con una
astilla del botín porque el loco estaba medio complicado con el dealer pero
esto no se sabe a ciencia cierta y parece que es una macana que anduvo
boqueando una de las viejas chusmas que nunca faltan pero lo que es cierto es
que a la pobre vieja nadie le va a quitar el julepe, qué digo julepe, el trauma
que le quedó y encima es una vieja de lo más buena que estará forrada en guita
pero eso no significa que haya perdido el don de gente si hasta les pone agua a
los perritos que andan en la calle y ustedes vieran que los perritos, más
buenos imposible esos animales, van y toman el agua y se quedan un rato ahí, en
la vereda de la señora y toman el solcito y la señora los saluda con todo el
amor así que no había derecho de hacerle eso a la señora ni a ninguna señora,
claro está, y estos son los mismos, cree la cana, que asaltaron el bingo esta
noche.
Bueno.
Es de noche, ladran perros. Sirena de la cana.
-¿Salimos
a caminar un rato?
-Dale.
¿Vos no vas a tener frío?
-No.
Yo estoy bien así.
-Bien.
Dale. Vamos.
¿Notaron
que tranquilamente lo anterior podría ser una película de Pablo Trapero?
Sigamos.
-Che.
Aguantame un cacho que me compro un pucho suelto acá.
-¿No
trajiste uno armado?
-No.
Tengo que comprar tabaco en otro momento.
-Ah.
Bueno. Dale.
Ahora
ya voy a hablar en primeras y tercera personas porque es obvio que hablo de mi
laudable esposa y yo y porque me voy a volver loco si sigo con estas
disociaciones de la personalidad y voy a terminar como esos delirantes que
alquilan depósitos por mes para instalarse a resolver un enigma y ponen fotos y
recortes de diario en una plancha de telgopor (segunda vez que aparece la
palabra en este relato) y unen puntos con chinches e hilo de lana roja (otra
vez) y dejan de hablar con sus familiares y amigos y los familiares y amigos
empiezan a preocuparse y un día, la mejor amiga del delirante le dice: “Extraño
al Ignacio de antes”, porque el tipo se llama Ignacio. Y la chica se larga a
llorar, cubre su rostro con las manos, pero Ignacio está totalmente
desconectado de todo. Ahora es una cáscara vacía porque está totalmente
absorbido por su obsesión y sus familiares y amigos, incluida la chica, deciden
que lo mejor es internarlo y lo llevan a una clínica de salud mental.
Bueno,
por eso ahora voy a seguir hablando de “nosotros”, “yo” y “ella”.
Mi
esposa me esperó mientras yo compraba el pucho en el kiosco. Yo salí y me lo
prendí. Retomamos la caminata.
-¿Todavía
tenés el coso que hiciste en Plástica cuando íbamos a la escuela?
-¿Qué?
No. Eso voló a la mierda hace rato. ¿Por qué te acordaste?
-Me
acordé. Yo me acuerdo de esas cosas. Es lo que tengo.
-A
veces me dan ganas de buscar cosas en la calle y hacer algo artístico.
-Arte
con la basura.
-Sí.
Algo así. Pero es una idea nomás.
-¿Y
si buscamos algo por ahí? La gente tira cualquier cosa. Al lado de los
contenedoras dejan televisores, sillas…
-Sí.
La gente tira todo.
-Todo
está programado para ser tirado. Nada dura. No como antes que te hacían las
cosas bien resistentes.
-Todo
es producir en masa y hacer guita.
-Sí.
La cadena de montaje.
-La
cadena de montaje.
-Ver
tantas cosas desechadas me hace creer en algo.
-¿En
qué?-Dijo mi esposa y agregó- ¿El milagro del Universo?
-No.
En que esas cosas merecen que alguien les dé una utilidad. Y sos vos.
-Perfecto.
Habíamos
estado, antes de salir a caminar, tomando un tinto delicioso al que acompañamos
con unas aceitunas que nos habían transportado a un promontorio en el
Mediterráneo y a mí me pareció escuchar unos lejanos aires choqueros,
castañuelas, una guitarra… y quién sabe qué cosas más hubiéramos percibido de
haber tomado más vino. A lo mejor, hubiésemos visto la realidad deformada en
pequeños rombos verdes y violáceos como si el mundo fuese un gran alcaucil y
cada rombo fuese un aspecto significativo e indisoluble de la vida que se va
imbricando con otro y aquel con otro más hasta formar un toroide pero, si bien
estábamos algo bebidos, tampoco para tanto. Quiero decir que por algo habíamos
salido a caminar y ahí estábamos los dos con la intención de juntar algo de la
calle para convertirlo en arte porque, en ese momento, habremos cometido el
error (el acierto) de creernos necesarios y no juzgamos con ninguna prudencia
lo que estábamos por hacer porque estábamos alegres y la divinidad favorece a
la alegría y no teníamos miedo y estábamos embebidos en una soberbia que nos
empezaba a enviciar al punto de que nos sentíamos capaces de embellecer lo que
fuera que tomásemos entre nuestras manos y, como dije, habíamos tomado vino. De
lo contrario, creo que no nos hubiésemos puesto a hablar de estas cosas y no
hubiésemos caminado hasta un contenedor que decía PLÁSTICOS y no hubiera pasado
lo que voy a contar ahora.
-¿Vas
a hacer una escultura de plástico?
-Quiero
hacer algo al estilo Anna Uddenberg.
-Sos
ambiciosa.
-Ya
que estoy…
-Che.
¿Escuchaste eso?
-Sí.
¿Un gato? ¿De dónde viene?
-Es
por acá, cerca del contenedor…
-¡Che!
¡Acá hay un bebé!
-¿UN
BEBÉ?
Y
así fue el encuentro con Bebé porque no le pusimos nombre.
PARTE TERCERA
No es moco de pavo esto…
El
pequeño, frágil, famélico, estaba en una caja. Ni siquiera estaba en un cesto
de mimbre y eso hubiese sido algo… bíblico. Estaba en una caja pero esa caja no
era una nave intergaláctica, era cuna y era tumba de las tristezas sin lirismo
de un ser abandonado a su suerte que estaba llorando lastimosamente porque ya
no tenía fuerzas y en su llanto estaba agonizando el alma de un zorzal que no
iba a morir de amor porque nunca lo iba a conocer.
-Tenemos
que llevarlo a casa, limpiarlo y llamar a la Sexta que es la comisaría más
cercana para que nos asesoren.
-Bueno.
¿Lo podés llevar vos? Vos tenés manos más delicadas. Después de todo, vos sos
la artista.
-Pero
yo sé moldear plástico, esto tiene huesitos, tejido… Caca.
-Uh…Encima
está cagado. Che… De última no nos ve nadie, nos podemos hacer los giles.
-¿Qué?
No. ¿Qué estás diciendo? ¿Era en joda?
-No
te puedo creer que tenga que aclarar eso.
-Con
vos nunca se sabe.
-Mirá,
vamos a llevarlo a casa. Lo limpiamos, la ropita esa que tiene la ponemos a
lavar. Mientras vos lo limpiás y le ponés alguna otra cosa para abrigarlo, yo
voy a ir a la farmacia a comprar pañales, talco…
-¿Qué
le puedo poner si no tenemos ropa de bebé en casa?
-No
sé… Agarrá alguna funda y lo embolsás.
-No
sé. Ya veré. Bueno. Yo lo alzo.
-Sí.
Mi
esposa llevó al bebé a nuestra casa y lo aseó. Yo no pude ser testigo de
aquello pero estoy seguro de que lo hizo con mucha ternura; lo envolvió con una
funda que tenía lirios bordados. El niño lloraba de hambre pero yo ya estaba
por llegar con pañales, leche, una mamadera. Ese niño no se iba a morir. Ese
niño era promesa y abundancia como un campo de lirios pero también era llanto y
gritos y no le podíamos decir nada porque los bebés tienen eso: no te dan bola.
Son como los muertos que vos los vas a visitar al cementerio para decirles: “Me
recibí de podóloga” y no te dicen: “¡Te felicito, Luli” pero los muertos, por
lo menos, no reclaman tu atención. En ese sentido son más ubicados y este
pendejo no es que nos estaba agradeciendo nada pero bueno.
