“Aquellos dos. Esperando a
alguno con el maletín del lado de la calle. Aquél, está marcando puntos para
una salidera. Están ahí, pero no los ves. Bueno, de eso se trata. Están pero no
están. Así que cuidá el maletín, la valija, la puerta, la ventana, el auto.
Cuidá los ahorros. Cuidá el culo. Porque están ahí. Y van a estar siempre.
Chorros. No, eso es para la gilada. Son descuidistas. Culateros, abanicadores,
gallos ciegos, biromistas, mecheras, garfios, pungas, boqueteros, escruchantes,
arrebatadores, mostaceros, lanzas, bagalleros, pesqueros. Filos”.
Pero tenés a tanta gente
triste en esta ciudad. Ay, si vieras la gente triste. En la zona de la
angustia. ¿Quién despintó el arco iris?
La gente triste. Esa que
habla de sí misma. Pero no por soberbia. Es para existir. Es un grito
desesperado.
Y la gente no sabe para
dónde va (damn it). Tanta gente.
Me recluyo. Me aíslo. Me
encierro en mi búnker. Mi casa: centro de cómputos. Lanzo misiles. Soy
romántico. Soy siniestro.
Y afuera: la gente triste.
Mucha.
Conozco un abogado que si
rompés un espejo te baja de 7 a 4 años de yeta. No es moco de pavo la yeta. Ya
verás que no. (¿Sos determinista?).
Escribo. Leo. Escucho.
(También soy escatológico).
Pienso en mi novia. La
deseo.
Tanta gente triste. Tantos
protocolos de tristeza.
Parte de guerra.
Y el florista del
cementerio, cínico, se ríe. Se ríe porque sabe que está perdido y piensa (y
quiere) que los demás también lo estamos.
Si, diablos, existiera un
dios bueno que los salve a todos…
Tal vez tome yo ese papel.
¡Seré yo el pararrayos de los dolores de todo el mundo!
(Dios cuelga sus calzones en
las antenas de los rascacielos)
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