“Sin embargo, he
aquí mi indecencia: odio mi traje epidérmico, la obscenidad de la sangre
salvaje, los jirones de mi anatomía, y prescindiría gustoso de los atavíos
falsos del sentido, para dormir desvergonzadamente, como un fantasma más
encarnado y carnal”. Palabras de Theodore Roethke, “Macabro epidérmico”.
Cada tanto, no sé si cada un año, cambio de piel.
En la piel se me van pegando cosas que me van carcomiendo. Células muertas que
ya no sirven. Escamas que me encierran y no me dejan escapar de mí.
Es importante tener un buen jabón exfoliante. Abrir
los poros para que la piel respire. Hacerla más permeable y dejarla transpirar
para eliminar toxinas.
Hay que mirarse en aguas quietas y bañarse en aguas
que corren.
Hay que bañarse porque, de lo contrario, la gente
nos verá con mala cara, frunciendo la nariz ante un olor que tiene un dejo a
vetusto y humedad de sótano.
El mal olor se nota más que el buen aroma. Como la
estupidez que es más rimbombante que la inteligencia.
Durante la Segunda Guerra, Marcel Petiot estafó y
mató gente diciendo que conseguía salvoconductos secretos hacia Argentina. Les cobraba
25 mil dólares a sus víctimas y, bajo el falso auspicio de que el gobierno
argentino exigía que todo extranjero llegara inoculado contra enfermedades,
inyectaba cianuro a los desafortunados.
Bajo la máscara de la lucha por la libertad, Marcel
Petiot (“Doctor Eugene”) cometió crímenes execrables no tanto por el modo sino
por la situación de la cual se valió para llevarlos a cabo.
Cometer crímenes bajo la máscara de la lucha por la
libertad…
Manuscrito breve.
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