Este es el manuscrito 13 así
que podría hablar de supersticiones. No sé, veré qué me depara el resto del
día.
Espero el colectivo y
escucho que lijan una pared.
Ayer terminé de leer “Llueve
en Roma” de Anthony Burgess. La historia en sí no es interesante, tiene muchas
adiciones inútiles y cosas traídas de los pelos. Pero lo interesante es el encuentro
(desencuentro) entre el idioma italiano y el inglés. Todo esto desde una
traducción española.
Voy a retomar, luego de
cuatro años, “El ruido y la furia”.
Todavía no decidí si soy
team Hemingway o team Faulkner. O si voy a armar un frente amplio.
El otro día me di cuenta (ya
lo sabía) de lo fácil que es armar una película de terror como las de la década
de 1980.
Hoy salí de casa comiendo
una banana. Ya cubrí mi ingesta de potasio. (Tachar ingesta de potasio).
De las supersticiones me
gustan dos: una es la que supone la muerte de quien duerme con los pies
apuntando a la puerta; la otra dice que silbar de noche es llamar al Diablo.
Me gustan porque cuando era
niño las creía. Hoy me parecen ridículas pero no dejan de tener su gracia
poética.
Hace mucho tiempo que no
salen a la luz supersticiones nuevas ¿Vieron?
¿Será que todas las
supersticiones que conocemos tienen su contexto en lo folclórico, en lo rural?
Con la migración del campo a
la ciudad nuestros abuelos y bisabuelos trajeron consigo la valija de
supersticiones que sobrevivieron un tiempo hasta que se las comió el olvido.
¿Las mató el cine? ¿Las mató Wes Craven?
Con las supersticiones no
hay término medio: son motivo de burla o de respeto. Como tantas cosas, ciertos
políticos, ciertos periodistas… ¿Vieron qué falsos y peyorativos suenan algunos
cuando dicen “pueblo”?
Veo Bugs Bunny. Conejo
psicópata.
Nunca usé campera de cuero.
“Un modelo reciente de la
psicología cognitiva: El origen de las supersticiones”, Marjaana Linderman y
Kia Aarnio. “¿Cómo se convierte un niño racional en un adulto supersticioso?”.
Luego viene toda una
hipótesis pero cité sólo la pregunta para decir que las supersticiones son
cosas de adultos.
No tengo más ganas de
escribir.
Adiós.
Vuelvo a escribir luego de
tres horas de ocio contemplativo.
Venía hablando de
supersticiones, creencias.
En el capítulo quinto de “El
conocimiento humano” de Bertrand Russell titulado “Relaciones suspendidas:
conocimiento y creencia”, Russell (quien superó a Descartes) dice: “El lenguaje
incrementa enormemente el número y la complejidad de las creencias e ideas
posibles, pero no es necesario, estoy convencido de ello, para las creencias e
ideas más simples”.
¿Son las supersticiones
ideas y creencias simples?
Podemos decir de antemano
que sí.
Pero si vemos la estructura
sintáctica con que se formula una superstición podemos ver que entraña cierta
complejidad.
Por ejemplo: si yo digo “Dormir
con los pies apuntando a la puerta es llamar a la Muerte”.
Ahí hay una estructura
gramatical interesante. Quizás no para un enunciador apoyado en la episteme
pero pensemos en uno distinto.
Pensemos en un anciano de 87
años, jubilado ferroviario. Don Cipriano realmente cree en la superstición de
la puerta y le dice a su nieto que “Dormir con los pies apuntando a la puerta
es llamar a la Muerte”. La muerte personificada, no ya como hecho. Utiliza
verboides para dar un carácter de ley a
su superstición que es ya una sentencia. Para Don Cipriano su enunciado tiene
una lógica irrevocable. Además, a Cipriano no le importa Popper. Lo desconoce.
Tampoco conoce casos de
personas que, habiendo dormido con los pies apuntando a la puerta, hayan
muerto. Pero no es necesario porque no precisa de la prueba empírica.
La importancia de la
superstición está en su posibilidad poética.
Yo no sé cuál es el origen
de la superstición de la puerta pero puedo decir, por ejemplo, que a principios
de siglo veinte, en un hospital para tuberculosos, los mayores damnificados
morían juntos en una misma habitación con los pies apuntando a la puerta.
Y esto puede ser tan absurdo
como la superstición misma.
No solamente Wes Craven, las
religiones (que también lo son) mataron a las supersticiones.
De todos modos, muchos creen
en Dios, por ejemplo, de manera supersticiosa.¿La “Apuesta de Pascal” no se basa,
acaso, en una forma supersticiosa de pensar?
Una forma insana y para nada
poética.
Me quedo con la superstición
de Cipriano.
“La verdad es que era presa
de la vertiginosa incertidumbre que, en una naturaleza apacible, sigue a la
voluntad de obrar” dice el narrador en “Justine” de “El Cuarteto de Alejandría”
de Lawrence Durrell.
Estoy sentado en un banco de
plaza y no sé por qué de pronto me encuentro esperando la mínima justificación
para apuñalar a alguien con esta lapicera con la que estoy escribiendo.
No importa. Hoy no va a
suceder.
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