“Vengo del pasado”, me lo
dijo así. Cualquiera diría que es una obviedad, que es una facilidad. Mirá, yo
le miré los ojos cuando me lo dijo; no podía caber más tristeza. Con toda la
resignación que le cabía en las grietas, me dijo: “Vengo del pasado”.
Entonces, como para
asestarle una puñalada de sal en su herida de tiempo, le susurré al oído: “Vos
estás quieto, el futuro viene hacia acá”.
Le hice un guiño de pez
tuerto. Él me miró centelleante. Prorrumpió en un grito divino, fatal, agónico.
Como el grito de Dios, claro, cuando lo maté a patadas una noche.
Me sujetó del brazo, empezó
a llorar. “Escuchame, yo no quiero volver al pasado”. Me miró con retinas de
niño con juguete roto. Sentí un poco piedad. Pero le dije: “Nunca te fuiste del
pasado. Tonto”.
Y de pronto se sintió como corriendo en una cinta de supermercado. Y me miraba. Y miraba hacia atrás. Pero atrás no estaba el monstruo. No. Estaba frente a él. Y él solamente iba hacia sus fauces.
Y de pronto se sintió como corriendo en una cinta de supermercado. Y me miraba. Y miraba hacia atrás. Pero atrás no estaba el monstruo. No. Estaba frente a él. Y él solamente iba hacia sus fauces.
Y ahora solamente podía
llorar. Y en los resquicios de su llanto le decía: “Estás preso en el pasado, y
lo que es peor, te vas a morir en el pasado”. Y él ya nada podía hacer. Me
miraba implorando piedad.
Pero ya era tarde. Muy
tarde. Murió tecnológicamente.
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