“¿Preferirías amar más y sufrir
más o amar menos y sufrir menos? Creo que, en definitiva, esa es la
única cuestión”.
Así comienza “La historia única”
de Julian Barnes; lo más fácil, no por eso menos cierto, es decir
que el amor y el dolor son las dos caras de una misma moneda. O la
misma cara, si se quiere.
Anatole France dice que sabiendo sufrir
se sufre menos, es decir, el dolor intelectualizado se padece menos,
agrego yo, en tanto se le quita la carga irracional que conlleva. ¿Se
ama más sabiendo amar? No tengo una respuesta a eso.
Sin embargo, Flaubert dice que la manera
más profunda de sentir algo es sufrir por ello. Entonces, desde este
punto de vista, ama más quien más sufre... No sé. Nietzsche no
estaría de acuerdo con esto. Creo.
Bueno, este es el treinta y cuatro.
En otra parte de la novela de Barnes
leo: “Algunos descubrimientos habría que dejarlos para más
adelante cuando quizás duelan menos”. Siempre he dicho que si el
precio de aprender algo es el sufrimiento, paso.
Y Proust que dice: “El deseo nos
fuerza a amar lo que nos hará sufrir”. Bien... El deseo nos
somete, nos entrega con las manos atadas y una bola roja en la boca.
No existe la voluntad de sufrir.
“Esclavos del deseo” es buen título
para una porno. Lo tendré en cuenta.
El deseo no nos pertenece. Aun cuando
Spinoza diga que el deseo constituye la esencia del ser... No somos
nada.
Borges se refiere a la sexta
proposición de la tercera parte de la “Ética” en “Borges y
yo”. Dice Spinoza: “Cada cosa, en cuanto está en ella, se
esfuerza por perseverar en su ser”.
Igual, no somos nada.
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