Yines rotos.
A veces tenía cara de mal cogida. O tras veces tenía cara de
“lo que pasó en Las Vegas”. Y otras veces tenía cara de piedra sin papel y sin
tijera.
Era una
desquiciada pirómana. Pretoriana del amor.
La conocí tomando
sol en la explanada de la Casa de Gobierno. Haciendo topless.
Ella
protestaba pero no se quejaba.
Allí estaba
ella que decía ser una iconoclasta, impenitente, itinerante, incompleta,
inestable.
La primera
ronda la pagó ella, por cuestiones de principios, dijo.
No se hacía
problemas de patearse los riñones. Y fumaba para el pavor.
Esa noche
me pegó cachetadas de celadora mala mientras le chupaba la concha.
Era un poco
tirana. Pero en el fondo tenía una dulzura primigenia. Algo así como de ojos
que se dilatan en la suave oscuridad para ver mejor.
Otra noche
me convidó pan con manteca y azúcar y me alcanzó un repasador que tenía olor a
ella.
Siempre nos
veíamos en su casa porque ella vivía sola.
La mala
suerte la encontraba haciendo de sábana cualquier pendón.
“Vamo’ a
nerlapo”, me decía mientras ponía a girar el cuarto de Zeppelín.
Y esa noche
lo hicimos lo que duró el disco.
Una noche
llegué a su casa y no salió a atenderme.
Al otro día
no me respondió mis dieciocho mensajes. Pensé que no quería verme más.
Me sentí
una mierda de persona. Literalmente.
De todas
formas no sé qué esperaba yo de todo eso. Después de todo sólo era garchar. Y
tomar merca, en el mejor de los casos buena, sobre un portarretratos.
No teníamos
“nuestra canción”, ni un sueño compartido ni nada de toda esa pelotudez.
Creo que
habían pasado dos semanas cuando el olor a fiambre empezó a pinchar.
La
encontramos desnuda, con los ojos abiertos como diciendo: “No te duermas,
porque esta noche voy a venir por vos”.
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