viernes, 6 de septiembre de 2019

Se tambaleaba...

La mesa se tambaleaba, tenía una pata chueca, entonces buscó un pedazo de cartón para estabilizarla pero nunca quedó bien del todo. Como cuando una vida queda desestabilizada por un trauma o algo por el estilo y por más pastillas, terapia y lo que sea... No sé mucho del tema yo.
Bueno, le puso un trozo de cartón que era de una caja de leche larga vida y siguió haciéndose la que estudiaba para rendir un final al que, al final, nunca fue. Y le dolía el codo porque, la noche anterior, ebria, había tropezado mientras subía por una escalera. Todo mal. Estaba tan inutilizada por el tedio y la libertad que, cuando se daba cuenta, se angustiaba. Mucho. La angustia no se puede suprimir porque “vida” y “angustia” son sinónimos. Ah, sí. Y ella lo sabía muy bien...
Los apuntes no le importaban en absoluto, creo que eso es claro, y en el cenicero se acumulaban las colillas de cigarrillos... Y ella se podía morir en ese momento que hubiera estado perfecto. Allí, sola, en las cosas últimas y secretas... La muerte es algo íntimo.
Contestó un audio de WhatsApp con otro audio de WhatsApp y ese fue todo su vínculo con el mundo desde que se levantó. Sí, después de todo, tenía la vida resuelta. Bueno... Le faltaba un plan para dejar de zozobrar en la comodidad en la que estaba pero... Si se olvidaba por un momento de que llevaba una vida parasitaria, podía estar bien.
Buscó una película sin ánimos ni intenciones de mirarla seriamente, solo quería poblar el silencio con otras voces. Aunque fueran en otro idioma... O dobladas ya que nada podía ser más asqueroso que su existencia en ese momento. Y fumó.
Y recordó cosas.
Y se tambaleaba...

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