Nos
atendió una oficial que ahora no recuerdo el apellido, muy amable, muy educada,
porque hay que reconocer las buenas cosas también, y nos dijo que llamásemos al
102 (cómo no se nos ocurrió antes) y entonces llamamos al 102.
Llamé
yo mientras mi esposa trataba de calmar al bebé; la leche tenía que bajar a los
treinta y dos grados porque leímos en Google que es la temperatura ideal para
la leche que un bebé puede tomar.
Me
atendieron del 102, una chica que debía ser nueva porque resultó ser bastante
incompetente. Una pelotuda, vamos a decir las cosas como son: una pelotuda.
Porque uno puede estar un poco atareado y cansado (era de noche, habíamos
estado caminando, recuerden, después de tomar vino) pero esta mina no tenía dos
dedos de frente. Y no es que estábamos llamando a una heladería porque nos
pintó clavar un cuarto de limón cada uno, mi esposa y yo, no. Estamos hablando
de la Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia y vos, si manejás
una institución así, que tiene que velar por los niños, nada menos, no podés
poner a atender a una mocosita, porque eso es lo que era la chica esta, a
atender los llamados y que trate a la gente con la desfachatez y el desparpajo
con que me atendió y mi esposa escuchó todo porque yo había puesto el teléfono
en altavoz para que ella también escuchara cómo la percantina esta que, encima,
se notaba que estaba masticando un chicle y no tuvo el mínimo decoro de
sacárselo de la boca, nos decía: “En este momento estamos abarrotados”
¡Abarrotados! “¿Abarrotados de qué, pelotuda?” le gritó mi esposa, con justa
razón. Claro: ¿abarrotados de qué? Y nos agregó la chica: “La línea 102 no es
de emergencia”. Y mi esposa le gritó: “¿Cómo que no es de emergencia? ¿Vos me
estás tomando por idiota?” Y la chica cortó. Así nomás. Nos cortó el teléfono.
Yo la miraba a mi esposa, no lo podía creer.
Llamamos
de nuevo a la cana y nos dijeron que no podían hacer nada hasta el martes
porque el lunes era feriado. Y recién estábamos a viernes.
Así
que nos tuvimos que hacer cargo nosotros. Bebé, por suerte, se había dormido.
Dormido era lindo y todo, ¿eh? Uno por ahí es medio arisco con eso de los
sentimientos pero era agradable verlo el pibe.
Esa
noche yo me quedé despierto para cuidarlo; mi esposa estaba agotada, pobre. Le
dije que fuera a dormir y me relevara a la mañana siguiente.
Así
que, Bebé estuvo todo el fin de semana largo con nosotros.
El
sábado, es decir, al otro día que lo encontramos, yo me lo pasé durmiendo hasta
las cuatro de la tarde que me sonó el celular (yo nunca dejo las notificaciones
con sonido, raro…) y era un amigo que necesitaba una mano porque se estaba
mudando. Ayudarlo a cargar cosas en la chata del padre, una F100 de esas
robustas. Así que fui a la casa del quía y me vino bien porque necesitaba
despejarme un poco y le conté lo de Bebé.
Mi
esposa, cuando yo había estado durmiendo, llevó a Bebé al hospital para que lo
revisaran y dijeron que tenía un poco de fiebre pero que iba a estar bien.
Además, se ve que le habían puesto las vacunas antes de abandonarlo. Tenía
cincuenta días.
Ahora
reconozco que estuve mal y le tendría que haber que dicho que no podía ir a mi
amigo; la dejé en banda a mi esposa y ella me lo hizo saber y yo no quería dar
el brazo a torcer pero ella tenía razón.
No
es que yo la dejé a cargo de controlar una coliflor hirviendo. Se trataba de un
bebé, podía pasar cualquier cosa y yo me había tomado el palo. ¿Y para qué? Si
mi amigo no contaba solamente conmigo. Estuve mal ahí.
Por
suerte, no pasó nada. Yo me ausenté unas cuatro horas, cuando volví, mi esposa
tenía a Bebé en brazos y le daba la mamadera. La escena me conmovió, para qué
negarlo.
