lunes, 9 de diciembre de 2013

Los chicos...

Vivían los cinco en una casa que nunca nadie supo de quién era.

Eran cinco: Octavio (el “Commendatore”), Groncho, Paliza, la hermosa Grausame Frau y el Quinto. Todos tenían entre 21 y 24 años. Norah, que así se llamaba la joven, iba a tener un hijo pero lo abortó de madrugada.

Octavio tenía una esvástica tatuada en el omóplato derecho y no le molestaba andar en pelotas por la casa, porque la tenía grande; a veces se la cogía a la “Grausy”.

Groncho se quedaba tirado en un sillón tocando una trompeta Selmer, a la que llamaba “Nena”.

Paliza, le decían así porque, cuando chico, su padre lo fajaba, era el encargado de conseguir la merca.

Y, por último, Quinto, el sombrío. La calamidad. 

Turnaban los servicios: un mes tenían gas, el otro mes tenían luz…

Nunca faltaban los envoltorios de caramelos sugus y la música de Count Basie.

Los jueves por la noche jugaban al póquer y, porque era entre amigos, la emborrachabn a Norah para verla bailar “en bolas” arriba de la mesa. 

Un día pusieron la música a todo volumen, se habían descontrolado. Groncho llevó unas minitas, Paliza puso la frula.

Parece que una vecina, una viejita, llamó a la cana. Entraron con todo. Se los llevaron a los cinco. Tenían merca para tirar al techo y cuatro nenas de doce o trece años. 

Octavio se quiso hacer el malo en la cárcel pero se lo garcharon de a cuatro.

Groncho se deprimió y se ahorcó, extrañaba a su “Nena”.

Paliza, acostumbrado a los golpes pudo ganarse algún respeto y purgó su pena.

Quinto se comió los ojos y las orejas de su compañero de celda.

La “Grausy”, todavía está en cana y es la novia de su compañera de celda. Le dice “Mamá”. 

La casa quedó abandonada por mucho tiempo.

Hasta que se instaló una familia de Reconquista.

Familia tipo: el padre, operario de Telecom; la madre, docente; el hijo… un buen pibe y la nena, la regalona de papá.

 De los padres de los cinco jamás se supo nada.

Bah, años después se supo que estaban enterrados en el baldío que está detrás de la casa.

Sí, a los cinco los unía el parricidio. Y los cuentos de Ambroce Bierse. 

Qué espanto…



 

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