Dale una oportunidad a la aventura
Era
muy burdo el método que tenía Julián Orsini, el que redactaba el horóscopo para
el diario en el que yo trabajaba, porque consistía en… A ver, lo explico así:
el tipo tenía como trescientos boletos de colectivo de la época en que se
pagaba con monedas. Esos boletos estaban amarillentos, por el paso del tiempo,
claro, y detrás, este Orsini que les cuento, había escrito distintas cosas para
los tres ítems recurrentes de los horóscopos: salud, dinero y amor.
Y a
los papelitos estos los tenía en una bolsa de tela (que tenía una jota bordada
porque, vamos a decir las cosas como son, era bastante, bastante pelotudo este
hombre) y el tipo agitaba la bolsa, metía mano, sacaba uno de estos boletos y
ponía, por ejemplo: Acuario. Amor. Dale una oportunidad a la aventura. Sacaba
otro papelito, también para Acuario, que decía Dinero. Semana de oportunidades.
No
era muy imaginativo, Orsini, porque en casi la mitad de estos vaticinios
aparecía la palabra “oportunidad” o su variante en plural. No le importaba
mucho, como podrán ver, porque, según él, “Después cada uno ajusta su realidad
a lo que leyó y ya está”. Así que, si mandaba cuarenta y ocho veces la palabra “oportunidad”,
alguna iba a dar en el blanco.
Total,
es como tirar un puñado de piedras y, alguna, le va a dar a la paloma. El
problema es que hay gente que se toma en serio el horóscopo y si no le dicen
algo claro… Es como dice esa frase adjudicada a Schopenhauer: “No hay ningún
viento favorable para el que no sabe a qué puerto se dirige”, frase que,
ustedes deben asociar con una canción del Indio Solari que dice en una parte: “¿Cuál
es un viento favorable, en fin, para el que ve que no sabe que el puerto está
en buen destino?”
A
ver, Orsini era un chanta, pero, por lo menos, no estaba en la sección
financiera del diario porque… Aunque tampoco es que se pueda decir que Frías,
el que escribía sobre economía, era trigo limpio. Pero no vengo acá a hablar de
Frías.
Y
cuando entraba Rocío, la de espectáculos, bueno, qué les voy a decir. Orsini se
ponía todo tarado y empezaba a hacerle todo tipo de cumplidos que no eran
subidos de tono ni nada, no es que le decía: “Pero mirá esa cola que tenés, mi
amor”, eran cosas tipo: “Qué elegante el día de hoy” y cosas así que no eran
bien recibidas por Rocío.
Creo
que lo único bueno que tenía Orsini era la caligrafía porque yo leí un par de
esos papelitos y, sí, tenía una letra agradable a la vista. Y, además, tenía un
cajón lleno de caramelos de Menta Cristal. Los de Arcor. Yo siempre le sacaba
un par.
Bueno,
la cuestión es, después de toda esta introducción, que yo estaba en la
redacción esa mañana, redactando una columna sobre el poeta chileno Vicente
Huidobro porque se acercaba la fecha, 10 de enero, aniversario de su natalicio.
Hacía un poco de calor pero no el calor que viene haciendo desde un par de años
por el temita del calentamiento global. (Yo digo “temita”, pero no es una
boludez). Y yo estaba lo más tranquilo cuando escuché que alguien gritó: “¡Orsini
se desmayó y no tiene pulso!”
La
única que sabía hacer respiración boca a boca y esas cosas era, nada menos,
Rocío. Y fue y le hizo, claro, la cuestión humana. Pero, cuando Orsini recuperó
el conocimiento y le vio las tetas a Rocío (verano, escote, hagan la relación)
levantó una mano para agarrar y ahí, la chica le pegó un sopapo que sonó en
toda la oficina de redacción.
Estábamos
todos ahí viendo lo que pasó así que, Rocío tenía a todos de testigos
favorables cuando fue a hablar con el jefe y a Orsini, por supuesto, lo
echaron. Y se tuvo que ir con su bolsita de tela, pero, por suerte, dejó los
caramelos de menta en el cajón. Yo me agarré unos cuantos.
Dos
meses, tres, por ahí, después de esto, no va que un día voy caminando por el
parque y me lo cruzo a Orsini. Estaba hecho un desastre. Yo quise hacerme el
boludo porque pensé que no me había visto y el tipo siempre me había parecido
un imbécil, así que no quería hablar con él, pero me reconoció y me gritó: “¡Ey!
