jueves, 4 de junio de 2015

El pasado

“Vengo del pasado”, me lo dijo así. Cualquiera diría que es una obviedad, que es una facilidad. Mirá, yo le miré los ojos cuando me lo dijo; no podía caber más tristeza. Con toda la resignación que le cabía en las grietas, me dijo: “Vengo del pasado”.
Entonces, como para asestarle una puñalada de sal en su herida de tiempo, le susurré al oído: “Vos estás quieto, el futuro viene hacia acá”.
Le hice un guiño de pez tuerto. Él me miró centelleante. Prorrumpió en un grito divino, fatal, agónico. Como el grito de Dios, claro, cuando lo maté a patadas una noche.
Me sujetó del brazo, empezó a llorar. “Escuchame, yo no quiero volver al pasado”. Me miró con retinas de niño con juguete roto. Sentí un poco  piedad. Pero le dije: “Nunca te fuiste del pasado. Tonto”.
Y de pronto se sintió como corriendo en una cinta de supermercado. Y me miraba. Y miraba hacia atrás. Pero atrás no estaba el monstruo. No. Estaba frente a él. Y él solamente iba hacia sus fauces.
Y ahora solamente podía llorar. Y en los resquicios de su llanto le decía: “Estás preso en el pasado, y lo que es peor, te vas a morir en el pasado”. Y él ya nada podía hacer. Me miraba implorando piedad.

Pero ya era tarde. Muy tarde. Murió tecnológicamente. 

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