miércoles, 18 de agosto de 2021

La vanidad

 

Me gusta esa escena de “American Psycho” que están todos mostrando sus tarjetas de contacto. La tipografía, la textura, el tono de blanco, todo eso. Y a todos les tiembla la carótida de vanidad.  Y por esa boludez. Un cartoncito con letras y números. Pero la escena tiene su gracia. No es como escuchar a un grupo de madres tratando de demostrar cuál tiene el hijo más sobresaliente. ¿Han escuchado esas charlas? Pero todas las señoras estas no es que te van a decir: “Tu hijo no es nada, el mío…”. No. Cada una expone los logros de sus hijos (que, por decantación, son logros de ellas) y lo dejan sobre la mesa, como si nada. Hasta que alguna agarre el guante.
Imaginen lo que sería si se tratase de madres incestuosas. “Ramiro me hace acabar de una manera…” y las otras señoras: “Ay, mi vida. Tenés que traerlo un día, le puedo decir a Celeste que le enseñe a chupar concha”. Y la madre de Ramiro: “Pero Ramiro no sabés cómo la chupa”. Y hay una tercera señora que el hijo no se la coge bien y tira: “A mí Fabricio me salió bien pijudo”.
La vanidad es todo un temita. Imagínate que hasta nos preocupa lo que van a decir de nosotros cuando estemos muertos. Se lo robé a Sábato a eso. Creo que lo dijo él.
Nunca no estamos rigiéndonos por parámetros sociales. Somos tan tristes. Ojalá fuéramos todos islas desiertas e inaccesibles para poder hacer de nosotros nuestro propio gobierno y, ya fue, salir en verga a la calle. No, tampoco tanto. O yo no porque no da.  No tengo mucha vanidad en ese sentido.
La vanidad que me da mucha paja es la del trágico. Ese que tiene que chapear lo mal que le va para superarte.
Tipo: le contás a uno que te salió una verruga en la planta del  pie y te la tienen que sacar en tres sesiones de crioterapia. Nada, o sea… Se lo contás como algo que te jode pero vos sabés que no es cáncer. Sin embargo esperás que la otra persona tenga la decencia de decirte: “Qué garrón eso”. O que te pregunte: “¿Te duele mucho?” Pero no, el otro agarra y te dice: “Yo me acuerdo de que mi madre tenía una verruga en el codo pero no le jodía, lo que le jodía a ella era el temita de acá, de la cabeza… Todo empezó a complicarse cuando empezó con el fenobarbital… Fueron tres años de mierda hasta que, bueno, ya sabés, se suicidó”.
Y el tipo hasta siente que contó algo mejor. ¿Tu verruga en la pata? Es un chiste. Madre suicidada le gana a verruga en la pata.
En fin. Por lo menos hoy no me indigné con los pajeritos de chomba ni con las terapeutas holísticas.
Pero, ya que estoy, tómense una Ali Yeganeh de semen, manga de pelotudos.

 

 

 

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