lunes, 6 de abril de 2020

Treinta y siete veces


Una noche, borracho en una terminal, esperando que llegara mi colectivo, saqué de mi bolsillo una baraja francesa y me puse a jugar al blackjack contra nadie; me pasé de veintiuno las primeras treinta y siete veces y la terminal daba muchas vueltas... Me vi reflejado en un vidrio y pensé: “Mi alma es tan fea como mi carne”. Pero eso no me importó mucho que digamos, no me estaba autocompadeciendo.
A esa altura de la noche yo ya no creía en nada... En realidad no creía en nada desde hacía mucho tiempo. Ya era bastante fulera la noche como para empezar a dejar de creer en ese momento. Me quedaban unos billetes y gasté algunos en una petaca de ginebra que atesoré para un momento posterior.
Me vi de nuevo reflejado y pensé: “No hay milagros, no voy a mejorar ni siquiera para sobrevivir”.
Traté de ver qué libro estaba leyendo una chica pero ella no colaboró mucho y apenas pude ver que la tapa tenía algo de rojo pero no más que eso. Una lástima porque ella se perdió una de las mejores conversaciones de su vida...
La gente entraba y salía; había muchas valijas de esas que se llevan con ruedas y se hacen más llevaderas y también... En fin. Me aturdió un poco una nena que empezó a llorar o tener convulsiones, o una mezcla de ambas, la nena estaba en un coche para bebés o era una silla de ruedas...
También había un grupo de adolescentes que jugaban al básquet y viajaban a otra ciudad para enfrentarse a otro equipo...
También, una chica y su novio se besaban con los besos más lindos del mundo.
Me vi reflejado otra vez en la ventana y pensé: “Menos mal que cagué antes de venir”.
La chica del libro era linda... O por lo menos era la más linda que había visto en los últimos cuatro días y eso estaba bien porque en los últimos cuatro días había ido a tres fiestas y en las tres fiestas había muchas chicas lindas... Con las cuales no tuve sexo.
Pero esta chica que estaba en la terminal, leyendo un libro, sin advertir mi presencia, tenía algo especial. Y no me refiero a que yo deseaba chuparle la concha en el baño de mujeres, que también lo deseaba, sino que... Tenía algo. No sé cómo explicarlo.
Tuve algunas fantasías sexuales con ella pero también tuve fantasías de algo más íntimo... Tampoco sé cómo explicarlo. Quería ser artífice de su felicidad.
Igual... Con lo borracho que estaba dudo que se me fuera a parar la verga en ese momento, para qué les voy a mentir.
La fantasía que más recuerdo con la chica de la terminal es ella leyéndome un cuento, con la voz más dulce del mundo y yo llorando de la emoción... Llorando en silencio. De más está recordar que estaba ebrio y la ebriedad me ataca desde todos los frentes y uno es el de la sensibilidad.
Esa mina, sentada ahí, era un ángel, creía yo que, hacía un rato, había dejado de creer en todo...
Había una señora que hablaba por teléfono...
Había un señor con bufanda bordó...
Había un niño que era un arqueólogo incipiente buscando chicles debajo de los asientos y resultó ser el hijo de la señora que hablaba por teléfono...
Y los que se estaban besando con los besos más lindos del mundo se seguían besando...
Fui al baño y me costó un poco mear y creo que me salpiqué una zapatilla...
Después salí a fumar...
Llegó mi colectivo y dejé todo...
No tenía nada más que una petaca de ginebra, una baraja francesa, cigarrillos y un par de billetes arrugados.

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