Isla desierta
Si me quedase varado en una isla tipo Micronesia, yo, que
no sé hacer nada, preferiría quedarme con una chica emprendedora y positiva
para que gestione la búsqueda de alimentos y con un agente inmobiliario para
que arme una choza con ramas y lianas.
Después los mato a los dos, por supuesto. Y me como a la
chica emprendedora. Hablo de canibalismo no de necrofilia.
Pero la pregunta es: ¿cómo vamos a coincidir en una isla
estas tres personas?
Bueno, todo se remonta veinticuatro horas y estamos en un
avión. Yo no conozco a nadie y voy en una columna de tres asientos del lado del
pasillo. A mi lado van una hermana salesiana de la orden de Don Bosco y una
chica que tiene un buzo con la cara de Frida Kahlo. Por suerte la monja va en
el medio y tiene un tupper con torta de manzana y me convida. La mina con el
buzo de Frida parece una de esas
blanquitas que hacen un viaje para conocerse y después terminan de esclavas
sexuales en el Líbano.
También, del lado del pasillo, en el asiento paralelo al
mío, va un viejo que me dice: “Me hacés acordar a mi nieto” y, por suerte, es
todo lo que me va a decir durante el viaje porque se toma una pasti y queda
planchado. Mejor para él porque… bueno. Ustedes ya saben que el avión va a caer
al océano.
Morirse ahogado debe ser un garrón pero si estás todo
dopado, no lo sentís. Lo mejor es morirse sin darse cuenta. Creo.
Bueno, detrás de mí va la chica emprendedora que hace un
reel para Instagram y cuenta que “pronto habrá novedades” y, honestamente, me
cae peor que la del buzo de Frida. Porque a la chica emprendedora le conozco
algo que a la otra no: la voz.
Un par de asientos adelante va el inmobiliario que tiene
pinta de ser esos que juegan al squash con sus colegas.
En fin. Somos varios. Todas las plazas están ocupadas. El
piloto se llama Armando, el copiloto no
me acuerdo, y hay dos azafatas que se llaman Noelia y Carla.
Ahora, ¿por qué estoy ahí yo? Bueno… todo se remonta tres días.
Estoy caminando por la calle y viene un jovencito a
preguntarme si quiero ser mi propio jefe. Como ya sé por dónde viene la
mano, agarro una botella de vidrio que
alguien dejó tirada, la rompo y se la
clavo en el cuello al jovencito. Pero tengo la mala suerte de que hay
cámaras de vigilancia así que abandono el lugar y me saco un pasaje antes de
estar en los buscados. Todo rápido. Abandono a mi familia. Todo. Después les
voy a escribir desde un lugar seguro.
Bueno. Volvamos al avión. No me conoce nadie. La hermana
salesiana, que se llama Constanza, me convida torta de manzana que está muy
rica, de verdad. Y yo le digo: “Está ideal para comer después de fumarse un porro”
y la hermana Constanza me mira con cara de abuela enojada y yo le digo que es
una broma. Que no fumo porro porque los que fuman porro son todos unos zurditos
de mierda. Y ahí la monja me dice: “Sos tremendo vos” y yo pienso: “Claro, yo
soy tremendo pero qué queda para vos”.
Cuestión que todo va bien. Noelia es un amor y re
paciente. Carla está un poco nerviosa,
parece que es su primer vuelo como azafata. Y, lo mejor de todo: ¡no hay bebés!
¿Se imaginan un mundo sin bebés? (Todas las religiones bailando en ronda).
En un momento, Carla habla por el altavoz y nos comunica: “Señores
pasajeros, quienes lo deseen pueden usar los audífonos para ver la película que
vamos a proyectar. Para el vuelo de hoy elegimos “Destino final” porque íbamos
a traer “Viven” pero el disco está rayado y a “Vuelo 93” la pasamos la última
vez”.
A mí no me interesa ver películas sobre aviones que
explotan mientras estoy en un avión así que pongo mi lista aleatoria de música y
empieza a sonar “Sweet Home Alabama”.
Les decía, el piloto se llama Armando y es un hombre
experimentado. Estamos en buenas manos. Alcanzamos altura crucero, el avión
queda estabilizado. Noelia nos avisa que podemos sacarnos los cinturones y ahí
yo aprovecho para ir al baño.
Y, cuando estoy en el baño, siento un sacudón que me
estampa contra una pared y después todo empieza a dar vueltas como si estuviera
en una licuadora y, cuando me doy cuenta, está entrando agua por todos lados.
Ahí es cuando me empiezo a desesperar porque la puerta
del baño está trabada así que la tengo que patear hasta que rompo todo y salgo.
El avión se está hundiendo y ya están todos muertos menos la chica
emprendedora, el agente inmobiliario, una organizadora de eventos y yo. Pero a
la organizadora de eventos, según lo acordado con la emprendedora y el
inmobiliario, la vamos a terminar dejando en el avión porque está muy histérica
y es un estorbo tener gente histérica en una isla.
Agarramos lo que podemos, mochilas, frazadas. Lo que sea…
Salimos del avión y comenzamos a nadar unos trescientos metros hasta llegar a
tierra firme. Trescientos metros son seis piletas olímpicas, no es tanto. Está
el tema de las olas y eso pero los hacés. Más si de eso depende tu vida.
Llegamos a la isla y, en seguida, yo me tiro a descansar
y digo: “Che, me pego una siesta porque estoy fusilado”. El inmobiliario empieza a buscar ramas para
hacer la choza y la chica emprendedora (se llama Florencia, si le digo “chica
emprendedora” todo el tiempo me voy a cansar) escribe S. O. S. en la arena. Bien grande.
De más está decir que estamos incomunicados. Ahora nos
vendría bien que Florencia hiciera un vivo para Instagram pero ninguno tiene
celular.
El inmobiliario viene y nos dice: “Tenemos que
organizarnos. Pensá y salís”.
Yo me levanto y les digo: “Voy a echar una mirada por ahí”
y los dos entienden que voy a mear. Y, cuando estoy meando pienso: “Che, seguro
que estos dos me terminan matando y empiezan una estirpe incestuosa de emprendedores
e inmobiliarios. Los tengo que matar primero”.
Entonces, primero todo es solidaridad. Hacemos la choza,
conseguimos alimentos. Agua de coco. Cada tanto, Florencia renueva el S. O. S.
porque el viento lo va borrando. Es como
su publicación. Ahora su red social es la arena de una isla en el culo del
mundo.
Cuando ya tenemos todo. Cuando las cosas están dadas para
sobrevivir unos ocho, nueve días, ahí los cago matando a los dos mientras
duermen para no tener que esforzarme tanto.
En fin.
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