Nunca me va a dejar de parecer un imbécil el tipo en el que se inspiró la película "Into The Wild". El tipo huye del sistema capitalista para terminar muriendo de la forma más idiota posible bajo el sistema de la naturaleza.
O sea: si no te mata el capitalismo te mata una planta. Si no te envenena ser un ciudadano promedio que trabaja ocho horas por día y tiene dos hipotecas, te mata el veneno de una planta.
Pareciera que el mensaje de la historia, no ya de la película, es: "Mejor quedante donde y como estás, porque el mundo es peligroso, la naturaleza es asesina, sé una persona gregaria, sé una persona entre las personas y así vas a sobrevivir".
Ahora escucho un poema sinfónico de Dvorak, "La Paloma Salvaje".
Eso de que la naturaleza es asesina es una idea occidental. Hay numerosos programas y películas en los que se retratan a los animales como "máquinas de matar".
La contraposición animal-máquina, natural-artificial es necesaria para justificar esta afirmación. Afirmación que parte de ubicar lo natural en el plano humano. Dándole un carácter antropomórfico.
El tiburón es una máquina de matar. Una máquina es algo eficiente, pero también es algo inerte, algo que no siente. Así se hace más fácil justificar la muerte del tiburón. O de cualquier otro animal. El tiburón ya no es un ser viviente sino, una máquina.
Nadie es una máquina de matar.
El nazismo no fue una máquina de matar El nazismo fue una de las pasiones más enfermas (si cabe la redundancia) del siglo XX. El nazismo fue humano porque nada hay más humano que la pasión.
Ni siquiera Dios, el mayor asesino de la historia, es una máquina de matar.
Bueno, digamos que si no es una máquina de matar es una de las mejores excusas.
Se me ocurrió inventar un desodorante de ambiente con aroma a café y crisantemo. Le voy a poner MUERTE. Esa mezcla es el perfume de los velorios.
También escuché "La Bruja del Mediodía", Dvorak.
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