En 1967, todos los habitantes de
Mirtelli, una aldea que se sitúa, según los registros, en la
provincia de La Rioja, decidieron gastarle una siniestra e intrincada
broma al resto del país y, por qué no, al mundo entero.
A la sazón, Mirtelli contaba con menos
de mil quinientos habitantes, lo que facilitó que todos pudieran
ponerse de acuerdo pero todo empezó con la idea de tres niños
mientras jugaban en una calle de tierra, una noche de octubre.
Los tres niños vieron cómo las
luciérnagas aparecían y desaparecían prendiendo y apagando sus
luces y este hecho les dio la chispa que encendió la mecha.
Los tres reclutaron a todos los niños
de la aldea y les dijeron que llevasen faroles de aceite; el plan era
sencillo: todos los niños iban a caminar hasta Ruta Provincial 20
donde se cruza con la Ruta Nacional 79, a unos tres kilómetros de
Mirtelli. Todos los niños, a la noche, iban a cruzar la ruta con sus
faroles encendidos para desaparecer del otro lado, donde el pastizal
alcanzaba los tres metros de altura.
Bastaba que una sola persona, que
pasara por ahí, viera aquella escena para despertar la curiosidad y
el pavor.
Pero todo tenía que estar
cuidadosamente calculado y los niños pensaron que tal vez ellos
solos no podían lograrlo, esto hizo que muchos pensaran en desistir.
Sin embargo, uno de los tres niños que
tuvieron la idea primigenia, le contó el plan a su hermana mayor y,
para su sorpresa, la chica se mostró positiva y, al otro día,
compartió la idea con sus amigos adolescentes.
Al cabo de tres días, todos los niños
y adolescentes de la aldea conocían el plan y la urdimbre que había
detrás de todo.
Dos días antes de la noche acordada,
con la luz solar todavía potente, un grupo de niños y algunos más
grandes, fueron hasta la ruta y cruzaron al otro lado porque tenían
que conocer el terreno ya que, a la noche, si bien tendrían faroles,
podía ser un problema ver y orientarse.
Entonces, esa tarde, al explorar el
otro lado de la ruta encontraron algo que los sorprendió y que, sin
lugar a dudas, fue el hallazgo capital que facilitó lo que, con los
años, se llamó “La Gran Broma de Mirtelli”.
Allí, con una entrada perfecta, había
una cueva y lo niños, obviamente, entraron. Vieron que, luego de
caminar unos veinte minutos salieron a otro lado y ese otro lado era,
nada menos, la aldea Martelli.
La broma consistía, entonces, en que
un grupo de niños iba a cruzar una ruta, perderse en unos
pastizales, no aparecer nunca más y generar un gran misterio. Pero
alguien decidió llevar las cosas un poco más lejos.
Una chica de quince años le contó el
plan a sus padres y estos, lejos de espantarse, decidieron ayudar a
los niños pero haciendo una pequeña modificación que, aunque iba a
retrasar la ejecución de la broma, iba a marcar un antes y un
después.
La idea de los adultos era que, en
primer término, toda la provincia de La Rioja, pusiera el foco de
atención en la aldea y para esto inventaron una leyenda, un mito;
alguien hizo correr la voz y el rumor se propagó como una plaga de
langostas.
“Hay una aldea donde vive un hombre
que tiene dos cabezas”, “Dicen que hay un hombre de dos cabezas
en una aldea”, “La aldea Mirtelli, en el medio de la nada”, y
los enunciados eran todos parecidos. Al cabo de dos meses, todos en
La Rioja, y mucha gente de Catamarca, conocía el rumor de que en
Mirtelli había un hombre que tenía dos cabezas.
Naturalmente esto llamo la atención de
los periodistas sobre todo de un, por entonces, en ciernes
investigador de lo sobrenatural y lo extraño, Pablo Berrocal quien,
en 1967 tenía 23 años y decidió viajar a la aldea para conocer al
tan mentado hombre de dos cabezas.
En 1967 nadie tenía teléfono en
Mirtelli pero sí existía una pequeña oficina de correo y Pablo
Berrocal envió una carta, para ser abierta en la oficina misma, en
la que anticipaba su llegada y pedí alojamiento para pasar una
noche. Dos días después, la respuesta fue favorable, podía ir a la
aldea con toda la gente que quisiera, sería bien recibido y estaban
contentos de que su pequeño terruño fuera tan famoso.
De más está decir que los empleados
de la oficina de correo también estaban complotados, al igual que
todos los habitantes de la aldea.
Paralelamente a la difusión del rumor
y la curiosidad del joven periodista, en Mirtelli se procedía con la
otra parte del plan, la parte siniestra.
Finalmente, el 15 de diciembre de 1967,
Pablo Berrocal llegó a la aldea pero, contrariamente a lo que le
habían dicho, nadie lo recibió. Caminó tierra adentro. Caminó más
tierra adentro.
No había nadie. Nadie que lo
recibiera. Ni a él ni a los dos camarógrafos que habían ido para
tomar imágenes del lugar.
Como buen periodista, Berrocal no
perdió tiempo y comenzó con su relato mientras los encargados de
cámaras retrataban el lugar. Poco a poco iba llegando a lugar donde
estaban asentadas las casas.
El misterio se hacía cada vez más
notable pero el joven trató de mantener la compostura. Y golpeó las
manos ante la puerta de una casa. Vio que estaba entreabierta.
Berrocal penetró en aquella casa y,
para su horror, vio un baño de sangre (así lo describió él) que
causo una impresión tremenda en él y sus compañeros.
Fue a otra casa y se encontró con la
misma escena, después a otra, y a otra. Hasta que registró todas
las casas de la aldea, que no eran demasiadas.
No había rastros de ninguna persona
pero en todas había sangre, mucha sangre.
Berrocal dejó Mirtelli lo más rápido
que pudo; llamó a las autoridades y se comunicó, también, con su
trabajo. Aquello ameritaba repercusión nacional. Las imágenes que
habían tomado los camarógrafos no tardaron en llegar a todos lados.
En todo el país se hablaba del “Horror de Mirtelli” y al día
siguiente cientos de periodistas de todos lados estaban congregados
en la aldea.
Todo lo que encontraron fue sangre y
silencio.
Ninguno de los habitantes de la aldea
daba señales de vida pero tampoco había señales de muerte más
allá de la evidente sangre.
Pronto, la aldea pasó a ser catalogada
como “pueblo fantasma” y despertó el interés de
documentalistas.
Mientras tanto, los aldeanos, estaban
escondidos en la cueva. Habían llevado suficiente alimento para
sobrevivir una semana.
Fue una enfermera quien, durante varios
días, a los adultos, les fue drenando sangre para simular las
masacres.
Un campamento había sido montado en la
aldea ya que nadie quería ocupar las casas.
Y una noche, furtivos, en el más
absoluto de los silencios, y en la más absoluta de las oscuridades,
cuando todos dormían, los residentes de Mirtelli volvieron a sus
casas.
Al otro día, todos en la aldea vieron
que algunos iban a trabajar, niños jugando, señoras barriendo las
entradas de sus casas, como si nunca nada hubiera pasado.
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