miércoles, 12 de junio de 2024

Dale una oportunidad a la aventura

 

Era muy burdo el método que tenía Julián Orsini, el que redactaba el horóscopo para el diario en el que yo trabajaba, porque consistía en… A ver, lo explico así: el tipo tenía como trescientos boletos de colectivo de la época en que se pagaba con monedas. Esos boletos estaban amarillentos, por el paso del tiempo, claro, y detrás, este Orsini que les cuento, había escrito distintas cosas para los tres ítems recurrentes de los horóscopos: salud, dinero y amor.
Y a los papelitos estos los tenía en una bolsa de tela (que tenía una jota bordada porque, vamos a decir las cosas como son, era bastante, bastante pelotudo este hombre) y el tipo agitaba la bolsa, metía mano, sacaba uno de estos boletos y ponía, por ejemplo: Acuario. Amor. Dale una oportunidad a la aventura. Sacaba otro papelito, también para Acuario, que decía Dinero. Semana de oportunidades.
No era muy imaginativo, Orsini, porque en casi la mitad de estos vaticinios aparecía la palabra “oportunidad” o su variante en plural. No le importaba mucho, como podrán ver, porque, según él, “Después cada uno ajusta su realidad a lo que leyó y ya está”. Así que, si mandaba cuarenta y ocho veces la palabra “oportunidad”, alguna iba a dar en el blanco.
Total, es como tirar un puñado de piedras y, alguna, le va a dar a la paloma. El problema es que hay gente que se toma en serio el horóscopo y si no le dicen algo claro… Es como dice esa frase adjudicada a Schopenhauer: “No hay ningún viento favorable para el que no sabe a qué puerto se dirige”, frase que, ustedes deben asociar con una canción del Indio Solari que dice en una parte: “¿Cuál es un viento favorable, en fin, para el que ve que no sabe que el puerto está en buen destino?”
A ver, Orsini era un chanta, pero, por lo menos, no estaba en la sección financiera del diario porque… Aunque tampoco es que se pueda decir que Frías, el que escribía sobre economía, era trigo limpio. Pero no vengo acá a hablar de Frías.
Y cuando entraba Rocío, la de espectáculos, bueno, qué les voy a decir. Orsini se ponía todo tarado y empezaba a hacerle todo tipo de cumplidos que no eran subidos de tono ni nada, no es que le decía: “Pero mirá esa cola que tenés, mi amor”, eran cosas tipo: “Qué elegante el día de hoy” y cosas así que no eran bien recibidas por Rocío.
Creo que lo único bueno que tenía Orsini era la caligrafía porque yo leí un par de esos papelitos y, sí, tenía una letra agradable a la vista. Y, además, tenía un cajón lleno de caramelos de Menta Cristal. Los de Arcor. Yo siempre le sacaba un par.
Bueno, la cuestión es, después de toda esta introducción, que yo estaba en la redacción esa mañana, redactando una columna sobre el poeta chileno Vicente Huidobro porque se acercaba la fecha, 10 de enero, aniversario de su natalicio. Hacía un poco de calor pero no el calor que viene haciendo desde un par de años por el temita del calentamiento global. (Yo digo “temita”, pero no es una boludez). Y yo estaba lo más tranquilo cuando escuché que alguien gritó: “¡Orsini se desmayó y no tiene pulso!”
La única que sabía hacer respiración boca a boca y esas cosas era, nada menos, Rocío. Y fue y le hizo, claro, la cuestión humana. Pero, cuando Orsini recuperó el conocimiento y le vio las tetas a Rocío (verano, escote, hagan la relación) levantó una mano para agarrar y ahí, la chica le pegó un sopapo que sonó en toda la oficina de redacción.
Estábamos todos ahí viendo lo que pasó así que, Rocío tenía a todos de testigos favorables cuando fue a hablar con el jefe y a Orsini, por supuesto, lo echaron. Y se tuvo que ir con su bolsita de tela, pero, por suerte, dejó los caramelos de menta en el cajón. Yo me agarré unos cuantos.