¡Matías!”, porque yo me llamo Matías. Y ahí, en fin, tuve que ir a saludarlo.
Me
empezó a contar que la esposa lo dejó porque era una hija de puta (seguro,
claro, sí, sí) y que no conseguía trabajo y que estaba viviendo en una pensión
pero que lo terminaron echando porque lo acusaron (me parece que con justa
razón) de haberle robado las zapatillas a otro huésped mientras dormía y que
todo el mundo estaba en su contra y que la culpa de todo la tenía “la puta esa
de Rocío” y me pidió plata para comprarse algo de comer y me dijo: “Para
comerme un pebete” y se empezó a reír solo de ese chiste y sacó un atado de
puchos de una marca que no recuerdo, pero era de esos baratos que los fumás y
te hacen doler la cabeza.
Yo
le dije que no tenía plata encima y también le dije: “Ya se van a resolver las
cosas. Dale una oportunidad a la aventura”. Y
no se lo tomó bien porque se dio cuenta de que me estaba burlando (lo
siento, pero sí me estaba burlando) de sus papelitos con predicciones. Y me
mandó a la mierda y me gritó: “De todos, del único que esperaba que me
defendiera eras vos”.
Yo
no sé en qué momento el pelotudo este se pensó que era mi amigo o algo similar
como para que yo saliera a defenderlo. No sé. Porque siempre venía y me contaba
algún chiste de verga o me hacía alguna observación y yo, para no tener dramas,
le decía: “Ah, sí…”. Pero nada más. Pero es esa clase de gente que se da cuerda
y después delira cualquier cosa.
Ahora
me río y quiero llorar al mismo tiempo porque me pongo a pensar en el precio
del boleto… Dios mío, se fue por las nubes.
No
me quiero desviar de tema.
Tampoco
es que sea una cosa apasionante hablar de Julián Orsini, pero no se preocupen
que ya voy a llegar a la parte en la que rajó un tiro. Sí, no vamos a andar con
misterios acá.
Un
año después de que me lo encontré en el parque, lo volví a ver y ahora estaba
un poco más decente. Estaba arreglado. Trabajaba en una playa de
estacionamiento. Estaba vez, solo me saludó con la mano y no me retuvo. Yo hice
lo propio y esa fue la última vez que lo vi.
Hace
poco, en la redacción, Samuel Jerev, el de policiales, ni bien llegó nos dijo: “Che,
¿se enteraron de lo de Orsini?”. Como nadie dijo nada, remató: “Ayer se pegó un
tiro. En la caseta de la playa de estacionamiento donde trabajaba”.
Hicimos
un poco de silencio, pero no por respeto, sino porque no teníamos nada que
decir. Hasta que Rocío lo rompió y dijo: “Supongo que no vamos a hacer duelo ni
nada porque no trabajaba acá”.
Ahí
saltó Frías, el de la sección de economía, y le dijo: “Un poco de respeto”.
Elsa, la de gastronomía (yo la adoro a Elsa) le dijo: “Pero si ese renacuajo
era un cualquiera”. Frías le dijo: “Hay que tener un poco de respeto porque
acaba de morir”. Rocío dijo: “¿Y por eso hay que respetarlo?” Jerev dijo: “Tampoco
vamos a pelearnos por Orsini”. Yo pregunté: “¿Dejó una nota o algo?” Jerev
dijo: “Según lo que pude averiguar, estaba debiendo mucha plata porque se metió
en el tema de las apuestas”.
Después,
como si nada hubiera pasado, nos pusimos a trabajar. Yo me puse a revisar mis
papeles porque estaba buscando un teléfono que había anotado y me encontré con
uno de los boletos de Orsini que decía “Amor. Dale una oportunidad a la
aventura”. Levanté la vista y la vi a Rocío, hermosa, pero no podía ser tan obvio.
Y, además, después de todo eran los boletos de Orsini… Toda esa truchada.
Dejé
las cosas como estaban.
Ayer,
Rocío dejó de trabajar para el diario y Elsa me dijo: “Esa chica gustaba de
vos, se re notaba cómo te miraba”.
Ni
idea. Habrá sido esa piedra del montón que pega en la paloma.
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