domingo, 28 de junio de 2015

Gente triste

“Aquellos dos. Esperando a alguno con el maletín del lado de la calle. Aquél, está marcando puntos para una salidera. Están ahí, pero no los ves. Bueno, de eso se trata. Están pero no están. Así que cuidá el maletín, la valija, la puerta, la ventana, el auto. Cuidá los ahorros. Cuidá el culo. Porque están ahí. Y van a estar siempre. Chorros. No, eso es para la gilada. Son descuidistas. Culateros, abanicadores, gallos ciegos, biromistas, mecheras, garfios, pungas, boqueteros, escruchantes, arrebatadores, mostaceros, lanzas, bagalleros, pesqueros. Filos”.
Pero tenés a tanta gente triste en esta ciudad. Ay, si vieras la gente triste. En la zona de la angustia. ¿Quién despintó el arco iris?
La gente triste. Esa que habla de sí misma. Pero no por soberbia. Es para existir. Es un grito desesperado.
Y la gente no sabe para dónde va (damn it). Tanta gente.
Me recluyo. Me aíslo. Me encierro en mi búnker. Mi casa: centro de cómputos. Lanzo misiles. Soy romántico. Soy siniestro.
Y afuera: la gente triste. Mucha.
Conozco un abogado que si rompés un espejo te baja de 7 a 4 años de yeta. No es moco de pavo la yeta. Ya verás que no. (¿Sos determinista?).
Escribo. Leo. Escucho. (También soy escatológico).
Pienso en mi novia. La deseo.
Tanta gente triste. Tantos protocolos de tristeza.
Parte de guerra.
Y el florista del cementerio, cínico, se ríe. Se ríe porque sabe que está perdido y piensa (y quiere) que los demás también lo estamos.
Si, diablos, existiera un dios bueno que los salve a todos…
Tal vez tome yo ese papel. ¡Seré yo el pararrayos de los dolores de todo el mundo!
(Dios cuelga sus calzones en las antenas de los rascacielos)


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