Masajeador prostático
Una vez entré a un sexshop para comprarme un masajeador
prostático de tres velocidades con bluetooth y la que atendía era una chica
hermosa, divina. Lejos de avergonzarme le dije lo que quería. Sin pelos en la
lengua, como quien dice. Y ella, muy correcta, fina, me dijo: “Ahora te lo
traen del depósito”. Y yo le dije: “Gracias”. Mientras tanto iba sacando los
plásticos pertinentes para realizar el pago de la compra.
En eso no va que aparece una señora con una caja y
ustedes no me van a creer pero les juro que era Griselda, mi maestra de quinto
grado. Viejo, ahí se me cayó la cara. La tipa me reconoció y todo. Después de
veinte años. Seguro que debí haber sido un alumno de mierda como para que me siguiera recordando porque
las maestras no se acuerdan de los chupamedias sino de los otros.
La tipa me llamó por mi nombre y me saludó con una
sonrisa. Seguro que la tipa no tenía ningún juicio de valor sobre el hecho de
que yo estuviera en un lugar como ese y sobre la compra que acababa de realizar
pero, hermano, me sentí re inhibido. ¿Y qué le iba a decir, además? ¿”Es para
hacer un regalo”? Ya no tenía sentido.
Encima de todo, Griselda también se acordaba de mis
hermanas y me preguntó por ellas y tuvo descaro de decirme: “Vos me dabas un
trabajo… pero tus hermanas eran unas santas”. Y yo no pude más que decirle: “Éramos el día y la
noche”, no sé de dónde saqué esa expresión de verga pero me parece que quedó
bien.
A todo esto, la chica hermosa (que resultó ser la hija de
mi maestra) estaba ingresando los datos de mi tarjeta y el sistema andaba lento.
Una suerte…
“Yo me acuerdo de vos, de Martín, de Federico, de… ¿Cómo
era que se llamaba el morochito alto? Nicolás, creo”. Sí, era Nicolás.
Finalmente el pago fue aprobado y me fui de aquel lugar jurando no volver nunca
más en mi vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario