Bueno, le puso un trozo de cartón que
era de una caja de leche larga vida y siguió haciéndose la que
estudiaba para rendir un final al que, al final, nunca fue. Y le
dolía el codo porque, la noche anterior, ebria, había tropezado
mientras subía por una escalera. Todo mal. Estaba tan inutilizada
por el tedio y la libertad que, cuando se daba cuenta, se angustiaba.
Mucho. La angustia no se puede suprimir porque “vida” y
“angustia” son sinónimos. Ah, sí. Y ella lo sabía muy bien...
Los apuntes no le importaban en
absoluto, creo que eso es claro, y en el cenicero se acumulaban las
colillas de cigarrillos... Y ella se podía morir en ese momento que
hubiera estado perfecto. Allí, sola, en las cosas últimas y
secretas... La muerte es algo íntimo.
Contestó un audio de WhatsApp con otro
audio de WhatsApp y ese fue todo su vínculo con el mundo desde que
se levantó. Sí, después de todo, tenía la vida resuelta. Bueno...
Le faltaba un plan para dejar de zozobrar en la comodidad en la que
estaba pero... Si se olvidaba por un momento de que llevaba una vida
parasitaria, podía estar bien.
Buscó una película sin ánimos ni
intenciones de mirarla seriamente, solo quería poblar el silencio
con otras voces. Aunque fueran en otro idioma... O dobladas ya que
nada podía ser más asqueroso que su existencia en ese momento. Y
fumó.
Y recordó cosas.
Y se tambaleaba...
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