jueves, 4 de mayo de 2017

Manuscrito 13

Este es el manuscrito 13 así que podría hablar de supersticiones. No sé, veré qué me depara el resto del día.
Espero el colectivo y escucho que lijan una pared.
Ayer terminé de leer “Llueve en Roma” de Anthony Burgess. La historia en sí no es interesante, tiene muchas adiciones inútiles y cosas traídas de los pelos. Pero lo interesante es el encuentro (desencuentro) entre el idioma italiano y el inglés. Todo esto desde una traducción española.
Voy a retomar, luego de cuatro años, “El ruido y la furia”.
Todavía no decidí si soy team Hemingway o team Faulkner. O si voy a armar un frente amplio.
El otro día me di cuenta (ya lo sabía) de lo fácil que es armar una película de terror como las de la década de 1980.
Hoy salí de casa comiendo una banana. Ya cubrí mi ingesta de potasio. (Tachar ingesta de potasio).
De las supersticiones me gustan dos: una es la que supone la muerte de quien duerme con los pies apuntando a la puerta; la otra dice que silbar de noche es llamar al Diablo.
Me gustan porque cuando era niño las creía. Hoy me parecen ridículas pero no dejan de tener su gracia poética.
Hace mucho tiempo que no salen a la luz supersticiones nuevas ¿Vieron?
¿Será que todas las supersticiones que conocemos tienen su contexto en lo folclórico, en lo rural?
Con la migración del campo a la ciudad nuestros abuelos y bisabuelos trajeron consigo la valija de supersticiones que sobrevivieron un tiempo hasta que se las comió el olvido. ¿Las mató el cine? ¿Las mató Wes Craven?
Con las supersticiones no hay término medio: son motivo de burla o de respeto. Como tantas cosas, ciertos políticos, ciertos periodistas… ¿Vieron qué falsos y peyorativos suenan algunos cuando dicen “pueblo”?
Veo Bugs Bunny. Conejo psicópata.
Nunca usé campera de cuero.
“Un modelo reciente de la psicología cognitiva: El origen de las supersticiones”, Marjaana Linderman y Kia Aarnio. “¿Cómo se convierte un niño racional en un adulto supersticioso?”.
Luego viene toda una hipótesis pero cité sólo la pregunta para decir que las supersticiones son cosas de adultos.
No tengo más ganas de escribir.
Adiós.
Vuelvo a escribir luego de tres horas de ocio contemplativo.
Venía hablando de supersticiones, creencias.
En el capítulo quinto de “El conocimiento humano” de Bertrand Russell titulado “Relaciones suspendidas: conocimiento y creencia”, Russell (quien superó a Descartes) dice: “El lenguaje incrementa enormemente el número y la complejidad de las creencias e ideas posibles, pero no es necesario, estoy convencido de ello, para las creencias e ideas más simples”.
¿Son las supersticiones ideas y creencias simples?
Podemos decir de antemano que sí.
Pero si vemos la estructura sintáctica con que se formula una superstición podemos ver que entraña cierta complejidad.
Por ejemplo: si yo digo “Dormir con los pies apuntando a la puerta es llamar a la Muerte”.
Ahí hay una estructura gramatical interesante. Quizás no para un enunciador apoyado en la episteme pero pensemos en uno distinto.
Pensemos en un anciano de 87 años, jubilado ferroviario. Don Cipriano realmente cree en la superstición de la puerta y le dice a su nieto que “Dormir con los pies apuntando a la puerta es llamar a la Muerte”. La muerte personificada, no ya como hecho. Utiliza verboides para dar un carácter de ley  a su superstición que es ya una sentencia. Para Don Cipriano su enunciado tiene una lógica irrevocable. Además, a Cipriano no le importa Popper. Lo desconoce.
Tampoco conoce casos de personas que, habiendo dormido con los pies apuntando a la puerta, hayan muerto. Pero no es necesario porque no precisa de la prueba empírica.
La importancia de la superstición está en su posibilidad poética.
Yo no sé cuál es el origen de la superstición de la puerta pero puedo decir, por ejemplo, que a principios de siglo veinte, en un hospital para tuberculosos, los mayores damnificados morían juntos en una misma habitación con los pies apuntando a la puerta.
Y esto puede ser tan absurdo como la superstición misma.
No solamente Wes Craven, las religiones (que también lo son) mataron a las supersticiones.
De todos modos, muchos creen en Dios, por ejemplo, de manera supersticiosa.¿La “Apuesta de Pascal” no se basa, acaso, en una forma supersticiosa de pensar?
Una forma insana y para nada poética.
Me quedo con la superstición de Cipriano.
“La verdad es que era presa de la vertiginosa incertidumbre que, en una naturaleza apacible, sigue a la voluntad de obrar” dice el narrador en “Justine” de “El Cuarteto de Alejandría” de Lawrence Durrell.
Estoy sentado en un banco de plaza y no sé por qué de pronto me encuentro esperando la mínima justificación para apuñalar a alguien con esta lapicera con la que estoy escribiendo.

No importa. Hoy no va a suceder.

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