¡Atención!
A veces pienso que, para la gente estúpida, la vida
debería ser como el champú que trae indicaciones para la gente estúpida como “No
beber” y “No aplicarse en los ojos”. La vida debería traer instrucciones tipo: “No
opinar sin saber”, “No meterse en los asuntos de los demás”, “Cerrar el orto
dos segundos y escuchar” y algunas más que, con diálogo, consenso y respeto,
podemos establecer.
Son cuestiones básicas, obvias, que ustedes y yo
conocemos y hasta puede que nos resulte insultante que nos las digan pero la
obviedad es un pantano muy confuso cuando se encuentra con el muro de la
estupidez.
Supongo que se dan cuenta.
Pero yo siempre tengo estas ideas utópicas que no llevan
a nada y me tengo que conformar con la certeza de que la vida es la sonrisa
de una estúpida, con la mirada perdida, en una publicidad de champú.
Había un viejo eslogan de los estilistas que decía: “No
puedo cambiar el mundo pero puedo cambiar tu pelo”. Jajajaja. Y sí, ya fue
todo.
A ver, yo estoy diciendo que a la gente estúpida que se
mete en lo que no sabe, habría que, de alguna manera, iluminarle el camino
hacia la salida. No estoy diciendo que habría que implementar una especie de
genocidio de imbéciles, nunca se me pasó por la mente eso. Simplemente digo, a
ver, un tarado empieza a tirar mierda sobre algo o alguien sin tener una puta
idea de nada y entonces: “Vení, te acompaño”. ¿Se entiende? Sería como una
especie de asistencia al imbécil.
Porque, tratemos de pensarlo así: la persona estúpida
suele adentrarse en laberintos muy confusos de los que después no puede salir
pero la persona estúpida no puede admitir su extravío y ahí es cuando empieza a
dar vueltas y vueltas sin encontrar la salida y vuelve a pasar muchas veces por
lugares por los que ya pasó. Ahí es cuando, paradójicamente, se vuelve
necesario que otra persona intervenga y ayude a la persona extraviada.
Bueno. Qué sé yo.
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