Dos meses, tres, por ahí, después de esto, no va que un día voy caminando por el parque y me lo cruzo a Orsini. Estaba hecho un desastre. Yo quise hacerme el boludo porque pensé que no me había visto y el tipo siempre me había parecido un imbécil, así que no quería hablar con él, pero me reconoció y me gritó: “¡Ey! ¡Matías!”, porque yo me llamo Matías. Y ahí, en fin, tuve que ir a saludarlo.
Me empezó a contar que la esposa lo dejó porque era una hija de puta (seguro, claro, sí, sí) y que no conseguía trabajo y que estaba viviendo en una pensión pero que lo terminaron echando porque lo acusaron (me parece que con justa razón) de haberle robado las zapatillas a otro huésped mientras dormía y que todo el mundo estaba en su contra y que la culpa de todo la tenía “la puta esa de Rocío” y me pidió plata para comprarse algo de comer y me dijo: “Para comerme un pebete” y se empezó a reír solo de ese chiste y sacó un atado de puchos de una marca que no recuerdo, pero era de esos baratos que los fumás y te hacen doler la cabeza.
Yo le dije que no tenía plata encima y también le dije: “Ya se van a resolver las cosas. Dale una oportunidad a la aventura”. Y  no se lo tomó bien porque se dio cuenta de que me estaba burlando (lo siento, pero sí me estaba burlando) de sus papelitos con predicciones. Y me mandó a la mierda y me gritó: “De todos, del único que esperaba que me defendiera eras vos”.
Yo no sé en qué momento el pelotudo este se pensó que era mi amigo o algo similar como para que yo saliera a defenderlo. No sé. Porque siempre venía y me contaba algún chiste de verga o me hacía alguna observación y yo, para no tener dramas, le decía: “Ah, sí…”. Pero nada más. Pero es esa clase de gente que se da cuerda y después delira cualquier cosa.
Ahora me río y quiero llorar al mismo tiempo porque me pongo a pensar en el precio del boleto… Dios mío, se fue por las nubes.
No me quiero desviar de tema.
Tampoco es que sea una cosa apasionante hablar de Julián Orsini, pero no se preocupen que ya voy a llegar a la parte en la que rajó un tiro. Sí, no vamos a andar con misterios acá.
Un año después de que me lo encontré en el parque, lo volví a ver y ahora estaba un poco más decente. Estaba arreglado. Trabajaba en una playa de estacionamiento. Estaba vez, solo me saludó con la mano y no me retuvo. Yo hice lo propio y esa fue la última vez que lo vi.
Hace poco, en la redacción, Samuel Jerev, el de policiales, ni bien llegó nos dijo: “Che, ¿se enteraron de lo de Orsini?”. Como nadie dijo nada, remató: “Ayer se pegó un tiro. En la caseta de la playa de estacionamiento donde trabajaba”.
Hicimos un poco de silencio, pero no por respeto, sino porque no teníamos nada que decir. Hasta que Rocío lo rompió y dijo: “Supongo que no vamos a hacer duelo ni nada porque no trabajaba acá”.
Ahí saltó Frías, el de la sección de economía, y le dijo: “Un poco de respeto”. Elsa, la de gastronomía (yo la adoro a Elsa) le dijo: “Pero si ese renacuajo era un cualquiera”. Frías le dijo: “Hay que tener un poco de respeto porque acaba de morir”. Rocío dijo: “¿Y por eso hay que respetarlo?” Jerev dijo: “Tampoco vamos a pelearnos por Orsini”. Yo pregunté: “¿Dejó una nota o algo?” Jerev dijo: “Según lo que pude averiguar, estaba debiendo mucha plata porque se metió en el tema de las apuestas”.
Después, como si nada hubiera pasado, nos pusimos a trabajar. Yo me puse a revisar mis papeles porque estaba buscando un teléfono que había anotado y me encontré con uno de los boletos de Orsini que decía “Amor. Dale una oportunidad a la aventura”. Levanté la vista y la vi a Rocío, hermosa, pero no podía ser tan obvio. Y, además, después de todo eran los boletos de Orsini… Toda esa truchada.
Dejé las cosas como estaban.
Ayer, Rocío dejó de trabajar para el diario y Elsa me dijo: “Esa chica gustaba de vos, se re notaba cómo te miraba”.
Ni idea. Habrá sido esa piedra del montón que pega en la paloma.

 

 

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