martes, 3 de agosto de 2021

Isla desierta

 

Si me quedase varado en una isla tipo Micronesia, yo, que no sé hacer nada, preferiría quedarme con una chica emprendedora y positiva para que gestione la búsqueda de alimentos y con un agente inmobiliario para que arme una choza con ramas y lianas.
Después los mato a los dos, por supuesto. Y me como a la chica emprendedora. Hablo de canibalismo no de necrofilia.
Pero la pregunta es: ¿cómo vamos a coincidir en una isla estas tres personas?
Bueno, todo se remonta veinticuatro horas y estamos en un avión. Yo no conozco a nadie y voy en una columna de tres asientos del lado del pasillo. A mi lado van una hermana salesiana de la orden de Don Bosco y una chica que tiene un buzo con la cara de Frida Kahlo. Por suerte la monja va en el medio y tiene un tupper con torta de manzana y me convida. La mina con el buzo de Frida parece una  de esas blanquitas que hacen un viaje para conocerse y después terminan de esclavas sexuales en el Líbano.
También, del lado del pasillo, en el asiento paralelo al mío, va un viejo que me dice: “Me hacés acordar a mi nieto” y, por suerte, es todo lo que me va a decir durante el viaje porque se toma una pasti y queda planchado. Mejor para él porque… bueno. Ustedes ya saben que el avión va a caer al océano.
Morirse ahogado debe ser un garrón pero si estás todo dopado, no lo sentís. Lo mejor es morirse sin darse cuenta. Creo.
Bueno, detrás de mí va la chica emprendedora que hace un reel para Instagram y cuenta que “pronto habrá novedades” y, honestamente, me cae peor que la del buzo de Frida. Porque a la chica emprendedora le conozco algo que a la otra no: la voz.
Un par de asientos adelante va el inmobiliario que tiene pinta de ser esos que juegan al squash con sus colegas.
En fin. Somos varios. Todas las plazas están ocupadas. El piloto se llama  Armando, el copiloto no me acuerdo, y hay dos azafatas que se llaman Noelia y Carla.
Ahora, ¿por qué estoy ahí yo? Bueno… todo se remonta tres días.
Estoy caminando por la calle y viene un jovencito a preguntarme si quiero ser mi propio jefe. Como ya sé por dónde viene la mano,  agarro una botella de vidrio que alguien dejó tirada, la rompo y se la  clavo en el cuello al jovencito. Pero tengo la mala suerte de que hay cámaras de vigilancia así que abandono el lugar y me saco un pasaje antes de estar en los buscados. Todo rápido. Abandono a mi familia. Todo. Después les voy a escribir desde un lugar seguro.
Bueno. Volvamos al avión. No me conoce nadie. La hermana salesiana, que se llama Constanza, me convida torta de manzana que está muy rica, de verdad. Y yo le digo: “Está ideal para comer después de fumarse un porro” y la hermana Constanza me mira con cara de abuela enojada y yo le digo que es una broma. Que no fumo porro porque los que fuman porro son todos unos zurditos de mierda. Y ahí la monja me dice: “Sos tremendo vos” y yo pienso: “Claro, yo soy tremendo pero qué queda para vos”.
Cuestión que todo va bien. Noelia es un amor y re paciente. Carla está  un poco nerviosa, parece que es su primer vuelo como azafata. Y, lo mejor de todo: ¡no hay bebés! ¿Se imaginan un mundo sin bebés? (Todas las religiones bailando en ronda).
En un momento, Carla habla por el altavoz y nos comunica: “Señores pasajeros, quienes lo deseen pueden usar los audífonos para ver la película que vamos a proyectar. Para el vuelo de hoy elegimos “Destino final” porque íbamos a traer “Viven” pero el disco está rayado y a “Vuelo 93” la pasamos la última vez”.
A mí no me interesa ver películas sobre aviones que explotan mientras estoy en un avión así que pongo mi lista aleatoria de música y empieza a sonar “Sweet Home Alabama”.
Les decía, el piloto se llama Armando y es un hombre experimentado. Estamos en buenas manos. Alcanzamos altura crucero, el avión queda estabilizado. Noelia nos avisa que podemos sacarnos los cinturones y ahí yo aprovecho para ir al baño.
Y, cuando estoy en el baño, siento un sacudón que me estampa contra una pared y después todo empieza a dar vueltas como si estuviera en una licuadora y, cuando me doy cuenta, está entrando agua por todos lados.
Ahí es cuando me empiezo a desesperar porque la puerta del baño está trabada así que la tengo que patear hasta que rompo todo y salgo. El avión se está hundiendo y ya están todos muertos menos la chica emprendedora, el agente inmobiliario, una organizadora de eventos y yo. Pero a la organizadora de eventos, según lo acordado con la emprendedora y el inmobiliario, la vamos a terminar dejando en el avión porque está muy histérica y es un estorbo tener gente histérica en una isla.
Agarramos lo que podemos, mochilas, frazadas. Lo que sea… Salimos del avión y comenzamos a nadar unos trescientos metros hasta llegar a tierra firme. Trescientos metros son seis piletas olímpicas, no es tanto. Está el tema de las olas y eso pero los hacés. Más si de eso depende tu vida.
Llegamos a la isla y, en seguida, yo me tiro a descansar y digo: “Che, me pego una siesta porque estoy fusilado”.  El inmobiliario empieza a buscar ramas para hacer la choza y la chica emprendedora (se llama Florencia, si le digo “chica emprendedora” todo el tiempo me voy a cansar) escribe  S. O. S. en la arena. Bien grande.
De más está decir que estamos incomunicados. Ahora nos vendría bien que Florencia hiciera un vivo para Instagram pero ninguno tiene celular.
El inmobiliario viene y nos dice: “Tenemos que organizarnos. Pensá y salís”.
Yo me levanto y les digo: “Voy a echar una mirada por ahí” y los dos entienden que voy a mear. Y, cuando estoy meando pienso: “Che, seguro que estos dos me terminan matando y empiezan una estirpe incestuosa de emprendedores e inmobiliarios. Los tengo que matar primero”.
Entonces, primero todo es solidaridad. Hacemos la choza, conseguimos alimentos. Agua de coco. Cada tanto, Florencia renueva el S. O. S. porque el viento lo va borrando.  Es como su publicación. Ahora su red social es la arena de una isla en el culo del mundo.
Cuando ya tenemos todo. Cuando las cosas están dadas para sobrevivir unos ocho, nueve días, ahí los cago matando a los dos mientras duermen para no tener que esforzarme tanto.
En fin.

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