sábado, 18 de abril de 2020

La Gran Broma de Mirtelli


En 1967, todos los habitantes de Mirtelli, una aldea que se sitúa, según los registros, en la provincia de La Rioja, decidieron gastarle una siniestra e intrincada broma al resto del país y, por qué no, al mundo entero.
A la sazón, Mirtelli contaba con menos de mil quinientos habitantes, lo que facilitó que todos pudieran ponerse de acuerdo pero todo empezó con la idea de tres niños mientras jugaban en una calle de tierra, una noche de octubre.
Los tres niños vieron cómo las luciérnagas aparecían y desaparecían prendiendo y apagando sus luces y este hecho les dio la chispa que encendió la mecha.
Los tres reclutaron a todos los niños de la aldea y les dijeron que llevasen faroles de aceite; el plan era sencillo: todos los niños iban a caminar hasta Ruta Provincial 20 donde se cruza con la Ruta Nacional 79, a unos tres kilómetros de Mirtelli. Todos los niños, a la noche, iban a cruzar la ruta con sus faroles encendidos para desaparecer del otro lado, donde el pastizal alcanzaba los tres metros de altura.
Bastaba que una sola persona, que pasara por ahí, viera aquella escena para despertar la curiosidad y el pavor.
Pero todo tenía que estar cuidadosamente calculado y los niños pensaron que tal vez ellos solos no podían lograrlo, esto hizo que muchos pensaran en desistir.
Sin embargo, uno de los tres niños que tuvieron la idea primigenia, le contó el plan a su hermana mayor y, para su sorpresa, la chica se mostró positiva y, al otro día, compartió la idea con sus amigos adolescentes.
Al cabo de tres días, todos los niños y adolescentes de la aldea conocían el plan y la urdimbre que había detrás de todo.
Dos días antes de la noche acordada, con la luz solar todavía potente, un grupo de niños y algunos más grandes, fueron hasta la ruta y cruzaron al otro lado porque tenían que conocer el terreno ya que, a la noche, si bien tendrían faroles, podía ser un problema ver y orientarse.
Entonces, esa tarde, al explorar el otro lado de la ruta encontraron algo que los sorprendió y que, sin lugar a dudas, fue el hallazgo capital que facilitó lo que, con los años, se llamó “La Gran Broma de Mirtelli”.
Allí, con una entrada perfecta, había una cueva y lo niños, obviamente, entraron. Vieron que, luego de caminar unos veinte minutos salieron a otro lado y ese otro lado era, nada menos, la aldea Martelli.
La broma consistía, entonces, en que un grupo de niños iba a cruzar una ruta, perderse en unos pastizales, no aparecer nunca más y generar un gran misterio. Pero alguien decidió llevar las cosas un poco más lejos.
Una chica de quince años le contó el plan a sus padres y estos, lejos de espantarse, decidieron ayudar a los niños pero haciendo una pequeña modificación que, aunque iba a retrasar la ejecución de la broma, iba a marcar un antes y un después.
La idea de los adultos era que, en primer término, toda la provincia de La Rioja, pusiera el foco de atención en la aldea y para esto inventaron una leyenda, un mito; alguien hizo correr la voz y el rumor se propagó como una plaga de langostas.
“Hay una aldea donde vive un hombre que tiene dos cabezas”, “Dicen que hay un hombre de dos cabezas en una aldea”, “La aldea Mirtelli, en el medio de la nada”, y los enunciados eran todos parecidos. Al cabo de dos meses, todos en La Rioja, y mucha gente de Catamarca, conocía el rumor de que en Mirtelli había un hombre que tenía dos cabezas.
Naturalmente esto llamo la atención de los periodistas sobre todo de un, por entonces, en ciernes investigador de lo sobrenatural y lo extraño, Pablo Berrocal quien, en 1967 tenía 23 años y decidió viajar a la aldea para conocer al tan mentado hombre de dos cabezas.
En 1967 nadie tenía teléfono en Mirtelli pero sí existía una pequeña oficina de correo y Pablo Berrocal envió una carta, para ser abierta en la oficina misma, en la que anticipaba su llegada y pedí alojamiento para pasar una noche. Dos días después, la respuesta fue favorable, podía ir a la aldea con toda la gente que quisiera, sería bien recibido y estaban contentos de que su pequeño terruño fuera tan famoso.
De más está decir que los empleados de la oficina de correo también estaban complotados, al igual que todos los habitantes de la aldea.
Paralelamente a la difusión del rumor y la curiosidad del joven periodista, en Mirtelli se procedía con la otra parte del plan, la parte siniestra.
Finalmente, el 15 de diciembre de 1967, Pablo Berrocal llegó a la aldea pero, contrariamente a lo que le habían dicho, nadie lo recibió. Caminó tierra adentro. Caminó más tierra adentro.
No había nadie. Nadie que lo recibiera. Ni a él ni a los dos camarógrafos que habían ido para tomar imágenes del lugar.
Como buen periodista, Berrocal no perdió tiempo y comenzó con su relato mientras los encargados de cámaras retrataban el lugar. Poco a poco iba llegando a lugar donde estaban asentadas las casas.
El misterio se hacía cada vez más notable pero el joven trató de mantener la compostura. Y golpeó las manos ante la puerta de una casa. Vio que estaba entreabierta.
Berrocal penetró en aquella casa y, para su horror, vio un baño de sangre (así lo describió él) que causo una impresión tremenda en él y sus compañeros.
Fue a otra casa y se encontró con la misma escena, después a otra, y a otra. Hasta que registró todas las casas de la aldea, que no eran demasiadas.
No había rastros de ninguna persona pero en todas había sangre, mucha sangre.
Berrocal dejó Mirtelli lo más rápido que pudo; llamó a las autoridades y se comunicó, también, con su trabajo. Aquello ameritaba repercusión nacional. Las imágenes que habían tomado los camarógrafos no tardaron en llegar a todos lados. En todo el país se hablaba del “Horror de Mirtelli” y al día siguiente cientos de periodistas de todos lados estaban congregados en la aldea.
Todo lo que encontraron fue sangre y silencio.
Ninguno de los habitantes de la aldea daba señales de vida pero tampoco había señales de muerte más allá de la evidente sangre.
Pronto, la aldea pasó a ser catalogada como “pueblo fantasma” y despertó el interés de documentalistas.
Mientras tanto, los aldeanos, estaban escondidos en la cueva. Habían llevado suficiente alimento para sobrevivir una semana.
Fue una enfermera quien, durante varios días, a los adultos, les fue drenando sangre para simular las masacres.
Un campamento había sido montado en la aldea ya que nadie quería ocupar las casas.
Y una noche, furtivos, en el más absoluto de los silencios, y en la más absoluta de las oscuridades, cuando todos dormían, los residentes de Mirtelli volvieron a sus casas.
Al otro día, todos en la aldea vieron que algunos iban a trabajar, niños jugando, señoras barriendo las entradas de sus casas, como si nunca nada hubiera pasado.


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