A
ella se le ocurrió decirle a mi hermana que nos diera una mano pero a mí no me
pareció buena idea porque Amalia no es de tener paciencia con los niños.
Igualmente la llamé y le conté todo lo que pasó y pensó que le estábamos
haciendo una joda o que estábamos drogados porque ese es otro detalle: con mi
esposa éramos de drogarnos mucho. Ahora no es que no nos droguemos pero no
tanto como en esa época. Amalia me pidió una foto del bebé porque no lo podía
creer. Yo le mandé una.
Vino
a casa y nos dio una mano. Se portó. Se puso la 10. Nos preguntó si habíamos
averiguado algo de la madre del chiquito y le dijimos que no teníamos idea y le
contamos la secuencia (“secuencia” es una palabra que usan mucho los
drogadictos) con la mina del 102 y mi hermana, Amalia, se calentó de una
manera… Mi esposa es de tener pocas pulgas pero lo que es Amalia, lo que es esa
mujer cuando se encabrona… Agarrate.
Ahí
nomás llamó un amigo abogado que tiene, o un filo, creo, no importa, y le contó
lo que había pasado. “Vamos a elevar una denuncia. Esto no puede ser”, me dijo
Amalia. Nos dijo a los dos, porque mi esposa estaba con nosotros.
El
tema es que mi esposa y yo estábamos más preocupados por el bienestar de Bebé
que por pelear así que le dejamos el tema del litigio a Amalia.
El
domingo al mediodía, Amalia volvió a casa con un cochecito que le había
prestado una amiga. Almorzó con nosotros y se ofreció a pasear a Bebé para que
mi esposa y yo pudiésemos descansar un rato.
El
cochecito tenía un toldito para hacerle sombra.
Así
que, Amalia y Bebé salieron a pasear y nosotros dos nos quedamos en casa y mi
esposa aprovechó a lavar unas cosas que el bebé había vomitado. Yo lavé las
cosas que habíamos usado en el almuerzo.
Como
dije antes, mi esposa había llevado a Bebé al hospital y le dijeron que estaba
bien, con un poco de fiebre pero se le iba a pasar. Pero le dijeron que ellos
no podían aceptarle a la criatura y, por teléfono, nos dijeron lo que ya les
conté.
El
lunes, feriado, más tranquilos porque Bebé estaba rozagante, pusimos una
película para ver. Creo que miramos “Jules y Jim” de Truffaut porque, con mi
esposa, en aquel entonces mirábamos mucho cine francés y todo eso.
Pero
lo importante es que nos estábamos adaptando, con inteligencia, a la situación.
Y nos sorprendimos de lo bien que nos estábamos desenvolviendo.
El
problema fue (más que problema fue una pesadilla) que el vecino, un pibe de
unos veinte años, se había puesto a tocar la batería. Tenía una banda de
metalcore… Lo que era eso. Encima tenía una batería que no sé si la había
armado con cacerolas y sartenes o qué pero sonaba horrible. Era como si un
lavarropas en mal funcionamiento estuviera rebotando por toda la casa mientras
los espíritus de Ted Bundy, Jeffrey Dahmer y John Wayne Gacy arrastraran
cadenas; fue un suplicio para nosotros tres. Ahora éramos tres.
Con
mi esposa estábamos lo más bien antes de la llegada de Bebé, quiero decir:
habíamos aislado de nuestra fórmula a la hipocresía, a la resignación, siempre
estábamos venciendo porque éramos heroicos, bellos y graciosos y no
necesitábamos a nada ni a nadie más. Ninguno de los dos tuvo que aceptar esa
forma horrible del suicidio cotidiano que es adaptarse. Nada de adaptarse, nada
de vivir sobreviviendo en un secuestro. Cuando llegó Bebé aprendimos a vivir de
una manera distinta: nos dimos cuenta de que teníamos fortalezas que
desconocíamos, que teníamos batallas que nos faltaban ganar.
El
martes recibimos un llamado del COPNAF: había un matrimonio interesado en
adoptar a Bebé.
Vivimos
tres días inolvidables.
Ultimate
Spinach: Suite: Genesis of Beauty (In
Four Parts) “Because your mind is free and real”.
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